Este tebeo que tengo hoy entre manos juega en una liga muy diferente al resto. Lo de las explicaciones sencillas se lo dejamos a otros que tengan más tiempo libre. Este Marvel Premiere de «D.I.O.S.E.S.», te recibe con una sonrisa educada, te lanza un diccionario de cosmología a la cara, te empuja por un portal dimensional y desaparece mientras murmura algo sobre la naturaleza metafísica de la realidad. Y claro, detrás de semejante idea sólo podía estar Jonathan Hickman.

Si hay algo que caracteriza al guionista estadounidense es su incapacidad genética para escribir algo sencillo. Otros autores se levantan por la mañana pensando en héroes, villanos y aventuras. Hickman se despierta preguntándose cómo funcionaría una burocracia interdimensional encargada de gestionar las leyes fundamentales del universo mientras dos entidades abstractas mantienen una guerra fría que lleva miles de millones de años desarrollándose fuera de nuestra comprensión. Lo preocupante es que luego consigue que eso resulte interesante.
D.I.O.S.E.S. nace como uno de esos proyectos que Marvel anuncia con fanfarria, trompetas y promesas de que estamos ante «el próximo gran concepto«. Una frase que los lectores veteranos ya interpretamos como quien escucha a un vendedor de coches usados decir que el vehículo sólo ha tenido un dueño y jamás ha sufrido un accidente. Porque sabemos cómo funciona esto. Cada pocos años “la casa de las ideas” intenta crear una nueva pieza fundamental para su cosmología. Algo que parezca enorme. Algo que cambie las reglas. Algo que genere quinientos vídeos en YouTube explicando su importancia. Y normalmente esas ideas duran lo mismo que un helado en agosto. Sin embargo, D.I.O.S.E.S. tiene algo especial desde la primera página. Probablemente porque Hickman no intenta vendernos una historia. Intenta vendernos un universo. Mejor dicho, una parte del universo Marvel que aparentemente llevaba décadas escondida detrás de una cortina esperando a que alguien decidiera encender las luces.

Así conocemos a Ser Reddwyn Señor de las Tierras Altas, Raiz del Mundo, Sal de la Tierra, Avatar de los Poderes Facticos (Wyn para los amigos) y a Aiko Maki, miembro destacada del Orden Natural de Todo. Dos nombres que ya dejan claro que estamos entrando en territorio Hickman. Aquí no hay organizaciones con nombres sencillos como Los Vengadores o Los Cuatro Fantásticos. Aquí todo tiene que sonar como si hubiera sido escrito en una tablilla sagrada bajo una pirámide encontrado por Mulder y Scully. Lo curioso es que la relación entre ambos funciona sorprendentemente bien. Porque detrás de toda la terminología imposible, los conceptos abstractos y las guerras cósmicas encontramos algo tan antiguo como la literatura misma: dos personas atrapadas por fuerzas más grandes que ellas. Es casi una historia de amor.
Una historia de amor escrita por alguien incapaz de escribir una historia de amor sin incluir entidades cósmicas, dimensiones imposibles y discusiones sobre la estructura secreta de la existencia. Pero una historia de amor, al fin y al cabo. Y eso ayuda mucho. Porque si algo suele ocurrir en las obras de Hickman es que los personajes terminan convertidos en meros vehículos para transportar conceptos gigantescos. Aquí sucede un poco también, no nos vamos a engañar. Pero Wyn y Aiko poseen suficiente carisma como para evitar desaparecer completamente bajo el peso de las ideas de su creador. Y vaya peso.

Porque D.I.O.S.E.S. es posiblemente uno de los cómics más descaradamente explosivos que Hickman ha escrito jamás. Cada número introduce nuevos conceptos. Cada capítulo amplía la escala. Cada conversación parece esconder tres significados diferentes. Y cada vez que crees haber entendido las reglas del juego, aparece una entidad nueva para explicarte que en realidad sólo estabas viendo una pequeña parte del tablero. Es una lectura fascinante. Y agotadora. Sobre todo, agotadora. Porque Hickman tiene una fe absoluta en sus lectores. Una fe que resulta admirable y ligeramente preocupante. Él no explica demasiado. No simplifica. No repite información para asegurarse de que todo el mundo sigue el ritmo. Simplemente asume que estás prestando atención. Toda la atención. La misma atención que pondrías si estuvieras intentando desactivar una bomba nuclear o interpretar una cláusula hipotecaria redactada por abogados especialmente malvados. Y eso convierte la lectura en una experiencia peculiar.
No porque sea imposible de entender, sino porque exige una atención absoluta. Aquí no existe la lectura relajada de antes de dormir. No puedes distraerte mirando el móvil durante dos minutos y volver a la página donde lo dejaste. Si lo haces, probablemente te encontrarás con una entidad abstracta explicando el funcionamiento oculto de la realidad mediante metáforas que parecen extraídas de una conferencia impartida por un matemático bajo los efectos de sustancias poco recomendables. Y sin embargo sigues leyendo. Porque Hickman posee una habilidad extraordinaria para hacer que incluso las ideas más complejas resulten fascinantes. Da igual que no entiendas cada detalle. Da igual que algunas explicaciones parezcan escritas para personas con varios doctorados. Siempre existe la sensación de que detrás de cada diálogo hay algo importante. Algo gigantesco. Algo que merece la pena descubrir.

El problema es que esa misma fascinación termina jugando en contra de la obra. Cuanto más avanzas, más evidente resulta que D.I.O.S.E.S. no tiene estructura de miniserie. Tiene estructura de proyecto gigantesco. Todo en ella transmite la sensación de ser una introducción. Un prólogo glorificado. Una presentación de personajes, conceptos y escenarios destinados a desarrollarse durante años. Las organizaciones apenas empiezan a mostrar sus secretos. Los secundarios aparecen como si fueran a convertirse en piezas fundamentales del tablero. Los conflictos parecen estar calentando motores. Y entonces llega el final. Un final que no es malo. Pero tampoco es satisfactorio. Es simplemente un final que parece llegar demasiado pronto. Como si alguien hubiera desconectado la maquinaria justo cuando empezaba a funcionar a pleno rendimiento.
Mientras Hickman levanta castillos conceptuales imposibles, Valerio Schiti se dedica a demostrar por qué se ha convertido en uno de los artistas más importantes de Marvel. Lo suyo aquí es una exhibición constante. Cada número parece una competición consigo mismo para ver cuántas imágenes espectaculares puede dibujar antes de llegar a la última página. Las escenas de magia, las manifestaciones cósmicas, los paisajes imposibles y las entidades abstractas adquieren una fuerza impresionante gracias a unos lápices que parecen no conocer límites. A ello se suma el trabajo de Marte Gracia y Fer Sifuentes-Sujo, cuyo color convierte muchas páginas en auténticos festivales. Hay momentos donde la historia casi pasa a un segundo plano porque resulta imposible apartar la vista de determinadas composiciones. Es el tipo de apartado gráfico que obliga a detenerse varios segundos en una página simplemente para admirar todos sus detalles. De hecho, si algo sostiene constantemente a D.I.O.S.E.S. cuando su ambición amenaza con devorar la trama, es precisamente su espectacular dibujo. Porque incluso cuando no tienes completamente claro qué está ocurriendo, siempre sabes que está ocurriendo algo impresionante.

La edición Marvel Premiere de Panini Comics recopila los ocho números originales con traducción de Uriel López, en un tomo de 272 páginas que además incluye una galería de portadas alternativas realizadas por Skottie Young, Mahmud Asrar, Adam Kubert, Ema Lupacchino o Salvador Larroca entre otros. Al final, este tomo de Marvel Premiere llamado «D.I.O.S.E.S.» deja una sensación extraña. No parece una historia terminada. Tampoco parece una historia inacabada. Es más bien el esqueleto de algo enorme. Una demostración de potencial. Una colección que constantemente insinúa maravillas futuras que nunca llegan a desarrollarse por completo. Y quizá por eso resulta tan fascinante. Porque incluso con todas sus limitaciones, con todos sus cabos sueltos y con todas las preguntas sin respuesta, sigue siendo una de las propuestas más imaginativas y atrevidas que Marvel ha publicado en los últimos años. Jonathan Hickman vuelve a hacer lo que mejor sabe hacer. Construir un universo tan gigantesco que apenas podemos contemplar una pequeña parte de él. La diferencia es que esta vez el arquitecto parece haberse quedado sin tiempo para terminar la obra. Aun así, el edificio inacabado sigue siendo más interesante que muchos rascacielos perfectamente terminados.
