Hay lectores que cuando ven la palabra Pride en la portada de un cómic reaccionan como si Marvel hubiera anunciado una colección protagonizada por los impuestos, la diversidad cultural y sexual y las reuniones de vecinos. El drama está garantizado antes incluso de abrir la primera página. Mientras tanto, el resto de los mortales hacemos algo revolucionario: «Leer el tebeo». Y resulta que «Marvel Pride 2026» tiene la osadía de contener exactamente lo que promete un cómic de Marvel: héroes, villanos, emociones, acción, diálogos ingeniosos y gente intentando evitar que el mundo sea un lugar un poco peor de lo que ya es. Lo sé, una sorpresa escandalosa.

Este especial tiene una virtud muy rara en los tiempos que corren: no parece diseñado por un comité obsesionado con convertir cada historia en un evento intergaláctico que altere para siempre el statu quo durante aproximadamente tres semanas. Aquí no hay un multiverso explotando, ni una guerra cósmica que requiera comprar diecisiete series paralelas para entender quién está pegando a quién. Solo cuatro historias cortas que recuerdan algo que Marvel lleva décadas contando: que ser diferente es complicado, que encontrar tu lugar en el mundo cuesta más que derrotar a algunos supervillanos y que el odio sigue siendo un enemigo bastante pesado, aunque no tenga una gema del infinito en el bolsillo (muchas veces tiene un voto que es más peligroso). Lo más divertido es que el cómic ni siquiera intenta ocultar sus intenciones. Va de frente. Habla de identidad, amor, amistad, memoria y solidaridad con la misma naturalidad con la que otros tebeos hablan de invasiones alienígenas o monos radiactivos. Y eso provoca un curioso fenómeno: cuanto más humano se vuelve el relato, más universales resultan sus personajes. Así que preparaos para encontrar a Loki haciendo de Loki, a héroes repartiendo justicia, a fantasmas que deberían haberse quedado en el pasado y a varios momentos capaces de arrancar una sonrisa o un pellizco emocional. Porque Marvel Pride 2026 demuestra que, a veces, el acto más heroico no consiste en salvar el universo. Consiste en ser uno mismo mientras el universo opina demasiado sobre ello.
La historia de apertura, escrita por Al Ewing y dibujada por Kei Zama, nos presenta a Aaron Fischer, otro Capitán América. Porque si Steve Rogers representa el sueño americano, Aaron representa la versión que viaja en tren regional, llega tarde y aun así consigue salvar el mundo antes de la siguiente parada. Aquí debe enfrentarse al Aborrecedor, una entidad que encarna el odio. Un concepto maravilloso porque Marvel ha comprendido algo fundamental: si el odio va a existir, al menos que tenga una cara a la que puedas estamparle un puñetazo. La aventura incluye a Hydra, a Loki haciendo cosas de Loki y una serie de situaciones que solo pueden ocurrir en un cómic de superhéroes. Quizá sea la historia más tradicional del volumen, pero también es la que mejor demuestra una verdad incontestable: combatir nazis nunca pasa de moda. Es como el negro en la ropa o las patatas fritas. Hay clásicos que funcionan siempre.

Después llega Wyatt Kennedy junto a Bayleigh UnderWood para recordarnos que la felicidad es un concepto frágil y que los sueños pueden ser más crueles que cualquier villano con casco ridículo. Su relato protagonizado por Mística e Irene empieza casi como una fantasía doméstica perfecta. Todo parece demasiado bonito. Demasiado ordenado. Demasiado feliz. Y claro, estamos hablando de Mística. Una mujer cuya vida sentimental parece diseñada por un guionista especializado en tragedias griegas después de tres cafés y una ruptura traumática. El resultado es una historia hermosa y devastadora que juega con las expectativas del lector para luego arrancarle el corazón con elegancia quirúrgica. Es de esos relatos que terminan y te dejan mirando la última página durante unos segundos mientras piensas: “Bueno, pues gracias por el daño emocional gratuito”.
La tercera historia une a Sera y Felicia Hardy, también conocida como la Gata Negra, patrona universal de las personas que toman malas decisiones pero consiguen hacer que parezcan una excelente idea. Zoe Tunnell junto a Federica Mancin construyen una historia divertida, emotiva y sorprendentemente profunda. Lo que comienza como un encuentro aparentemente ligero termina convirtiéndose en una reflexión sobre la identidad y la aceptación personal. Aquí aparece una de las mejores ideas de todo el tebeo: la fantasía de la vida perfecta. Porque todos hemos jugado alguna vez a ese juego mental. ¿Qué habría pasado si hubiera tomado otra decisión? ¿Y si hubiera sido diferente? ¿Y si hubiera elegido otro camino? La respuesta que ofrece el cómic es sencilla y demoledora: probablemente seguirías siendo tú mismo, solo que con problemas distintos. Es una lección sencilla, pero contada con suficiente sensibilidad como para evitar cualquier sensación de sermón. Algo que no siempre resulta fácil cuando se trabaja con temas tan personales.

Entonces llega Anthony Oliveira junto al dibujante español Pablo Collar. Y deciden que ya hemos sonreído bastante. Su historia protagonizada por Steve Rogers y Arnie Roth es probablemente demoledora. No porque tenga la acción más espectacular ni los diálogos más ingeniosos, sino porque posee algo mucho más difícil de conseguir: autenticidad. Mientras otros relatos miran hacia el presente o el futuro, Oliveira vuelve la vista atrás para recordarnos que antes de convertirse en iconos, leyendas o símbolos patrióticos, estos personajes eran simplemente personas intentando sobrevivir. El reencuentro entre Steve y Arnie está escrito con una ternura extraordinaria y un trazo que lo acompaña a la perfección. Pablo Collar aporta un dibujo cálido y expresivo que encaja perfectamente con el tono del relato. Quizá no sea el apartado gráfico más espectacular del especial, pero sí uno de los más humanos. Y eso es exactamente lo que la historia necesitaba.
Lo mejor de este tebeo es que nunca pierde el tiempo intentando justificar su existencia. No pide permiso. No pide disculpas. No intenta convencer a quien ya ha decidido enfadarse antes de abrir el cómic. Simplemente cuenta historias. Buenas historias. Historias sobre personas que buscan su lugar en el mundo mientras luchan contra fantasmas literales y metafóricos. Y aquí está la gran ironía del asunto. Hay quien acusa a este tipo de especiales de alejarse de la esencia de Marvel cuando, en realidad, representan exactamente lo contrario. Porque la esencia de Marvel nunca fueron los rayos cósmicos. Ni los martillos mágicos. Ni los trajes de colores imposibles de lavar. La esencia de Marvel siempre ha sido hablar de personas diferentes intentando encontrar un sitio donde encajar. Los mutantes llevan sesenta años explicándonos eso. Spiderman lleva sesenta años explicándonos eso. La Cosa lleva sesenta años explicándonos eso. Lo único que cambia son los personajes y las circunstancias.

Por eso este especial editado por Panini Comics funciona tan bien. Porque entiende perfectamente qué tipo de universo está representando. Al final, «Marvel Pride 2026» es una lectura divertida, emotiva y sorprendentemente afilada. Un cómic que sabe cuándo hacerte sonreír, cuándo hacerte reflexionar y cuándo darte una patada emocional en las costillas. Y además incluye a personajes enfrentándose al odio organizado, algo que siempre resulta terapéutico. Quizá no sea el cómic más espectacular del año. Quizá no cambie para siempre el destino del multiverso. Quizá ni siquiera tenga una batalla capaz de romper siete dimensiones simultáneamente. Pero consigue algo bastante más complicado: recordarte por qué te importan estos personajes. Y eso, en una industria donde cada mes alguien regresa de entre los muertos para vender una portada alternativa y donde la continuidad tiene más curvas que una carretera de montaña, tiene mucho más mérito de lo que parece. Porque cuando cierras el tebeo no recuerdas tanto los golpes, los poderes o los villanos. Recuerdas a las personas. Y, después de todo, eso siempre ha sido lo mejor de Marvel, aunque a veces necesitemos que un puñetero fascista reciba una paliza para recordarlo.
