La era de Krakoa fue aquella maravillosa etapa en la que los mutantes decidieron que ya estaba bien de vivir en mansiones que explotan cada dos por tres y optaron por fundar una nación soberana sobre una isla viviente. Una idea tan disparatada que, sorprendentemente, funcionó durante bastante tiempo. Claro que cuando tienes cientos de personajes, media docena de colecciones mensuales y unos cuantos egos del tamaño de Galactus, las cosas se complican. Y ahí es donde entra este noveno «Marvel Premiere de Tribulaciones de X». Un tomo que es como un bufé libre mutante. Un poco de política intergaláctica, un poco de horror marino, un dragón gigante porque sí y una buena dosis de terapia grupal protagonizada por los personajes más disfuncionales de Krakoa. Vamos, un martes cualquiera para los mutantes.

Lo primero que hay que asumir con esta colección es que su propuesta sigue siendo tan caótica como fascinante. No estamos ante un tomo unitario con una única historia, sino ante una recopilación de diferentes cabeceras que funcionan como pequeñas ventanas a distintos rincones del universo mutante. El problema es que algunas de esas ventanas dan a un paisaje espectacular y otras dan directamente al patio interior del edificio.
Abrimos con S.W.O.R.D. y la conspiración espacial que Al Ewing llevaba cocinando desde hace meses. Si alguien pensaba que Krakoa sólo tenía que preocuparse de los Centinelas y los villanos clásicos de turno, aquí descubrirá que la política interplanetaria puede ser igual de peligrosa que un ataque de Dientes de Sable en un ascensor. Tormenta continúa demostrando por qué es uno de los personajes más importantes de toda la etapa mientras la Legión Letal hace honor a su nombre y Abigail Brand sigue moviendo los hilos como si fuera la mezcla perfecta entre Nick Furia, Maquiavelo y una directiva de multinacional dispuesta a despedir a media plantilla antes del café de media mañana. La gran protagonista moral de estos números es precisamente Brand, un personaje que ha evolucionado muchísimo durante la era Krakoa. Ha dejado atrás esa imagen de fiel defensora de los intereses mutantes para convertirse en alguien que sólo defiende una cosa: sus propios planes. Y lo mejor es que Al Ewing consigue que tenga sentido. Sus traiciones, manipulaciones y dobles juegos son posiblemente lo más interesante de una historia que pone el broche final a la colección.

Eso sí, visualmente deja algo frío. Jacopo Camagni realiza un trabajo correcto, sólido y eficaz, pero S.W.O.R.D. es una serie que pedía un apartado gráfico mucho más espectacular. Estamos hablando de batallas espaciales, intrigas políticas galácticas y mutantes peleándose en Marte. Uno espera salir de aquí con la sensación de haber visto una superproducción de ciencia ficción y, en ocasiones, da más la impresión de estar viendo un capítulo especialmente caro de una serie de sobremesa mutante.
Después llega Lobezno y Benjamin Percy nos recuerda algo que parece haber olvidado durante media etapa: que Logan también puede protagonizar historias sencillas y efectivas. El planteamiento es maravilloso en su simplicidad. Una criatura marina ronda las aguas de Krakoa y nuestro canadiense favorito decide que la mejor solución posible es ir a pegarle unas cuantas cuchilladas. ¿Es una reinterpretación de Moby Dick? Sí. ¿Es un cómic prácticamente mudo? También. ¿Necesitaba Lobezno convertirse en el Capitán Ahab mutante? Absolutamente. Lo mejor del número es el espectacular trabajo de Javi Fernández. Su trazo es magnífico y consigue transmitir toda la brutalidad y melancolía que requiere la historia. Hay secuencias que parecen sacadas de un relato clásico de aventuras marinas mezclado con una película de monstruos japoneses y un anuncio de colonia protagonizado por un tipo extremadamente peludo con problemas para gestionar sus emociones.

Hablando de monstruos gigantes, llegamos a Merodeadores, la serie que más se parece a una bolsa de gominolas. Nunca sabes exactamente qué te va a tocar. Gerry Duggan decide combinar dos ideas aparentemente incompatibles: recuperar a Harry Leland para convertirlo en embajador mutante ante las Naciones Unidas y enfrentar al Hombre de Hielo contra Fing Fang Foom en un homenaje descarado al cine kaiju. Lo primero resulta bastante interesante. Krakoa necesitaba explorar sus relaciones diplomáticas con el resto del planeta y recuperar personajes olvidados siempre es una buena noticia. Lo segundo… bueno, supongo que alguien en Marvel dijo aquello de «¿y si ponemos un dragón gigante?» y nadie tuvo el valor suficiente para responder que quizá no era necesario. No es un mal cómic ni mucho menos. Es divertido, ligero y bastante entretenido, pero se siente como uno de esos episodios de relleno de una serie que te cae simpática aunque sabes que no cambiará absolutamente nada cuando llegues al siguiente capítulo. Matteo Lolli cumple perfectamente con el apartado artístico y el homenaje al género kaiju tiene su gracia, pero difícilmente será el motivo por el que alguien recuerde este volumen dentro de unos años.
Entonces aparecen los Infernales para recordar al resto del tomo quién manda realmente. Si la era Krakoa nos regaló muchas buenas ideas, Infernales fue una de las mejores. Zeb Wells entendió algo fundamental sobre los mutantes: son mucho más interesantes cuando están completamente rotos por dentro. Mientras otras series intentaban contarnos las grandes aventuras de la nueva nación mutante, Wells decidió reunir al equivalente mutante del grupo de apoyo menos recomendable del planeta y obligarlos a trabajar juntos. El resultado sigue siendo maravilloso. Los miembros de Infernales son personajes traumatizados, egoístas, violentos y emocionalmente inestables que apenas se soportan entre ellos. Cada conversación tiene el potencial de terminar en un asesinato o en una sesión improvisada de terapia psicológica. A veces ambas cosas al mismo tiempo. En estos dos números vemos las consecuencias de sus últimas aventuras, la pérdida que arrastran algunos personajes y nuevas amenazas relacionadas con la eterna obsesión de la humanidad por construir robots destinados a exterminar mutantes. Porque si algo ha demostrado Marvel durante las últimas seis décadas es que la humanidad nunca aprende. Puedes crear una nación mutante pacífica, conquistar Marte o convertirte prácticamente en inmortal. Siempre habrá alguien pensando: «¿Y si construimos un robot gigante para solucionar este problema?». Stephen Segovia está sencillamente espectacular al dibujo. Su trabajo transmite perfectamente el caos emocional y físico que define a la serie. Sus personajes son expresivos, dinámicos y tremendamente carismáticos. Si a eso le sumamos el excelente trabajo del color de Rain Beredo, obtenemos posiblemente las páginas más atractivas de todo el volumen.

Por todo eso, este noveno «Marvel Premiere de Tribulaciones de X» es un reflejo perfecto de las virtudes y defectos de la era Krakoa. Tiene ideas fantásticas, personajes magníficos y autores que entienden muy bien el enorme potencial del universo mutante. También tiene momentos más anecdóticos, números que simplemente cumplen y alguna que otra sensación de estar leyendo piezas sueltas de un gigantesco puzle editorial. Pero quizá esa sea precisamente la gracia de esta colección. Nunca sabes si al pasar la página te encontrarás una conspiración espacial, un dragón gigante o el grupo de mutantes más desastroso y encantador que Marvel ha publicado en décadas. Porque si algo nos enseñó Krakoa es que los mutantes son capaces de sobrevivir a genocidios, viajes temporales y guerras cósmicas. Lo verdaderamente complicado es conseguir que todas sus series tengan el mismo nivel de calidad. Y eso sigue siendo un poder que ni siquiera Charles Xavier ha conseguido desarrollar.
