La Era de Revelación: Longshots. Espectáculo televisivo

Hay quien lee cómics para encontrar historias que le cambien la vida. Hay quien busca reflexiones profundas sobre la naturaleza humana. Hay quien espera encontrar personajes complejos que le ayuden a comprender mejor el mundo que le rodea. Luego estamos los que abrimos «La Era de Revelación: Longshots» y pensamos: “Sí, claro, lo que necesitaba el Universo Marvel era que Mojo montara una especie de Gran Hermano mezclado con Los Juegos del Hambre”. Todo escrito por Jonathan Hickman y Gerry Duggan. Y lo peor es que funciona.

Porque ése es el gran problema de Longshots. Que una premisa que debería sonar como una broma interna escrita a las tres de la mañana durante una convención de cómics acaba convirtiéndose en una de las lecturas más entretenidas del evento La Era de Revelación. No necesariamente la más importante. No la más trascendente. No la que será recordada dentro de veinte años cuando los historiadores del cómic escriban sesudos ensayos sobre la evolución de los mutantes. Pero sí una de las más divertidas.

La situación inicial ya es maravillosa. El mundo está hecho un desastre. Las consecuencias de la Era de Revelación han alterado la realidad, los territorios mutantes viven tiempos oscuros y la humanidad se enfrenta a problemas enormes. Pero el personaje más preocupado de todos no es un líder político, ni un héroe, ni un villano dispuesto a conquistar el planeta. Es Mojo. Porque si algo puede provocar más terror que una distopía mutante es una caída de audiencia (que se lo digan a Telecinco). Ahí tenemos al pobre Mojo, contemplando cómo su imperio televisivo se hunde. Los programas han desaparecido. Las cadenas están acabadas. El entretenimiento está muriendo. Es una tragedia espantosa. No para la humanidad, claro. Para Mojo.

La genialidad de Duggan y Hickman consiste en entender que Mojo siempre ha sido una sátira de la industria del entretenimiento llevada hasta sus consecuencias más grotescas. Cada vez que aparece nos recuerda que el verdadero monstruo no es él. El verdadero monstruo es la audiencia. Nosotros. Los espectadores. Los que seguimos mirando. Y por supuesto la solución de Mojo al problema es exactamente la que cualquiera esperaría de un productor sin escrúpulos: crear un programa todavía más salvaje. Porque cuando la televisión convencional fracasa sólo queda una opción lógica. Más violencia. Más sangre. Más Sexo. Más drama. Más manipulación. Más audiencia (Os suena el programa ese de una isla con gente copulando en cualquier esquina)

La historia convierte todo el evento en un enorme reality show donde un grupo de personajes son lanzados a una competición absurda diseñada para entretener a las masas. La gracia está en que nadie parece especialmente sorprendido por ello. En el Universo Marvel pueden aceptarse invasiones alienígenas, dioses nórdicos, clones, universos paralelos y ardillas que derrotan villanos cósmicos. Un concurso mortal organizado por un psicópata interdimensional apenas entra en el top diez de rarezas de la semana. Lo mejor es la selección de concursantes. Porque alguien decidió que Simon Williams (El Hombre Maravilla), Gata Infernal, Bishop, El Rino, Kraven(sin pelo) y compañía eran exactamente las estrellas que necesitaba este experimento televisivo. Es como si un ejecutivo hubiera vaciado una caja llena de figuras Marvel sobre una mesa y hubiera dicho. Perfecto. Que salgan estos. Y milagrosamente funciona.

Cada personaje aporta algo distinto al caos general. Algunos intentan sobrevivir. Otros intentan mantener cierta dignidad. Otros parecen aceptar que forman parte de una enorme broma cósmica. Todos acaban atrapados dentro de un espectáculo que existe únicamente para generar titulares. Lo fascinante es que la serie no se limita a presentar acción y chistes. También aprovecha para lanzar pequeñas puñaladas al mundo moderno. Las votaciones del público, la obsesión por los índices de audiencia, las polémicas fabricadas, la necesidad constante de crear contenido viral. Todo parece exagerado hasta niveles absurdos. Aunque, siendo sinceros, cada vez resulta más difícil distinguir entre una sátira de Mojo y ciertas estrategias reales de marketing.  Hay momentos en los que uno piensa: “Esto es una crítica brutal de nuestra cultura mediática.” Y dos páginas después aparece un bebé mutante haciendo algo completamente ridículo y vuelves a recordar que estás leyendo una historia donde el sentido común fue ejecutado hace mucho tiempo.

En el aspecto gráfico, Alan Robinson realiza un trabajo magnífico porque comprende algo fundamental. Una historia protagonizada por Mojo no puede ser tímida. Todo tiene que ser excesivo. Todo tiene que ser llamativo. Todo tiene que parecer un anuncio publicitario que consume sustancias ilegales. Los personajes resultan expresivos, las escenas de acción tienen energía y cada página transmite la sensación de que cualquier cosa puede ocurrir. Y normalmente ocurre. Especialmente brillante es la representación de Mojo. Cada vez que aparece parece una mezcla entre un magnate tecnológico, un productor televisivo, un vendedor de coches usados y una pesadilla digestiva. Es imposible apartar la vista de él. Lo cual, seguramente, es exactamente lo que quiere. El trabajo del color también merece reconocimiento. Yen Nitro, Carlos López, Mattia Iacono y Antonio Fabela consiguen que todo explote sin convertirse en un caos ilegible. Hay colores vibrantes, contrastes agresivos y una energía constante que encaja perfectamente con la naturaleza delirante de la historia.

Entonces llegamos a la gran pregunta. ¿Es importante Longshots?. Pues depende. Si por importante entendemos una obra destinada a redefinir el Universo Marvel, probablemente no. Si hablamos de una historia que transformará para siempre a los personajes implicados, tampoco. Si buscamos el próximo Watchmen, definitivamente no. Pero si hablamos de una miniserie que entiende perfectamente lo ridículo de su propuesta y decide explotarlo hasta las últimas consecuencias, entonces sí. Muy importante. Porque existe una virtud infravalorada en los cómics de superhéroes: la capacidad de entretener. Parece una obviedad, pero no lo es.

La edición de Panini Comics mantiene el formato habitual de los tomitos vinculados a los grandes eventos mutantes actuales. Como suele ocurrir con este tipo de recopilatorios de evento, el volumen incluye los tres números de la miniserie estadounidense de forma íntegra y con una lectura muy fluida, permitiendo disfrutar la historia de una sentada, que probablemente sea la mejor manera de acercarse a ella. Al tratarse de una obra tan frenética y gamberra, la recopilación en un único tomo juega claramente a su favor.

A veces los eventos se vuelven tan solemnes, tan trascendentales y tan obsesionados con su propia importancia que olvidan algo fundamental: los lectores también quieren divertirse. Con este tomo de «Longshots» uno se divierte muchísimo. Es un tomo pequeño, directo y perfectamente adaptado al espíritu de una historia que nunca tuvo intención de ser solemne y que parece diseñado para disfrutarse con una sonrisa entre divertida y preocupada, exactamente la misma expresión que probablemente tendría cualquier espectador atrapado en uno de los programas de Mojo donde aparece cualquiera menos la creación de Ann Nocenti y Arthur Adams al cual no pueden pagar su caché.

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