La fantasía tiene una curiosa costumbre. Siempre encuentra nuevas formas de complicarle la vida a la gente. Algunos protagonistas descubren que son magos, otros que pertenecen a antiguas profecías y unos cuantos tienen la mala suerte de heredar reinos al borde del colapso. En el primer volumen de «La Erupción Zafiro: La Decisión de la Espada», de I. M. Redwright, sucede un poco de todo eso, pero con un detalle añadido que marca la diferencia. Aquí las espadas no son simples herramientas de combate. Son jueces, símbolos de poder y, en cierto modo, las auténticas responsables de que la vida de los protagonistas se convierta en una sucesión de problemas monumentales (vamos como con Harry Potter con las varitas pero con más enjundia y muchísimo mejor).

La novela nos traslada a un mundo dividido en cuatro reinos vinculados a los elementos: fuego y agua en estas páginas. Cada uno posee sus propias tradiciones y formas de entender el mundo, pero todos comparten una peculiaridad. El destino de sus gobernantes está ligado a espadas sagradas capaces de elegir a quienes consideran dignos de portar la corona. Es una idea sencilla, pero enormemente efectiva, porque permite que el poder no dependa únicamente de la sangre o de la ambición, sino también de algo tan impredecible como la voluntad de un arma mágica (aunque de la sangre también, que los cortes en la mano no son gratis). Todos los que llevamos mucho tiempo leyendo, sabemos que cuando la magia empieza a tomar decisiones, las cosas rara vez terminan de forma tranquila.
El primer gran protagonista de esta historia es Noakhail, quien tiene la desafortunada suerte de ser elegido por la espada de fuego cuando apenas acaba de llegar al mundo. Lo que debería haber sido una celebración termina convirtiéndose en una tragedia. La sangre sustituye a los festejos, las traiciones aparecen antes que los regalos y el recién nacido acaba huyendo junto a Lumio, un soldado que sacrifica prácticamente toda su vida para salvarlo. Es un comienzo intenso que deja claro que el autor no tiene intención de permitir que sus personajes disfruten de una existencia relajada. Años después, Noakhail se ha convertido en un chico inteligente y gracias a su tutor se defiende muy bien con la espada. Ha entrenado durante toda su vida para reclamar el trono que le pertenece y devolver el orden a su reino. Al menos esa es la teoría. Porque la práctica consiste en atravesar territorios desconocidos, enfrentarse a criaturas peligrosas, sobrevivir a enemigos empeñados en matarlo y descubrir que convertirse en rey exige mucho más que saber manejar una espada. Es aquí donde el personaje resulta especialmente atractivo. No es un héroe perfecto ni una máquina de derrotar adversarios. Comete errores, duda, se equivoca y aprende constantemente. En otras palabras, se comporta como una persona real atrapada en circunstancias absolutamente imposibles. Frente a él encontramos a Vienne, la otra gran protagonista de la novela. Mientras Noakhail representa la aventura, el movimiento y la acción constante, Vienne encarna una lucha mucho más íntima. Es tímida, insegura y vive a la sombra de sus hermanas mayores. Nadie parece verla como una candidata adecuada para gobernar el Reino del Agua. Ni siquiera ella misma. Precisamente por eso resulta tan interesante cuando la espada acuática decide convertirla en heredera. De repente, una joven acostumbrada a pasar desapercibida debe aprender a cargar sobre sus hombros el peso de un reino entero. Su evolución es uno de los aspectos más logrados de la novela porque no se basa únicamente en ganar poder, sino en descubrir quién es realmente y qué clase de gobernante desea llegar a ser.

Redwright construye ambas historias de forma paralela, alternando los capítulos de manera que el lector puede observar cómo los destinos de Noakhail y Vienne avanzan inexorablemente hacia un punto de encuentro. Desde muy pronto se percibe que sus caminos están conectados y que el desenlace de uno afectará inevitablemente al otro. Esa sensación de inevitabilidad funciona como un motor constante para la narración y mantiene el interés incluso durante los momentos más tranquilos.
Uno de los mayores méritos del libro es la creación de su universo. El autor dedica tiempo a desarrollar la cultura, las costumbres y las creencias de cada reino sin convertir la lectura en una enciclopedia ambulante. Los detalles aparecen integrados en la acción, permitiendo que el mundo cobre vida de forma natural. Las tradiciones poseen significado y los conflictos políticos nacen de diferencias que resultan comprensibles. No se trata únicamente de escenarios bonitos donde los personajes se golpean entre sí con espadas mágicas; existe una sensación de historia y de identidad detrás de cada territorio. Y sí, hay muchas espadas. Muchísimas. Algunas cortan, otras eligen reyes y unas cuantas parecen poseer más personalidad que ciertos nobles de la corte. Pero esa es precisamente parte de la diversión. La novela abraza con entusiasmo todos los elementos clásicos de la fantasía épica sin sentir vergüenza por ello. Hay héroes destinados a grandes hazañas, villanos peligrosos, criaturas fantásticas, viajes imposibles, antiguas profecías y suficientes escenas de acción como para satisfacer a cualquier aficionado al género. Especialmente destacable resulta Lumio, uno de esos personajes secundarios que terminan robando más de una escena. Su papel como protector y mentor de Noakhail aporta una dimensión emocional que fortalece toda la historia. Es imposible no admirar a alguien capaz de abandonar su propia vida para garantizar la supervivencia de un niño que representa tanto una esperanza como una condena. Teniendo en cuenta no que tienen ningún vínculo genético ni afectivo en el momento que se conocen. La relación entre ambos proporciona algunos de los momentos más sinceros y conmovedores de la novela.

Por supuesto, la obra no está libre de defectos. Hay momentos en los que ciertos diálogos pueden sonar algo rígidos y algunos pasajes se extienden más de lo necesario. También existen ocasiones en las que la narración explica demasiado aquello que el lector ya ha comprendido. Son pequeños obstáculos que ralentizan el ritmo de vez en cuando, pero que no llegan a empañar el conjunto. Porque si algo tiene La Erupción Zafiro es energía. Se nota que Redwright disfruta explorando este mundo y acompañando a sus personajes en cada nuevo desafío.
Quizá lo más agradable de la novela editada por Harper Collins sea precisamente esa sensación de aventura clásica que transmite. No intenta reinventar la fantasía ni desmontar sus convenciones. No busca sorprender mediante giros imposibles o planteamientos excesivamente complejos. Lo que hace es tomar los ingredientes que han funcionado durante décadas y utilizarlos con entusiasmo, construyendo una historia entretenida, dinámica y fácil de disfrutar. Es el tipo de libro que invita a acomodarse en el sofá, abrir la primera página y dejarse arrastrar por el viaje. Al finalizar la lectura del primer tomo de «La Erupción Zafiro» queda claro que estamos ante el comienzo de algo más grande. Muchas preguntas permanecen abiertas, numerosos conflictos apenas han comenzado a desarrollarse y los protagonistas todavía tienen un largo camino por recorrer. Lejos de resultar frustrante, esa sensación despierta curiosidad por descubrir qué les espera en las siguientes entregas. Porque después de acompañar a Noakhail y Vienne a través de conspiraciones, desafíos, criaturas imposibles y decisiones que podrían cambiar el destino de los reinos, uno termina comprendiendo que la verdadera magia de esta historia no reside en las espadas sagradas ni en los poderes elementales. Está en la capacidad del autor para hacer que queramos seguir caminando junto a sus personajes cuando la aventura apenas acaba de empezar.
