Uno de los grandes problemas de la ciencia ficción es que nos ha vendido durante décadas una idea completamente equivocada del futuro. Nos prometieron coches voladores, robots que nos prepararían el desayuno, vacaciones en Marte y máquinas capaces de hacer la vida más cómoda. Lo que nadie nos explicó es que, en realidad, el futuro iba a consistir en soldados genéticamente modificados corriendo por un planeta tóxico mientras tres cadáveres digitalizados te hablan desde el casco, el rifle y la mochila. Eso sí que es conciliación familiar.

Dolmen Editorial publica este tercer tomo de «Rogue Trooper», una nueva ración de las aventuras clásicas del personaje de 2000 AD, con 208 páginas en tapa dura y una auténtica alineación de nombres del cómic británico. Gerry Finley-Day y Alan Moore al guion, y Cam Kennedy, Brett Ewins, Boluda, Jesús Redondo y Robin Smith al dibujo. Es decir, suficiente talento reunido como para levantar un monumento. O para descubrir que, incluso con semejante plantilla, algunas historias pueden acabar pareciendo escritas cinco minutos antes de que sonara el timbre de salida. Y ahí está precisamente la gracia de este tercer volumen.
Rogue Trooper es una de esas series que pueden pasar de “esto es una maravilla” a “¿pero qué demonios acabo de leer?” en cuestión de tres páginas. Y lo hace con una naturalidad admirable. Rogue sigue siendo el último superviviente de la infantería genética que sufrió la masacre de Quartz. El General Traidor vendió a sus propios soldados y provocó una carnicería, así que Rogue ha convertido su localización en el principal objetivo de su existencia. El problema es que el muy cabrito siempre parece estar un paso por delante. Lo localizan en un sitio, se escapa. Aparece en otro, vuelve a escaparse. Y así sucesivamente. Uno empieza a pensar que el General Traidor no tiene ejército. Tiene una agencia de viajes. “¿Dónde quiere que le escondamos esta semana, mi general? ¿Satélite militar? ¿Campo de prisioneros? ¿Planeta remoto? ¿Zona de guerra?” “Ponme algo con buenas vistas.”

Mientras tanto, Rogue continúa acompañado por Gunnar, Helm y Bagman, las personalidades de sus compañeros muertos almacenadas en chips. Una idea que sigue siendo una de las mejores ocurrencias de la serie y que permite que la muerte tenga en Rogue Trooper la misma importancia que cancelar una suscripción al gimnasio: molesta, pero probablemente puedas volver a intentarlo. Los tres pueden descargarse en cuerpos nuevos, de manera que la muerte se convierte en un trámite administrativo. “Ha muerto Gunnar”. “Otra vez”. “¿Tenemos copia de seguridad?”. Y a seguir disparando.
Pero esta vez la tecnología empieza a fallar. Un virus contamina los chips y provoca que los cuerpos de sustitución se desintegren. Porque incluso en el futuro más avanzado de la galaxia nadie ha conseguido inventar un antivirus que no se limite a decir “reinicie el sistema”. Y es ahí donde se encuentra una de las principales virtudes de Rogue Trooper: la serie no deja de inventar conceptos. Finley-Day puede sacar de la chistera una inteligencia artificial metida en un campo de alambre de espino, una raza alienígena, un arma imposible o un personaje completamente delirante. El problema nunca ha sido la imaginación. El problema es que después hay que escribir una historia con todo eso. Y ahí empiezan los problemas. Porque Finley-Day tiene la capacidad de imaginar diez historias mientras escribe una. El inconveniente es que a veces parece decidido a contarlas todas a la vez.

Entonces uno recuerda que estamos ante una serie publicada originalmente en 2000 AD, donde el ritmo editorial tenía la delicadeza de una apisonadora. Había que sacar historias constantemente. No había tiempo para sentarse tranquilamente a preguntarse si el tercer acto estaba bien construido. Había que entregar páginas. Y si podían contener explosiones, mejor. En este sentido, los dibujantes hacen un trabajo extraordinario. Cam Kennedy es posiblemente la gran estrella visual del volumen. Su Rogue Trooper tiene una fuerza espectacular. Sus escenarios parecen realmente devastados y sus personajes están permanentemente cubiertos de polvo, barro, humo y la sensación de que todos necesitan urgentemente unas vacaciones. Kennedy convierte la tierra en un lugar físicamente repulsivo. Y eso es exactamente lo que necesita la historia. No estamos en un planeta futurista elegante con edificios de cristal y robots sirviendo cócteles. Estamos en una gigantesca trituradora de carne donde la decoración consiste en trincheras, restos de vehículos y cadáveres. Si alguien anunciara una visita turística a ese planeta, el folleto tendría que empezar con: “¿Tiene usted seguro de vida?”. Brett Ewins aporta un dibujo diferente, detallado y sólido, aunque cuando se alterna con Kennedy la comparación resulta inevitable. Kennedy tiene una energía especialmente apropiada para la serie y consigue que incluso una escena argumentalmente discreta parezca a punto de explotar. Boluda, Jesús Redondo y Robin Smith completan el apartado artístico y aportan esa variedad tan característica del cómic británico de la época. El resultado no es uniforme, pero sí interesante. Y quizá esa variedad sea precisamente uno de los atractivos de estas recopilaciones. Nunca sabes exactamente qué versión visual de Rogue vas a encontrarte al pasar la página.
También hay que hablar de Alan Moore. Su participación es breve, pero siempre resulta interesante contemplar a un autor que todavía estaba en sus primeros pasos antes de convertirse en el señor que posteriormente haría que media industria del cómic necesitara terapia. Aquí todavía no está intentando desmontar el concepto de superhéroe ni escribir tratados filosóficos disfrazados de cómic. Simplemente trabaja dentro de una serie de ciencia ficción militar y deja su particular sello. Es casi como encontrar a un futuro premio Nobel haciendo sudokus en una servilleta.

Mientras tanto, la serie empieza a experimentar con nuevas direcciones. La búsqueda del General Traidor pierde protagonismo progresivamente y Rogue comienza a recibir encargos destinados a eliminar figuras clave de la guerra. Sobre el papel, es una buena idea. Convertir al protagonista en una especie de asesino estratégico podía darle un aire diferente a la serie. El problema es que la fórmula se desgasta. Rogue recibe un objetivo. Rogue investiga. Rogue llega al objetivo. Alguien intenta matarlo. Rogue mata a alguien. Explosión. Fin. Siguiente historia. Es la cadena de montaje de la ciencia ficción bélica. Por suerte, aparecen episodios que consiguen romper esa rutina. el capítulo llamado Gasbah es especialmente entretenido porque ofrece algo que en esta serie casi parece revolucionario. Rogue interactúa con personajes sin convertirlos inmediatamente en estadísticas. Hay variedad, algunos giros funcionan y Cam Kennedy vuelve a demostrar que puede hacer que una historia normal parezca bastante más importante.
Este tercer volumen es, en definitiva, una mezcla de grandes ideas, historias irregulares, dibujos extraordinarios y suficientes disparates como para mantener entretenido incluso al lector más exigente. No todo funciona. No todo tiene sentido. No todo necesitaba regresar. Pero, sinceramente, si uno quiere lógica impecable, probablemente no debería instalarse en este loco mundo. Aquí venimos a otra cosa. Venimos a ver a un soldado azul atravesar un planeta infernal mientras habla con tres compañeros muertos que viven dentro de su equipamiento, persigue durante años a un general que tiene más vidas que un gato y se mete en conflictos donde la probabilidad de supervivencia es aproximadamente la misma que encontrar un restaurante vegano en Mordor. Y lo mejor es que «Rogue Trooper» sigue adelante. Porque rendirse no entra en su programación. Aunque quizá debería solicitar un traslado a esa oficina tranquila de las afueras.
