Marvel Premiere Los 4 Fantásticos de Ryan North 3: lo imposible es probable

Hay algo profundamente reconfortante en abrir un cómic de Los Cuatro Fantásticos y descubrir que, por una vez, nadie está intentando reiniciar el multiverso por decimocuarta vez en el mismo trimestre. En una Marvel contemporánea donde las crisis cósmicas brotan con la misma frecuencia que los comunicados anunciando nuevos números uno, Ryan North ha tenido la desfachatez de hacer algo revolucionario: escribir historias sobre personas. Bueno, sobre personas, una roca con gabardina, un tipo que parece una cerilla humana y, en este tomo, también sobre dinosaurios inteligentes. Porque si algo nos ha enseñado la ciencia ficción es que toda idea mejora automáticamente si le añades un Spinosaurio.

Este tercer volumen de Marvel Premiere dedicado a la etapa de Ryan North en «Los 4 Fantásticos», recopila los números 12 al 17 de la séptima serie del grupo y confirma algo que ya sospechábamos. North ha encontrado la fórmula secreta que durante décadas buscaron alquimistas, científicos locos y editores de Marvel. Esa fórmula consiste en recordar que Los Cuatro Fantásticos son una familia antes que una franquicia. Parece una obviedad, pero en los últimos años el pobre Reed Richards ha pasado más tiempo reconstruyendo la realidad que cenando con sus hijos. En algún momento, Marvel convirtió a la Primera Familia en la Primera Oficina de Gestión de Catástrofes Interdimensionales. Afortunadamente, North llegó para poner orden, o mejor dicho, para introducir una clase distinta de caos.

Conviene recordar cómo empezó esta etapa. Reed, en una de esas decisiones que solo pueden parecer razonables a alguien que calcula ecuaciones mientras se cepilla los dientes, envió una manzana entera de Nueva York un año al futuro para evitar una catástrofe. Como consecuencia, la familia quedó separada y los Cuatro Fantásticos pasaron a ser poco menos que apestados sociales. Porque una cosa es salvar el planeta y otra muy distinta hacer que los neoyorquinos lleguen un año tarde al alquiler. Sobre esa premisa, North ha construido una colección que se parece sospechosamente poco a un cómic tradicional de superhéroes. Aquí no hay grandes sagas de doce partes tituladas “La muerte definitiva y totalmente irreversible de alguien importante”. En su lugar, tenemos pequeñas historias autoconclusivas, experimentos narrativos y aventuras que parecen concebidas tras una conversación especialmente animada entre Isaac Asimov, Rod Serling y un paleontólogo con demasiado tiempo libre. Y precisamente de eso va este volumen.

La historia principal nos presenta un universo alternativo en el que el meteorito que acabó con los dinosaurios decidió tomarse el día libre. El resultado es una civilización de reptiles inteligentes donde existen equivalentes de Los Cuatro Fantásticos y, por supuesto, un Doctor Muerte dinosaurio. Porque hay constantes universales: la gravedad, la velocidad de la luz y Víctor Von Muerte encontrando nuevas maneras de ser insufrible. El Muerte T-Rex es una de esas ideas tan absurdas que solo pueden funcionar si el guionista se compromete plenamente con ellas. Y North lo hace. No hay ni una pizca de cinismo en estas páginas. El autor escribe a un tiranosaurio con armadura y capa como si estuviera adaptando a Shakespeare, y lo más desconcertante es que funciona. Funciona de maravilla.

La aventura mezcla humor, aventura y un inesperado componente emocional. Ver a dos mundos enfrentados mientras sus respectivos habitantes intentan comprenderse resulta mucho más interesante que asistir a otra invasión genérica de seres extradimensionales con nombres imposibles de pronunciar. Además, North aprovecha para recordarnos que el Doctor Muerte seguirá siendo el Doctor Muerte independientemente de la cantidad de escamas que tenga. Es imposible no pensar que algún guionista reciente de Marvel debería estudiar estas páginas como si fueran un manual de instrucciones titulado “Cómo escribir a Víctor sin convertirlo en un villano de dibujos animados de sábado por la mañana”. Sin embargo, el verdadero triunfo de Ryan North reside en su capacidad para saltar de un registro a otro sin despeinarse. Una vez terminada la odisea jurásica, el tomo nos ofrece una historia sobre inteligencia artificial en la ficción, cumple una función muy concreta: recordarnos que crear entidades digitales todopoderosas siempre es una mala idea. North construye aquí un relato incómodo, inquietante y sorprendentemente actual. Lo más interesante es comprobar cómo los Cuatro Fantásticos encajan en este tipo de historias. La serie demuestra una y otra vez que Reed, Sue, Ben y Johnny no necesitan enfrentarse a Galactus para resultar fascinantes. Basta con encerrarlos en una situación imposible y observar cómo reaccionan.

Entonces llegamos al reencuentro familiar. Marvel lleva décadas vendiéndonos la importancia de la familia, pero pocas veces se había detenido tanto en las consecuencias emocionales de una separación. El regreso de Franklin y Valeria debería ser un momento de celebración, y lo es, aunque North introduce la cantidad justa de tensión para evitar que todo parezca una reunión navideña patrocinada por una marca de turrones. Hay algo entrañable en cómo escribe a los hijos de Reed y Sue. Franklin y Valeria son niños extraordinarios, pero siguen siendo niños. Y eso nos lleva, probablemente, al mejor capítulo del volumen.

La historia centrada en los chavales intentando impresionar a una profesora de ciencias es sencillamente maravillosa. En una industria obsesionada con elevar constantemente las apuestas, Ryan North decide contarnos cómo unos adolescentes quieren sacar buena nota en clase. Es un concepto tan sencillo que casi parece revolucionario. Porque, seamos sinceros, ¿qué haríamos cualquiera de nosotros si nuestros padres fueran dos de las mayores mentes científicas del planeta? Exacto: intentaríamos presumir delante de nuestros compañeros y provocaríamos accidentalmente una pequeña catástrofe científica. Este episodio captura a la perfección el espíritu de la colección. No trata sobre salvar el universo; trata sobre crecer, equivocarse y sobrevivir a la humillación pública inherente a la adolescencia. Que además haya ciencia imposible de por medio es simplemente un extra.

El volumen concluye con una delirante aventura de viajes temporales que comienza como un misterio imposible y termina convirtiéndose en un homenaje a las historias clásicas de la serie. North juega con la continuidad, la estira como si fuera Reed Richards en una sesión de yoga y demuestra un conocimiento casi enciclopédico de la mitología del grupo. También aprovecha para recordar algo que muchos lectores parecen olvidar periódicamente: Sue Storm es, probablemente, el miembro más peligroso y competente de los Cuatro Fantásticos. Y lo ha sido durante décadas. La Mujer Invisible lleva años solucionando problemas mientras el resto discute sobre física cuántica o se prende fuego accidentalmente.

En el apartado gráfico encontramos una alineación de artistas compuesta por Iban Coello, Ivan Fiorelli, Francesco Mortarino y Carlos Gómez, acompañados por el siempre eficaz trabajo de Jesús Aburtov y Brian Reber al color. Todos realizan un trabajo notable. El problema es que Marvel parece haber declarado una guerra abierta contra el concepto de “dibujante regular”. Encontrar una colección de la editorial con identidad gráfica consistente empieza a ser tan complicado como encontrar una explicación lógica para algunos eventos recientes de la compañía. Carlos Gómez e Iban Coello destacan especialmente, aunque la constante rotación de artistas provoca que el tomo tenga un aspecto ligeramente irregular. No es un desastre ni mucho menos, pero uno no puede evitar imaginar cómo habría sido esta etapa con un único dibujante acompañando a North desde el principio. Resulta irónico que la mayor continuidad visual la proporcionen las magníficas portadas de Alex Ross. Una vez más, Ross aparece para recordarnos que lleva décadas pintando personajes de Marvel mejor que nadie mientras el resto de nosotros intentamos comprender cómo funciona una impresora doméstica.

La edición de Panini Comics mantiene el estándar habitual de la línea Marvel Premiere: rústica, 144 páginas a color, traducción de Uriel López. Eso sí, sigue resultando desconcertante el retraso acumulado respecto a la edición estadounidense. Mientras los lectores españoles disfrutamos de estas aventuras con dinosaurios inteligentes, en Estados Unidos ya han avanzado considerablemente. Es como recibir una postal del futuro enviada hace dieciséis meses. Pero quizá eso tenga cierto encanto. Después de todo, estamos hablando de una serie obsesionada con el tiempo.

En definitiva, este tercer tomo de Marvel Premiere de «Los Cuatro Fantásticos» confirma que Ryan North está firmando una de las mejores etapas modernas del grupo. Una colección inteligente, divertida, imaginativa y profundamente humana. Un pequeño milagro editorial en una Marvel que a menudo parece empeñada en tropezar consigo misma. Y sí, puede que la editorial siga sin encontrar un dibujante regular para acompañar al guionista. Puede que los retrasos en la publicación española desesperen a más de uno. Puede incluso que la idea de un Doctor Muerte dinosaurio suene ridícula sobre el papel. Pero ahí está la magia de Los Cuatro Fantásticos. Siempre ha sido una serie sobre lo imposible. Y Ryan North ha decidido demostrarnos que, efectivamente, lo imposible no solo es probable: también puede ser condenadamente divertido.

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