El joven Martí. Son de Cuba en España: Forjándose en el exilio

Dieciocho meses en Zaragoza. Ese fue el tiempo que pasó José Martí en la ciudad del Ebro. Del mayo de 1873 a noviembre de 1874. Una estancia forzada por la condena que le impusieron por rebelde y apostata: el exilio de una Cuba que se resistía a ser colonia, todavía dominada por una España en horas bajas, camino del desastre del ´98 y presa de conflictos fratricidas que se extenderán hasta mitad del siglo XX – ¿acaso no se englobará en un futuro la Guerra Civil Española como una modernización de las anteriores Guerras Carlistas ocurridas un siglo atrás, con nuevos bandos e idéntica mala sangre e intereses? -. Ese fue el contexto físico e histórico donde se desterró al joven José Martí, con una mano delante y otra detrás, en el tiempo en el que cayó la monarquía de Amadeo de Saboya y se alzó la Primera República. Cuando desembarcó en Cádiz y pasó sus días en Madrid primero y luego en Zaragoza. Días que se recogen en “El joven Martí. Son de Cuba en España”, de Juanarete y María Felices, editado por GP Ediciones.

La figura de José Martí, en la actualidad, tiene un aura mítica para los cubanos. Considerado uno de los héroes nacionales y pieza clave de la guerra de la independencia cubana,  José Julián Martí Pérez, (La Habana, 28 de enero de 1853 ‑ Dos Ríos, 19 de mayo de 1895), fue una de las figuras relevantes de la corriente de pensamiento libertador que se dió en la hispanoamérica que quería andar sin tutelas colonialistas. Periodista, político, filósofo, ensayista y poeta, su huella ha trascendido el tiempo y se puede reconocer tanto en el pensamiento político y corrientes estéticas poéticas. Y no solo en la alta cultura, sino también en lo más popular. Sirva de ejemplo, y como curiosidad, parte de sus “Versos sencillos”, incluidos en su poemario del mismo título editado en 1881, son mundialmente conocidos gracias a la canción “Guantanamera”, que se nutrió de ellos con la adaptación de Julián Orbón del Soto.

Dicho esto, queda patente la multitud de elementos de interés que posee la vida y obra de José Martí. Muchos de ellos los ha incorporado Juanarete (“Casas Viejas”, “Gatos de Cementerio” o, entre otras, “¡Jaca sublevada!”), en un guion ágil, que repasa la trayectoria del prócer cubano desde sus primeros años en Cuba hasta la estancia zaragozana. Utilizando los datos históricos para ello y bien documentado – en el cómic se incluye un apartado con la bibliografía utilizada para su realización – Juanarete tampoco ha renunciado a jugar con las posibilidades que da realizar una ficción. Así ha aprovechado la coincidencia real en el tiempo y lugar, para que Martí se encontrase con Santiago Ramón y Cajal. Licencia loable, por lo que implica para dimensionar lo que supusieron esos años en los que a España le crecían lo enanos interiores, con los conflictos cartistas, y exteriores, con la creciente insurrección cubana. Ramón y Cajal, que vivió también esos  hechos en primera persona, se antoja pues un buen contrapunto que da mayor contexto a lo narrado. Del mismo modo, el resto de personajes ilustres que aparecen ( Carlos Sauvave y Blain, Pablo Gonzalvo Pérez o, entre otros, Antonio Torres Solanot) aportan un reparto coral que refuerza lo contado, reflejando una época de ilusiones y represiones. Un tiempo convulso en el que aspiraciones de unos y privilegios de otros chocan. Una época en la que vemos como se forja el Martí que será después. En constante crecimiento en esa España convulsa, donde acaba de formarse intelectualmente y consigue ya un primer reconocimiento en lo intelectual. También un señalamiento en lo político, con consecuencias que se muestran en el cómic.

Todo ello está en las páginas de “El joven Martí”, en una suerte de guion en el que confluyen dos voces. Una con un fuerte tono histórico, que contrasta con la otra voz, más poética, que evoca y sugiere. Que aprovecha del mismo modo detalles coyunturales de la época como culturales ancestrales que han quedado en el caribe, como el influjo de las deidades orishas llegadas de África. Así como el realismo mágico impregna muchas páginas. Que opta por transmitir en lugar de mostrar. De esa amalgama nace un guion potente, que funciona precisamente por la combinación efectiva de ambos registros, permitiendo aportar tridimensionalidad en los diálogos, sin renunciar en ningún momento a la alquimia de las palabras.

El dibujo sintético de María Felices, se antoja un aliado imprescindible, para llevar a buen puerto el relato. Felices muestra y narra con efectividad, pero no renuncia a llevarnos en sus páginas a terrenos donde lo que se siente es tan determinante como lo que se contempla. Así va creciendo el periplo de José Martí en estas páginas, dejando huella y poso tras su lectura.

Editadas por Gp ediciones y prologadas por Esteban Villarrocha Ardisa, las 96 páginas de  “El joven Martí. Son de Cuba en España” tienen el extraño efecto que consiguen los buenos poemarios: su extensión es breve, pero su contenido es intensamente rico. Este tebeo, aunque no sea estrictamente poesía gráfica si se apoya en ella en lo plástico y literario para contarnos un relato que transcurre entre lo documental, lo ficcional y lo lírico, mientras descubrimos los días que forjaron al José Martí que luego llegó a ser célebre en Cuba.  Y ahí está su fuerza e interés para recorrerlo entre las referencias que se muestran y elementos que se sugieren. Por eso conviene degustarlo de forma reposada, con el tiempo que merece. Bien para conocer o reencontrarse con la figura de José Martí, bien para saber más de aquella España que parece remota pero no está tan lejos. En todo caso, para ilustrar a quien lo lea. En el mejor de los sentidos.

«En el caribe se vive como se escribe» cantaba Luis Eduardo Aute en «Hemingway Delira«. Visto lo visto en este cómic, en la Zaragoza que pisó José Martí, también.

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