La era de revelación Capa o puñal: luz y oscuridad

«La era de Revelación: Capa o Puñal» es uno de esos tomitos que llegan sin hacer demasiado ruido, se leen en una tarde y te dejan con una sensación bastante curiosa. No es ninguna obra maestra, probablemente tampoco vaya a figurar en las listas de “los cómics imprescindibles del año”, pero tiene suficiente encanto como para que acabes el tercer número con una sonrisa y pensando que, al menos, alguien se ha acordado de que Capa y Puñal siguen existiendo. Porque seamos sinceros. Tyrone Johnson y Tandy Bowen nunca han sido precisamente las estrellas más mimadas de Marvel. Mientras Spiderman salva Nueva York por enésima vez, los Vengadores destruyen medio planeta para reconstruirlo en el siguiente evento y los mutantes viven su trigésima extinción anual, Capa y Puñal suelen aparecer por los márgenes, recordándonos que hubo una época en la que eran personajes importantes. Por eso resulta agradable encontrarlos aquí protagonizando una miniserie propia dentro de La era de Revelación.

La premisa es, además, bastante potente. Han pasado años. Tandy y Tyrone están casados, tienen una hija y siguen queriéndose. Hasta aquí todo parece una inesperada victoria para una pareja Marvel, algo tan raro como encontrar una reunión editorial sin un relanzamiento número uno. El problema es que mantener su vínculo ha tenido consecuencias terribles: ya no pueden existir juntos durante mucho tiempo en el mismo plano de realidad. Si permanecen demasiado cerca, las cosas se complican. Mucho. Es una idea interesante porque convierte la relación de ambos en algo casi trágico. No estamos ante la típica historia de amantes separados por malentendidos absurdos o por la obligación contractual de mantener la tensión romántica eternamente. Aquí la separación es literal, física y constante. Se aman, tienen una familia, pero el universo parece haber decidido que compartir sofá resulta excesivo.

Justina Ireland aprovecha muy bien esa situación para construir el corazón de la serie. Sí, hay acción. Sí, hay monstruos mutados, ataques, conspiraciones y villanos con planes cuestionables. Pero el auténtico centro de la historia es una familia intentando funcionar en circunstancias imposibles. Y ahí está probablemente lo mejor del cómic. La hija de ambos, Ayla, se convierte rápidamente en uno de los elementos más interesantes de la miniserie. No porque revolucione el género ni porque vaya a ser la próxima gran estrella de Marvel, sino porque sirve para humanizar todavía más a sus padres. De repente, Capa y Puñal ya no son solo héroes luchando contra amenazas imposibles. Son dos personas intentando criar a una niña mientras el mundo se cae a pedazos a su alrededor.

Hablando del mundo, el escenario de La era de Revelación funciona razonablemente bien. Como ocurre con muchos futuros alternativos de Marvel, la gracia está menos en la coherencia absoluta y más en observar cómo han evolucionado ciertos personajes bajo circunstancias extremas. El virus-X, las mutaciones descontroladas y las distintas facciones enfrentadas crean un contexto suficientemente atractivo para justificar la aventura sin que el lector tenga que sacarse un máster en continuidad para entender qué está ocurriendo. Eso sí, tampoco conviene vender la serie como algo revolucionario. No lo es. De hecho, uno de sus principales problemas es que el desarrollo resulta bastante convencional. La premisa promete una exploración profunda del sacrificio, el amor y la separación, pero muchas veces la narración prefiere refugiarse en secuencias de combate bastante estándar. No están mal dibujadas ni son aburridas, pero tampoco generan la sensación de estar leyendo algo especialmente memorable. Es un poco como pedir una hamburguesa gourmet y descubrir que está rica, sí, pero sigue siendo una hamburguesa. Cumple. Satisface. No te arrepientes de haberla pedido. Pero tampoco sales del restaurante convencido de haber vivido una experiencia espiritual.

Los villanos son quizá el aspecto más flojo del conjunto. Los gemelos Von Strucker(Andrea y Andreas) cumplen con su función de generar conflicto y repartir golpes, pero cuesta encontrarles demasiada personalidad. Están ahí porque alguien tiene que estar ahí. Son una amenaza funcional, no memorable. Cuando terminas la lectura recuerdas perfectamente a Tandy, Tyrone y Ayla. De los antagonistas probablemente solo conserves una vaga impresión de que eran bastante desagradables.

Por suerte, el apartado gráfico ayuda mucho a mantener el interés. Lorenzo Tammetta realiza un trabajo muy sólido durante toda la miniserie. Sus personajes transmiten emociones con facilidad, las escenas de acción son dinámicas y, sobre todo, consigue que los poderes de Capa y Puñal vuelvan a parecer especiales. Porque ese siempre ha sido uno de los grandes atractivos visuales de estos personajes: el contraste constante entre luz y oscuridad. Entre esperanza y vacío. Entre el brillo casi celestial de Tandy y las sombras infinitas de Tyrone. Andrew Dalhouse potencia todavía más esa dualidad mediante un color espectacular que convierte muchas páginas en auténticos festivales de contrastes. Hay viñetas donde la oscuridad de Capa parece tragarse literalmente el mundo y otras donde la luz de Puñal atraviesa la página como si quisiera escapar del papel. Visualmente, el cómic entiende perfectamente qué hace únicos a estos personajes.

También se agradece que Ireland recuerde constantemente que estamos leyendo una historia de Capa y Puñal y no simplemente otro relato genérico ambientado en un futuro distópico. La relación entre ambos domina cada capítulo. Incluso cuando están separados. Especialmente cuando están separados. Y ahí aparece la gran paradoja de la obra. La mejor parte del cómic no son las batallas. No son los monstruos. No son los misterios. Ni siquiera son los elementos de ciencia ficción. Lo mejor es observar a dos personajes que llevan décadas compartiendo historias intentando conservar algo tan sencillo y tan complicado como una vida familiar.

Resulta curioso porque Marvel lleva años empeñada en demostrar que la felicidad sentimental es incompatible con los superhéroes. Cada vez que una pareja parece estable, algún editor activa una alarma de emergencia y aparece un clon, un demonio o una guerra multiversal para solucionar semejante anomalía. Aquí, sin embargo, Ireland apuesta por algo diferente. La relación ya existe. El amor ya existe. El conflicto no consiste en si deben estar juntos, sino en cómo seguir adelante cuando estar juntos resulta casi imposible. Es una aproximación refrescante. ¿Es suficiente para convertir la miniserie en imprescindible? Probablemente no. Y ahí está la clave para valorar correctamente este tomo.

Quien busque una obra capaz de redefinir a los personajes seguramente saldrá algo decepcionado. Quien espere el gran clásico moderno de Capa y Puñal tampoco lo encontrará aquí. Pero quien simplemente quiera pasar un buen rato con una aventura entretenida, bien dibujada y con bastante corazón encontrará motivos más que suficientes para disfrutarla. Además, tiene algo que muchos cómics actuales han olvidado: se lee con facilidad. No intenta ser más importante de lo que realmente es. No dedica veinte páginas a preparar futuros eventos editoriales. No parece un tráiler de otra colección. Cuenta una historia, la desarrolla en tres números y la termina. Parece una obviedad, pero hoy en día casi resulta revolucionario.

Al final «La era de Revelación: Capa o Puñal» se queda en una zona intermedia bastante agradable. Quizá no sea el regreso definitivo que los seguidores de Capa y Puñal llevaban décadas esperando. Quizá dentro de unos años pocos la recuerden cuando se hable de las mejores historias del dúo. Pero durante sus tres números consigue algo importante: hacer que te importe lo que les ocurre a estos personajes. No es la bomba. No cambia las reglas del juego. Pero entra muy bien. Y a veces, especialmente en un evento tan grande como La era de Revelación, eso es exactamente lo que uno necesita.

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