Hay personajes de Marvel que llevan sesenta años buscando su sitio. Cambian de uniforme cada dos temporadas, descubren que son hijos secretos de un dios nórdico, viajan al multiverso, mueren tres veces antes del desayuno y regresan porque alguien ha decidido que vender una portada con la palabra «Renacimiento» siempre funciona. Luego está Frank Castle, un hombre que encontró su vocación hace décadas y desde entonces no ha cambiado absolutamente nada. (bueno cambió y la liaron). Para que no falle la cosa sigue siendo un exmarine con muy mala leche, una puntería insultante y la convicción de que el sistema judicial funciona estupendamente, siempre que él pueda saltárselo cuando le venga bien. La evolución del personaje podría resumirse así: antes disparaba con una Uzi; ahora dispara con otra distinta. Fin del desarrollo psicológico.

Precisamente ahí reside parte del encanto de «Círculo de Sangre», la miniserie que Steven Grant, Mike Zeck, Jo Duffy, Mike Vosburg y John Beatty convirtieron en el auténtico certificado de nacimiento editorial de El Castigador. Porque sí, Frank ya había aparecido unos cuantos años antes persiguiendo a Spiderman, pero aquello era poco más que un prometedor secundario. Este fue el momento en el que Marvel dijo: «¿Y si dejamos que el psicólogo se tome vacaciones y le damos una colección propia al tipo que resuelve los dilemas morales a base de calibre 45?». Contra todo pronóstico, la idea fue un éxito monumental.
La historia empieza en prisión, que para Frank Castle viene a ser como una oficina temporal. Allí está rodeado de delincuentes que, curiosamente, guardan cierto rencor hacia él. Resulta que cuando llevas años eliminando mafiosos, asesinos y traficantes, acabas llenando las cárceles de personas que no te enviarían precisamente una postal por Navidad. El ambiente es cordial, siempre que uno considere cordial despertarse cada mañana preguntándose quién intentará clavarte un cuchillo antes del desayuno.

Steven Grant no pierde el tiempo. Nada de dedicar cincuenta páginas a explicar los sentimientos de Frank mientras contempla la lluvia caer sobre los barrotes. Eso sería material para un cómic moderno. Aquí el origen se despacha en un suspiro, se recuerda quién demonios es Castle y enseguida empiezan las tortas. Eran los años ochenta, una época maravillosa en la que los guionistas confiaban en que el lector no sufría amnesia entre una página y la siguiente. La fuga de Ryker es una auténtica delicia. Todo el mundo conspira contra todo el mundo, los mafiosos se traicionan con una facilidad admirable y Castle demuestra que entrar en una prisión de máxima seguridad puede ser complicado, pero salir de ella resulta sorprendentemente sencillo si tienes suficiente explosivo y una preocupante ausencia de escrúpulos. No hay piruetas imposibles ni tecnología alienígena. Solo un tipo extremadamente competente rodeado de gente bastante menos competente.
Después entra en escena el Trust, una organización secreta formada por respetables ciudadanos que deciden financiar la cruzada del Castigador. Porque incluso la venganza necesita patrocinadores. Es como los Tiktokers pero con más escopetas. Es una idea fantástica. Mientras Peter Parker busca dinero hasta debajo de la telarañas y Tony Stark fabrica armaduras multimillonarias, Frank encuentra a unos señores trajeados que básicamente le dicen: «Toma dinero, armas y munición. Haz lo que mejor sabes hacer«. Es el equivalente superheroico a recibir una tarjeta de fidelización para una armería. Naturalmente, cualquiera con dos neuronas sospecha que aquello es demasiado bonito para ser verdad. Pero Frank tampoco está para ponerse exquisito. Si alguien quiere regalarle rifles de precisión y lanzagranadas sin hacer demasiadas preguntas, tampoco va a ponerse a leer la letra pequeña del contrato. Error clásico de los protagonistas de ficción: aceptar recursos ilimitados procedentes de organizaciones misteriosas suele acabar regular.

Grant construye una conspiración bastante más inteligente de lo que muchos recuerdan. Detrás de toda la acción hay manipulación política, guerras entre mafias, intereses ocultos y personajes que utilizan al Castigador como si fuera un misil con patas. Lo interesante es que Frank nunca deja de ser una amenaza, pero tampoco controla realmente la situación. Es una máquina de guerra extraordinaria, que a menudo dispara en un tablero diseñado por otros. Eso sí, hay un detalle que merece una mención especial. Si alguien organizara un concurso para introducir el título de una obra dentro de los diálogos, Círculo de Sangre ganaría por goleada. La expresión aparece tantas veces que uno termina esperando que incluso el repartidor del periódico la pronuncie antes de salir de escena. Hay momentos en los que parece que Steven Grant estuviera cobrando derechos de autor cada vez que un personaje decía «círculo de sangre». No molesta, pero resulta entrañablemente insistente. Es como esas películas donde el protagonista mira a cámara y dice exactamente el título antes del clímax. Solo falta que alguien guiñe un ojo al lector.
Gráficamente, Mike Zeck firma un trabajo que explica por qué era uno de los grandes nombres de Marvel. Su trazo es claro, contundente y espectacular sin necesidad de llenar cada viñeta de músculos imposibles o explosiones gratuitas. Sus escenas de acción poseen enjundia. Cuando alguien recibe un puñetazo parece que realmente vaya a necesitar un dentista después. Cuando un coche explota, da la sensación de que alguien tendrá que llamar al seguro. Es un dibujo que nunca sobra en un cómic protagonizado por un tipo que lleva un arsenal encima. Eso sí, también se aprecia cómo las malditas fechas de entrega atacaban incluso a los mejores artistas. El primer número es una exhibición. Los siguientes mantienen el nivel con dignidad, pero poco a poco aparecen pequeños síntomas de cansancio. Mike Vosburg entra para rematar la historia y John Beatty mantiene la coherencia con un entintado impecable. Asi como el color del mismo Zeck y Bob Sharen. No es un desastre ni mucho menos, aunque sí deja esa sensación tan típica de los cómics de los ochenta: «si hubieran dado un mes más al dibujante, estaríamos hablando de una obra maestra absoluta«. Pero claro, los plazos editoriales son una fuerza de la naturaleza más temible que Galactus.

Así llegamos a esta edición Marvel Essentials de Panini Comics. En la línea habitual, aquí tenemos los cinco números americanos con traducción Gonzalo Quesada. Además de una introducción realizada por Raúl López, así como multitud de extras como muchas de las paginas a lápiz realizadas por Zeck.
En definitiva, «El Castigador: Círculo de Sangre» sigue siendo uno de esos cómics que recuerdan que, antes de los grandes eventos editoriales, ya existían historias capaces de enganchar simplemente porque estaban extraordinariamente bien contadas. Así que admitámoslo, siempre resulta reconfortante regresar a una época en la que el mayor problema de Marvel era decidir cuántas balas podía disparar Frank Castle antes de que el Comics Code empezara a hiperventilar. Frank nunca necesitó variantes. Bastante trabajo tenía ya con vaciar cargadores sin que nadie le preguntara cómo demonios conseguía munición infinita. Ese, amigos, sí que era el verdadero superpoder del Castigador.
