Hay cómics que nacen para ser legendarios. Otros nacen para ser olvidados discretamente en una caja de saldo entre manuales de jardinería y DVDs de series canceladas. Luego está este tomo de Marvel Héroes de «Los 4 Fantásticos: El sueño ha muerto», que pertenece a esa categoría absolutamente maravillosa de obra que no sabes si recomendar, estudiar en una universidad o utilizar como prueba en un juicio contra las injerencias editoriales. Porque esto no es solo un tomo de Los 4 Fantásticos. Esto es un accidente narrativo donde uno puede contemplar cómo un guionista pasa lentamente de “voy a revolucionar esta colección” a “por favor, que alguien me saque de aquí”. Y lo más bonito es que todo ocurre delante del lector, sin filtros, sin maquillaje y prácticamente sin dignidad.

La etapa final de Steve Englehart tiene algo profundamente entrañable porque parece escrita por alguien que todavía cree en sus ideas mientras el universo entero conspira para aplastarlas. El hombre llegó a Los 4 Fantásticos con ganas de cambiar cosas de verdad. No pequeños retoques cosméticos. No el típico “vamos a oscurecer un poco al personaje para que parezca más adulto”. No. Englehart quería desmontar dinámicas, alterar relaciones y convertir a la Primera Familia Marvel en algo menos rígido y mucho más extraño emocionalmente. Y durante un rato lo consiguió.
Ben Grimm como líder tenía personalidad. Sharon Ventura aportaba una tensión emocional bastante incómoda para la época. Johnny Storm parecía un ser humano funcional durante intervalos de tiempo superiores a tres páginas. Reed y Sue salían del grupo y por primera vez en mucho tiempo daba la sensación de que el universo Marvel estaba permitiendo cambios reales. Entonces Marvel recordó que era Marvel. Y comenzó el festival. Porque este tomo tiene la energía exacta de una serie donde cada decisión creativa importante fue recibida por la editorial con el mismo entusiasmo que un gato recibe un baño. Poco a poco todo empieza a desmontarse. Reed y Sue vuelven. Las ideas más raras se diluyen. Los cambios pierden peso. Y Englehart comienza a escribir con la misma mirada espiritual que tendría alguien obligado a montar un mueble mientras escucha instrucciones contradictorias de ocho personas distintas. El resultado es gloriosamente caótico.

Aquí aparecen villanos como si alguien hubiese abierto accidentalmente una puerta giratoria en la Zona Negativa. Está Kang. Está Gravitón. Están Los Cuatro Terribles. Está Aron. Está el Hombre Dragón. Hay tantos enemigos entrando y saliendo que por momentos parece que el Edificio Baxter esté organizando unas jornadas de puertas abiertas para psicópatas con capa. Lo mejor es que ninguna de esas amenazas consigue ocultar la sensación permanente de agotamiento. Todo avanza como un coche perdiendo piezas por la autopista mientras el conductor insiste en que el viaje sigue bajo control. Las historias se atropellan unas a otras. Las ideas aparecen y desaparecen. Los personajes reaccionan a cosas absurdas con una naturalidad inquietante. Hay números donde parece que el guionista todavía intenta luchar por mantener cierta coherencia y otros donde directamente transmite la energía mental de alguien escribiendo mientras mira fijamente una pared. Pero ahí está precisamente la magia enfermiza del tomo. Porque no puedes dejar de mirar.
Especialmente cuando llega la famosa saga de “El sueño ha muerto”, que probablemente sea el título más sinceramente autobiográfico que ha tenido Marvel sin darse cuenta. La premisa ya es un poema involuntario sobre el estado de la colección. Los verdaderos 4 Fantásticos quedan atrapados mientras unos sustitutos ocupan su lugar y ellos viven una serie de sueños extraños llenos de posibilidades, paranoias y futuros alternativos. O dicho de otro modo: Englehart convierte las historias que Marvel no le dejó contar en sueños metafóricos protagonizados por personajes atrapados y reemplazados por versiones falsas de sí mismos. Eso no es una indirecta. Eso es un secuestro con metáforas. Y funciona sorprendentemente bien precisamente porque resulta incómodo. Leyendo esos capítulos da la sensación de estar viendo a un autor intentar procesar públicamente su frustración editorial dentro del propio cómic. Los clones representan la versión domesticada del grupo. Los sueños son las auténticas historias que quería desarrollar. Y mientras tanto el lector está ahí, atrapado en mitad de esa crisis existencial superheroica, observando cómo la colección intenta desesperadamente seguir siendo una aventura cósmica tradicional. Hay algo casi poético en el desastre. Además, Englehart no se conforma con sufrir en silencio. No. El hombre acaba apareciendo dentro del propio cómic con el seudónimo que escribe el tebeo como John Harkness, rompiendo la cuarta pared con una energía que mezcla disculpa pública, agotamiento espiritual y “de verdad que he hecho lo que he podido”. Es uno de esos momentos donde la ficción y la realidad se pisan tanto que uno ya no sabe si está leyendo una historia de superhéroes o asistiendo a un grupo de terapia creativa. Y sinceramente, es maravilloso. Porque este tomo jamás resulta aburrido. Confuso, sí. Irregular, muchísimo. A ratos completamente absurdo, desde luego. Pero aburrido nunca. Siempre está pasando algo extraño. Siempre aparece una decisión narrativa que obliga a levantar una ceja. Siempre existe esa sensación de que el cómic está a una sola página de colapsar completamente sobre sí mismo.

En el aspecto gráfico, la situación tampoco ayuda precisamente a mantener el equilibrio mental. Ron Lim intenta sostener la dignidad superheroica clásica con solvencia. Keith Pollard mantiene el tipo como puede. Rich Buckler aparece dispuesto a recordarnos que los ochenta fueron una época donde la anatomía humana era más una sugerencia que una norma. El problema es la irregularidad. Hay páginas estupendas y otras donde los personajes parecen dibujados después de una noche especialmente larga. Reed Richards cambia tanto entre artistas que uno sospecha que sus poderes elásticos afectan también a la estructura ósea. Ben Grimm pasa de parecer una montaña de roca viviente a un señor muy enfadado cubierto de galletas integrales. Y Johnny Storm tiene expresiones faciales que transmiten exactamente el mismo desconcierto que siente el lector. Pero entonces sucede algo extraordinario.
Aparece “Triunfo y Tormento” (Doctor Strange and Doctor Doom: Triumph and Torment) y el tomo entero cambia de dimensión. Porque incluir esta historia aquí es directamente jugar sucio. De repente todo mejora. El tono se vuelve solemne. Los diálogos tienen peso. La atmósfera se vuelve oscura y elegante. Y Mike Mignola entra como si hubiese descendido de una montaña gótica para recordarle al resto del tomo cómo se hace arte de verdad. La diferencia es tan brutal que casi resulta ofensiva. Roger Stern construye una historia fantástica alrededor del Doctor Muerte intentando rescatar el alma de su madre del infierno junto al Doctor Extraño, mientras Mignola dibuja páginas que parecen grabados satánicos iluminados por relámpagos. Todo tiene fuerza. Todo tiene personalidad. Todo respira grandeza. Y claro, después de eso volver a los clones raros y las pesadillas metafóricas de Englehart resulta complicado. Pero curiosamente esa mezcla imposible es lo que termina haciendo fascinante este volumen.

La edición por parte de Panini Comics incluye los números Fantastic Four 321-333, Annual 22 y Marvel Graphic Novel: Doctor Strange and Doctor Doom – Triumph and Torment con traducción de Rafael Marín. Además de lo dicho anteriormente tenemos el cruce de la serie con el evento de Atlantis Ataca creado por Mark Gruenwald y Tom Morgan, además de la introducción de Pedro Monje y varios extras al final del tomo con portadas y artículos relacionados con Triunfo y Tormento.
En el fondo, «Los 4 Fantásticos: El sueño ha muerto» termina siendo exactamente lo que promete su título. La historia de un sueño creativo destruido lentamente por las inercias editoriales. Pero también es la prueba de que incluso los fracasos más accidentados pueden resultar fascinantes cuando detrás hay autores con talento intentando sobrevivir al caos. No es un gran tomo de Los 4 Fantásticos. Es algo mucho más extraño. Es Marvel enseñando accidentalmente las tripas de su maquinaria mientras un guionista exhausto intenta convertir el desastre en ficción superheroica. Y sinceramente, cuesta muchísimo apartar la mirada.
