Si alguien pensaba que el Doctor Extraño iba a volver de su particular excursión por la muerte, la resurrección y el drama místico con aire solemne, barba bien peinada y ganas de retirarse a meditar en paz, claramente no conoce a Jed MacKay. Aquí no hay retiro espiritual, hay reincorporación laboral directa al caos universal con contrato indefinido y sin posibilidad de baja médica. Este primer Marvel Premiere del «Doctor Extraño de Jed MacKay» publicado por Panini Cómics es básicamente lo que pasa cuando decides “volver a la normalidad” en un universo donde la normalidad consiste en que alguien está asesinando magos por diversión.

MacKay, que ya venía demostrando que es de esos guionistas que no escriben personajes sino que los interrogan hasta que confiesan su esencia, coge a Stephen Extraño y lo coloca en una situación deliciosa. El regreso del gran hechicero justo a tiempo para darse cuenta de que su vida personal es ahora una mezcla entre drama romántico, reunión familiar infernal y episodio de comedia sobrenatural. Porque sí, el Doctor vuelve, pero Clea no solo no se ha ido, sino que ha decidido que el concepto de “equilibrio de poder en la pareja” es algo que se negocia con hechizos y mirada intimidante. Y funciona tan bien que da miedo.
Aquí lo más divertido es que la serie podría haberse quedado en el festival dedicado al aficionado loco de lo mágico. Y eso que material hay, porque Marvel Comics tiene 60 años de magos raros, demonios con nombres impronunciables y artefactos que probablemente deberían estar asegurados. Pero MacKay decide usar todo eso como excusa para contar algo mucho más terrenal: Stephen intentando recuperar su vida mientras el universo le pone deberes, su pareja le corrige la sintaxis emocional y su entorno le recuerda que la palabra “tranquilidad” en su caso es un chiste cruel.

El resultado es una mezcla bastante irresistible de intriga mística y comedia involuntaria con mala leche elegante. Hay asesinatos de usuarios de magia, conspiraciones arcanas y amenazas dimensionales, sí, pero también hay cenas familiares que deberían considerarse eventos de nivel apocalíptico, conversaciones con entidades infernales que suenan sospechosamente a terapia de pareja mal gestionada y esa sensación constante de que Stephen Extraño no ha vuelto a su vida. Ha vuelto a su puesto de trabajo en una empresa donde el jefe es el multiverso y nunca aprueba vacaciones.
En medio de todo esto, Clea no es acompañante ni secundaria: es prácticamente la persona que lleva la contabilidad del caos. Su dinámica con Stephen es de lo mejor del tomo, porque no suena a “pareja de superhéroes diciendo frases épicas”, sino a dos personas que se quieren, se conocen demasiado bien y, aun así, siguen discutiendo como si cada conversación pudiera acabar en invocación demoníaca o divorcio interdimensional. Y a veces ambas cosas a la vez.

Wong, por su parte, directamente ha ascendido a categoría de superviviente profesional. Entre la Agencia D.A.M.N., los encargos mágicos y el hecho de que el Sanctum Sanctorum funciona como una casa con actividad paranormal constante, su papel es el de ese trabajador imprescindible que sostiene todo mientras mira a cámara como diciendo “esto no estaba en la descripción del puesto”. Básicamente, el verdadero hechicero supremo del sentido común.
A nivel gráfico, el tomo también juega a varias bandas. Andy MacDonald aporta claridad y estabilidad, como si alguien hubiera decidido que la magia también necesita planos bien dibujados para no perderse. Pasqual Ferry, en cambio, entra con su estilo más suelto, casi etéreo, que a veces parece que está dibujando dimensiones mientras estas se están inventando a sí mismas. Y el color, con nombres como Matt Hollingsworth, Heather Moore, Fernando Cifuentes, Kike Díaz e Ian Herring, convierte todo en un espectáculo visual donde cada hechizo parece tener su propio estado emocional.

La edición de Panini como siempre en su línea habitual. Incluye los cinco primeros números con traducción de Gonzalo Quesada, una introducción de Raúl López y multitud de portadas como las de Alex Ross, Marcos Martin o Dustin Nguyen. Como colofón tenemos una entrevista a Pascual Ferry explicando su labor en la serie y como fue su trabajo.
Al final pese al tono juguetón y a ese aire de comedia familiar mística en la que cualquier visita puede acabar en catástrofe dimensional, la serie no es ligera en el mal sentido. Hay estructura, hay misterio y hay una sensación clara de que algo importante se está cocinando bajo toda esta capa de sarcasmo arcano. MacKay sabe perfectamente que el Doctor Extraño funciona mejor cuando no es solo el mago poderoso, sino el hombre que intenta mantener algo parecido a una vida mientras el universo le recuerda constantemente que eso es opcional. Así que sí, este tomo es divertido, ágil y bastante irónico, pero también es un recordatorio de que el regreso del Doctor Extraño no significa paz, sino reincorporación inmediata a un trabajo donde los problemas nunca se acaban, solo cambian de forma. Y lo mejor es que él parece ser perfectamente consciente de ello… aunque siga aceptando el puesto como si no tuviera otra opción. Que, sinceramente, probablemente no la tenga. Por eso dan ganas de seguir viendo las aventuras y desventuras de nuestro querido hechicero supremo en los siguientes tomos.
