Biblioteca Marvel Los 4 Fantásticos 18: entre el espacio y los mafiosos

La decimoctava Biblioteca Marvel de Los 4 Fantásticos, editada por Panini Comics, recopila los números Fantastic Four #89-94 y continúa esa maravillosa tradición de la colección según la cual cualquier problema doméstico puede acabar convirtiéndose en una crisis cósmica. ¿Qué los Cuatro Fantásticos se han quedado ciegos? Pues a pelear con el Hombre Topo. ¿Qué La Cosa está tranquilamente haciendo su vida? Pues llega un Skrull y se lo lleva para venderlo como luchador. ¿Qué Reed y Sue tienen un bebé? Pues contratas de niñera a una bruja que vive en una mansión encantada. Lo que viene siendo una familia completamente funcional.

El volumen comienza precisamente donde terminó el anterior, con nuestros héroes privados de la vista por culpa del Hombre Topo. Porque aparentemente tener poderes capaces de alterar la realidad no era suficiente y había que comprobar qué tal funcionaban los Cuatro Fantásticos cuando ninguno de sus miembros podía ver por dónde le venían las tortas. La situación tiene su gracia. Enfrentar a un grupo de superhéroes temporalmente ciegos contra un villano que ha convertido el subsuelo en su territorio particular es algo que sólo puede parecer una buena idea en una reunión editorial de Marvel de finales de los sesenta. Y, sorprendentemente, funciona. Stan Lee y Jack Kirby cierran la aventura con el espectáculo habitual. El Hombre Topo vuelve a demostrar que tiene una relación bastante complicada con la superficie terrestre y los Cuatro Fantásticos vuelven a demostrar que, incluso sin poder ver, tienen más recursos que muchos héroes con visión de rayos X, telescópica y probablemente hasta de futuro si se lo propone Reed Richards. También encontramos un lado algo más humano del villano. Algo que siempre resulta curioso en estos primeros cómics Marvel: personajes que inicialmente parecen simples máquinas de odiar a la humanidad pueden acabar mostrando una vulnerabilidad inesperada. El Hombre Topo sigue siendo un individuo con una capacidad bastante preocupante para organizar catástrofes, pero Lee introduce una cierta melancolía que hace que el personaje deje de ser simplemente “el señor que vive debajo y quiere fastidiar a los de arriba”.

Una vez resuelto el asunto, llega la verdadera fiesta. Porque La Cosa va a ser secuestrada. Y no por cualquier delincuente. No. Por un Skrull esclavista que ha decidido que Ben Grimm puede resultar un excelente fichaje para los juegos de gladiadores de otro planeta. Uno puede imaginar perfectamente la conversación previa al secuestro: “Necesitamos un luchador”. “¿Qué tal uno de nuestros soldados?”. “No, demasiado lógico”. “¿Un monstruo alienígena?”. “Aburrido”. “¿Y si secuestramos a un neoyorquino naranja que vive en la Tierra y lo convertimos en gladiador?”. “¡Contratado!”. Y así es como La Cosa termina en Kral, un planeta que constituye una de las ideas más maravillosas y absurdas de todo el tomo. Porque los habitantes de Kral han decidido copiar la estética de la América de los años treinta. No una versión aproximada. No. La han copiado prácticamente entera. Gánsteres, mafias, coches, trajes, armas, expresiones, estructuras criminales… todo está ahí. Es como si alguien hubiera mandado a los Skrull una caja con películas de cine negro, una colección de novelas de gánsteres y unas fotografías de Nueva York y les hubiera dicho: “Construid esto”. Y ellos, obedientes, lo hicieron.

Si la historia puede parecer disparatada cuando se cuenta con palabras, las páginas dibujadas por Jack Kirby, con el entintado de Joe Sinnott, consiguen que todo aquello parezca perfectamente razonable. Kirby podía dibujar una ciudad de gánsteres alienígenas, una nave espacial, un robot gigantesco y una arena de gladiadores en la misma historia sin que pareciera que estaba improvisando. Su imaginación tenía la delicadeza de una excavadora: entraba, derribaba las paredes y construía algo completamente nuevo encima. Y aparece Torgo, uno de esos personajes que sólo pueden nacer en un cómic de esta época. Un gigantesco alienígena-robot que se convierte en el rival de La Cosa y que ofrece a Kirby otra excusa para dibujar músculos, metal, explosiones y criaturas que parecen diseñadas por alguien que había decidido que la palabra “discreto” era una ofensa personal.

En el resto de historias que aparecen en el tomo se veía que Lee y Kirby eran auténticas esponjas. Observaban qué funcionaba en televisión, en el cine, en la cultura popular y en la ciencia ficción, y después lo metían todo dentro de la batidora Marvel. El resultado podía ser brillante. O podía ser un planeta Skrull donde todos juegan a ser gánsteres de los años treinta. A veces era las dos cosas al mismo tiempo. Y quizá esa sea la mejor manera de disfrutar este tomo: aceptándolo como lo que es. Un artefacto de una época en la que los cómics no tenían miedo de ser extravagantes. Aquí nadie se preocupa demasiado por si una idea es absurda. Si resulta visualmente espectacular y puede proporcionar una aventura entretenida, adelante.

Esta Biblioteca Marvel Los 4 Fantásticos no está a la altura de los mejores momentos absolutos de la etapa Lee-Kirby, pero tampoco lo necesita. Tiene suficiente imaginación, suficiente sentido de la aventura y suficiente Kirby como para justificar sobradamente la lectura. Además, estamos entrando en la recta final de una colaboración histórica. Quedan pocos números antes de que Kirby abandone la serie y el lector puede empezar a notar ese aroma extraño que tienen las últimas páginas de una etapa legendaria. Todavía queda mucho espectáculo, pero sabemos que el viaje se está terminando. Y eso hace que incluso una historia tan disparatada como la de Kral tenga cierto encanto adicional. Porque dentro de unos años miraremos atrás y recordaremos que estos tipos fueron capaces de enfrentarse a Galactus, viajar por dimensiones imposibles, luchar contra ejércitos extraterrestres y salvar el universo. Pero también recordaremos que una vez La Cosa fue secuestrada por unos Skrull para participar en un campeonato de gladiadores celebrado en un planeta de gánsteres alienígenas de los años treinta. Y sinceramente, pocas cosas resumen mejor lo que significaba leer Marvel en aquella época. Lee y Kirby no necesitaban permiso para hacer el ridículo. Tampoco necesitaban permiso para ser geniales. Afortunadamente, en este tomo consiguen ser ambas cosas a la vez.

Un volumen divertido, disparatado, visualmente espectacular y absolutamente hijo de su tiempo. Puede que algunas ideas hayan envejecido como un aguacate olvidado en la nevera, pero el dibujo de Kirby sigue teniendo la capacidad de entrar por los ojos y agarrarte del cuello. Así que adelante con esta Biblioteca Marvel de Los 4 Fantásticos. Pero si después de leerlo alguien os dice que los cómics de superhéroes son demasiado serios, demasiado realistas o demasiado preocupados por la coherencia, enseñadle este tomo. Y explicadle que en 1969 La Cosa podía ser secuestrada por alienígenas mafiosos, enviada a un planeta inspirado en la ley seca y obligada a pelear contra un robot gigante mientras su familia viajaba por el espacio para rescatarla. Si después de eso sigue pensando que los superhéroes necesitan realismo, probablemente ya no tenga solución.

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