Los nuevos Vengadores 2: un kaiju con problemas de ira

Marvel lleva años intentando convencerte de que ser un Vengador es algo noble, heroico y profundamente inspirador. Este tomo de Los Nuevos Vengadores, en cambio, parece más interesado en demostrar que montar un supergrupo consiste básicamente en juntar a varias personas muy locas y esperar que no incendien el planeta antes del tercer café. Y la verdad: por fin alguien entiende cómo funciona una oficina con muchos compañeros de trabajo. Porque este segundo tomito publicado por Panini Comics con los números 4 a 6 de la serie original arranca con la energía de una despedida de soltero organizada por Lovecraft.  Namor va poseído como si hubiera descubierto los comentarios de Twitter sobre Atlantis, los Killuminati(ya sabes un juego de palabras que tiene lo suyo) campan a sus anchas con nombres que suenan a banda tributo de Slipknot, y Bucky Barnes intenta liderar al equipo con la misma cara que pone un padre cuando escucha un golpe fuerte y sabe perfectamente que los niños han roto algo caro. Lo mejor es que nadie aquí transmite sensación de estabilidad mental. Nadie. Este grupo no parece preparado para salvar el mundo; parece preparado para protagonizar un documental de crímenes perfectos dentro de seis meses. Y ahí está la magia del asunto.

Sam Humphries entiende que el lector moderno no quiere ver héroes perfectos mirando al horizonte mientras suena música épica. Quiere ver a Matanza intentando colaborar socialmente sin comerse a nadie. Quiere ver a Hulk actuando como un compañero de piso tóxico. Quiere ver a Viuda Negra y Soldado de Invierno gestionando sus emociones exactamente igual que dos ex-agentes soviéticos traumatizados: fatal y con mucha tensión sexual incómoda. Mientras tanto, un clon maligno de Reed Richards decide que convertir personas normales en monstruos cósmicos es una actividad perfectamente razonable para ocupar la tarde. Porque claro, en Marvel no existe el concepto de “voy a terapia”. Allí la gente hace clones asesinos y destruye continentes.

La trama principal gira alrededor de Namor, que vuelve a demostrar que nunca ha conocido una situación que no pudiera empeorar con orgullo atlante y violencia descontrolada. El hombre aparece manipulado por su clon oscuro, Imperius Rex, que parece el resultado de cruzar a Godzilla con un culturista que grita en un gimnasio (aunque en muchos momentos recuerda a cierta estrella de mar gigante de la distinguida competencia). Y claro, mientras Namor intenta resistirse al control mental, el resto del grupo trata de sobrevivir sin acabar convertido en pulpa marina. El problema es que estos Nuevos Vengadores tienen menos coordinación que una cena de empresa con barra libre. Bucky Barnes lidera al equipo con la misma energía de un funcionario agotado rellenando formularios un viernes a las siete de la tarde. Viuda Negra vive permanentemente atrapada entre el espionaje, el trauma y las ganas de estrangular a alguien. Hulk aparece cuando le da la gana y con exactamente cero interés en cooperar. Y luego está Matanza, que sigue siendo uno de esos personajes que uno jamás esperaría ver compartiendo equipo con héroes sin que alguien active inmediatamente una alarma nuclear.

Lo fascinante es que Humphries sabe perfectamente lo absurdo que resulta todo esto. La serie jamás intenta fingir profundidad solemne tipo “el peso de la responsabilidad heroica”. Aquí los personajes discuten como compañeros de piso hartos de convivir. Se lanzan pullas, toman malas decisiones y reaccionan al caos con una mezcla de sarcasmo y agotamiento existencial. Y eso hace que el cómic tenga personalidad. Porque sí, la historia es completamente ridícula. Pero es ridícula con confianza. Que es una diferencia importante. Por ejemplo: aparece un clon maligno de Reed Richards llamado Mr. Uroboros que utiliza rayos cósmicos para transformar personas normales en versiones deformes de los 4 Fantásticos. Y nadie parece pensar “quizá esto es demasiado”. Al contrario: el cómic pisa el acelerador y añade todavía más locura encima. Monstruos gigantes. Ciudades al borde del colapso. Castillos mágicos. Traiciones internas. Tensiones sexuales incómodas. Y diálogos rápidos como si todos los personajes hubieran desayunado cafeína líquida.

Humphries escribe esta serie como alguien que creció leyendo Marvel en los noventa y decidió abrazar completamente aquella energía desatada donde todo podía ocurrir. Hay una sensación constante de exceso muy entretenida. El cómic nunca baja revoluciones. Si en una página hay una discusión emocional, en la siguiente probablemente aparezca un monstruo de treinta metros atravesando un edificio. Y sinceramente, funciona mejor de lo que debería.

El gran mérito del guionista es conseguir que el caos tenga ritmo. Porque la colección podría haberse convertido fácilmente en una sopa de conceptos gritándose unos a otros. Pero Humphries logra que cada personaje tenga pequeños momentos para destacar. Especialmente Clea, que se convierte en la MVP absoluta del tomo. Mientras muchos personajes parecen adolescentes emocionales con superpoderes, Clea entra en escena con una mezcla maravillosa de autoridad, sarcasmo y cansancio mágico. Cada vez que aparece parece estar evaluando seriamente si merece la pena salvar este universo de idiotas. Y luego está la relación entre Natasha y Bucky, que tiene toda la energía de dos personas intentando tener una conversación adulta mientras arrastran quince guerras, veinte traumas y tres crisis de identidad. La serie juega muy bien esa tensión incómoda donde nadie parece capaz de expresar emociones normales sin convertirlo todo en espionaje soviético depresivo.

En el aspecto gráfico, Tiago Palma junto con Rain Beredo entiende perfectamente el tipo de cómic que está dibujando. Aquí no venimos a admirar silencios introspectivos mirando la lluvia. Aquí queremos hostias cósmicas, poses exageradas y personajes atravesando paredes a velocidades ilegales. Y Palma cumple. Su estilo tiene un punto clásico muy agradable, casi heredero del Marvel más musculoso y espectacular de los noventa, pero sin caer en el caos visual absoluto de aquella época donde cada viñeta parecía dibujada después de ocho latas de Red Bull. Las escenas de acción funcionan especialmente bien. Namor da auténtico miedo cuando pierde el control, Hulk transmite esa sensación constante de “esto podría empeorar muchísimo en segundos” y Matanza sigue siendo perturbador incluso cuando técnicamente está en el bando bueno. Que ya es decir. Por otro lado, tenemos a Ton Lima que continua con un trazo que acompaña perfectamente a los otros números. Juega mas con la parte sexual entre la Viuda y Bucky haciendo que ciertas escenas se suban de tono en un ambiente muy hostil.

Lo mejor de todo es que la serie nunca se avergüenza de ser entretenimiento puro. No intenta convertirse en una tesis filosófica sobre el heroísmo contemporáneo. No quiere ser “la obra definitiva de los Vengadores”. Lo que quiere es divertirte mientras personajes disfuncionales pelean contra clones monstruosos y se insultan entre sí. Y honestamente, eso tiene muchísimo mérito. Porque a veces “la casa de las ideas” parece obsesionada con demostrar constantemente que sus cómics son “importantes”. Todo tiene que cambiar el universo. Todo debe sentirse trascendental. Todo necesita veinte capas de trauma existencial y una profecía multiversal. Y aquí, aunque hay amenazas enormes, la colección nunca pierde ese tono juguetón de “tranquilo, estamos aquí para pasar un buen rato”. Incluso los villanos resultan entretenidamente excesivos. Imperius Rex no es un enemigo complejo ni filosófico. Es básicamente Namor convertido en una pesadilla anfibia llena de rabia y músculos. Y Mr. Uroboros tiene toda la energía de científico loco de serie B al que alguien dio acceso ilimitado a rayos cósmicos y cero supervisión laboral. Y cuanto más abraza la serie esa locura pulp, mejor funciona.

Por eso, este segundo tomo de Los Nuevos Vengadores no pretende reinventar el género de super héroes. Lo que hace es recordar algo muy sencillo: los cómics de superhéroes deberían ser divertidos. Salvajes. Exagerados. Un poco ridículos. Y tremendamente entretenidos. Aquí hay monstruos gigantes, clones malignos, tensión sexual incómoda, magia, rayos cósmicos, ciudades destruidas y discusiones de grupo dignas de reality show tóxico. Todo mezclado con diálogos rápidos y personajes que parecen estar al borde del colapso emocional constante. Y sinceramente, qué maravilla. Te dejan con ganas de seguir explorando el mundo con este grupo tan variopinto.

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