La era de revelación: Binaria. Consumida por el fuego

Hay una cosa muy bonita que hace Marvel cada cierto tiempo. Coger a un personaje inestable, darle poderes equivalentes a un accidente nuclear y luego preguntarse por qué todo acaba convirtiéndose en una crisis ética gigantesca. «La Era de Revelación: Binaria» continúa esa tradición con un entusiasmo francamente conmovedor. Porque aquí tenemos a Carol Danvers poseída por la Fuerza Fénix, convertida en una especie de diosa cósmica de fuego y culpa, encerrando a toda su ciudad dentro de una barrera energética “por su seguridad”. Y claro, la gente empieza a molestarse un poco. Qué desagradecidos.

El tomo entra de lleno en ese maravilloso género superheroico que podríamos llamar “dictadura luminosa con trauma emocional”. Carol cree sinceramente que está salvando vidas. El problema es que, cuando alguien puede atravesar galaxias y lanzar llamaradas capaces de partir continentes, la línea entre protectora y vigilante cósmica empieza a ponerse un poco borrosa. Muy fina. Papel de fumar prácticamente.

La premisa ya es absolutamente delirante en el mejor sentido posible. El Virus-X ha devastado el mundo, Jean Grey ha muerto (otra vez), porque Jean Grey lleva décadas usando la muerte como quien se toma un año sabático y la Fuerza Fénix ha decidido instalarse en Carol Danvers. Así nace Binaria, una entidad cósmica con suficiente energía como para alimentar una pequeña galaxia y suficiente ansiedad como para necesitar treinta años de terapia intensiva. Carol, intentando evitar que el virus destruya también su pueblo natal, crea una gigantesca barrera protectora alrededor de la ciudad. Una burbuja de seguridad total. Nadie entra. Nadie sale. Todo muy sano y equilibrado. Han pasado diez años y, sorprendentemente, los habitantes empiezan a sospechar que vivir atrapados bajo vigilancia de una semidiosa espacial quizá no era exactamente el futuro utópico prometido. El cómic entero funciona alrededor de esa idea maravillosa. Carol se ha convertido accidentalmente en el peor tipo de madre helicóptero imaginable. Una madre helicóptero nuclear.

Ahí es donde Stephanie Phillips demuestra que entiende muy bien cómo funcionan los personajes rotos de Marvel. Porque Carol no es una villana. Ni siquiera se acerca realmente a serlo. Lo interesante es que está convencida de que hace lo correcto y puede que incluso tenga razón. El Virus-X es real. El peligro existe. La amenaza está ahí fuera. Pero eso no elimina la incomodidad brutal de ver a una superheroína todopoderosa decidiendo unilateralmente cómo debe vivir una comunidad entera. Es una idea fantástica porque convierte a Carol en algo mucho más inquietante que un monstruo tradicional. Alguien bienintencionado con demasiado poder y demasiado miedo a fracasar. Y eso da bastante más miedo que Galactus o que Donald Trump si nos acercamos más a la realidad.

Phillips escribe a Carol desde el agotamiento absoluto. Cada diálogo suyo parece el pensamiento interno de alguien que lleva años sosteniendo un edificio en llamas con las manos desnudas mientras todos le gritan que lo está haciendo mal. La pobre mujer tiene encima el legado de Jean Grey, la responsabilidad de la Fuerza Fénix, el peso de salvar vidas y además una rebelión vecinal creciendo bajo sus pies. Básicamente vive dentro de una reunión de vecinos con una mala ostia de aúpa.

La gracia del cómic es que nadie tiene del todo razón. Carol protege, sí, pero también asfixia. Los ciudadanos quieren libertad, sí, pero también parecen dispuestos a hacer explotar media ciudad simplemente porque ya no soportan vivir bajo control. Todo está lleno de resentimiento acumulado, paranoia y tensión moral. Y eso funciona muchísimo mejor que si el cómic hubiese optado simplemente por “Carol buena, rebeldes malos” o al revés. Aquí todos están cansados. Todos están frustrados. Y todos parecen a dos frases de cometer una barbaridad irreversible. Maravilloso. Además, el cómic tiene esa energía tan propia de los eventos mutantes modernos donde cualquier conversación íntima puede convertirse de repente en una explosión cósmica de veinte páginas. Una señora habla de libertad y, tres viñetas después, tienes a Carol atravesando el cielo envuelta en fuego espacial como una estrella del Pop fugándose de Hacienda.

Gráficamente, Giada Belviso se entrega al caos con una alegría admirable. El dibujo no conoce el significado de la palabra “moderación”. Cada aparición de Binaria parece diseñada para que el lector piense: “creo que esta mujer podría destruir accidentalmente el sistema solar mientras intenta preparar café”. Y honestamente, probablemente podría. Belviso entiende perfectamente algo fundamental sobre Carol Danvers. Cuanto más poderosa es, más pequeña parece emocionalmente. Hay una contradicción constante entre el tamaño descomunal de su poder y lo profundamente sola que está. El dibujo juega muchísimo con eso. Binaria aparece gigantesca, radiante, casi divina pero también agotada, triste y completamente aislada del resto del mundo. Pero lo mejor del dibujo es cómo Belviso sabe detenerse cuando hace falta. Los primeros planos son especialmente buenos. Carol transmite agotamiento incluso cuando está literalmente brillando como un reactor interestelar. Hay momentos donde parece una santa cansada de escuchar plegarias. Rachelle Rosenberg, al color, directamente decide convertir cada página en una agresión lumínica de primer nivel. Y funciona de maravilla. Los efectos de luz son espectaculares. Todo tiene una intensidad exagerada, casi enfermiza. Los colores del Fénix dominan constantemente la página como si el cómic entero estuviera a punto de incendiarse. Hay escenas donde uno no sabe si está leyendo un tebeo o mirando el interior de una estrella moribunda. Y sinceramente, eso le da muchísima personalidad a la serie.

La relación entre Carol y el Fénix está muy bien planteada porque nunca sabes del todo cuánto de las decisiones extremas pertenece realmente a Carol y cuánto proviene de esa influencia constante. Hay una tensión psicológica interesante ahí. La sensación de que Carol está perdiendo lentamente la capacidad de distinguir entre responsabilidad y obsesión. Eso sí, el cómic también tiene ese maravilloso dramatismo mutante que convierte cada problema en EL CONFLICTO MÁS IMPORTANTE DE LA HISTORIA DEL UNIVERSO. Y claro, eso provoca momentos involuntariamente divertidos. Hay personajes hablando de libertad civil mientras detrás explotan constelaciones enteras. La escala siempre está al once. Pero en lugar de perjudicar la historia, le da un encanto enorme.

La edición de Panini Comics como en tomitos anteriores es un formato correcto. Incluye los tres números americanos de la serie con traducción de Uriel López, además de ofrecer multitud de portadas alternativas realizadas por Rickie Yagawa, Francesco Mobili o David Nakayama entre otros. En conjunto, «La Era de Revelación: Binaria» es una pequeña rareza muy entretenida dentro del caos mutante actual. Tiene acción, dilemas morales, trauma superheroico, paranoia colectiva y una Carol Danvers cada vez más cerca de convertirse en una mezcla entre salvadora mesiánica y guardia de seguridad universal con depresión acumulada. Y con un final que es mejor no desvelar, pero lo más seguro es que tenga tanto detractores como defensores. Y lo mejor es que el cómic sabe perfectamente lo incómodo que resulta todo eso. Porque al final la gran tragedia de Carol no es tener el poder de una estrella. Es pensar que puede salvar a todo el mundo sin terminar quemándose ella primero.

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