Mi Familia Gorila: festival de demencia salvaje

La humanidad ha logrado avances impresionantes. Hemos llegado a la Luna, desarrollado inteligencia artificial, creado vacunas, dividido el átomo y aprendido a meter queso dentro de otras comidas que ya llevaban queso. Sin embargo, después de leer «Mi familia gorila»(Gorilla to no Kekkon (ゴリラとの結婚)), uno entiende que quizá todo eso fue un error y que la civilización debió detenerse exactamente antes de que alguien dijera: “¿Y si una mujer se casara con un gorila?”. Porque ahí empezó claramente la decadencia de Occidente y probablemente también la de Japón.

Lo fascinante es que este manga no existe como existiría una obra normal. No. Este tomo parece material recuperado de una escena del crimen cultural. Algo que alguien encontró enterrado bajo una sala recreativa abandonada junto a revistas porno húmedas y cintas VHS de películas italianas prohibidas en varios continentes. Y claro, gracias a los absolutos lunáticos maravillosos de Diábolo Ediciones, ahora podemos leerlo tranquilamente en casa mientras intentamos explicar a nuestra familia por qué aparece un mono gigante en la portada de algo que supuestamente es “literatura”. Porque la primera pregunta que despierta este manga no es “¿de qué trata?”. La primera pregunta es: “¿Cómo demonios convencieron a una editorial japonesa de los años setenta para publicar esto?”. Y la respuesta seguramente sea sencilla: nadie leyó nada. Algún editor agotado vio el título, pensó “ya me da igual todo” y lo mandó a imprenta mientras encendía su decimoséptimo cigarrillo del día. Y gracias al cielo ocurrió.

Porque leer a Ichiro Iijima es como asomarse directamente a la mente de alguien que perdió contacto con la realidad tras inhalar demasiado pegamento viendo maratones de ciencia ficción barata. El hombre no tiene filtro. No tiene miedo. No conoce la moderación. Sus historias avanzan con la misma energía que un camioneta sin frenos descendiendo una montaña envuelta en llamas. Cada relato intenta superar al anterior en niveles de demencia. Uno piensa que la boda con el gorila será el techo del disparate, pero no. Iijima responde inmediatamente con alienígenas gourmets que quieren niños como menú degustación, demonios concediendo deseos sexuales profundamente cuestionables, mujeres congelando amantes en pleno revolcón y criaturas mutantes que parecen diseñadas por un científico cuya licencia médica fue retirada después de atacar a alguien con una anguila. Y las arañas que no se nos olviden las arañas, que cosa más intensa (o repugnante según te pille el día).

Soprendentemente este manga jamás se ríe de sí mismo. Ahí está la verdadera grandeza de esta barbaridad. Hoy una obra así estaría llena de ironía posmoderna, guiños al lector y frases tipo “sí, sabemos que esto es absurdo”. Pero Iijima no. Iijima dibuja todo con la solemnidad de alguien redactando la Constitución japonesa. Para él, un gorila enamorado es drama humano legítimo. Una almeja asesina merece respeto narrativo. Un monstruo sexual bioingenierizado tiene tanto derecho a existir como cualquier protagonista de premio literario europeo. Y unas arañas que se meten por donde no deben son de lo mas normal. Y honestamente, esa convicción absoluta convierte el manga en una experiencia hipnótica. Porque uno empieza leyendo entre risas nerviosas y termina completamente atrapado por el caos. El cerebro deja de luchar. Acepta las reglas de este universo enfermo. Sí, claro, una mujer puede casarse con un gorila. Evidentemente hay extraterrestres con aspecto de pescado mutante obsesionados con comerse niños. Todo encaja. La locura acaba imponiéndose por agotamiento.

En el aspecto gráfico es una cosa rarísima y maravillosa. El dibujo de Iijima mezcla influencias de todo tipo probablemente bajo una presión editorial demencial. Hay páginas espectaculares, llenas de fuerza, con personajes musculosos y expresiones grotescas que parecen salidos de una dimensión paralela con multitud de monstruos a la vuelta de la esquina. Hay páginas que juegan con el delirio sexual, no en plan bonito sino en su manera más sórdida. Son paginas que impresionan incluso a los mas avezados lectores de hentai. También es maravilloso cómo muchas historias terminan de golpe, como si Iijima simplemente se cansara de ellas a mitad de camino y decidiera pasar inmediatamente al siguiente delirio. No hay transiciones elegantes. No hay estructura clásica. Aquí las ideas aparecen, explotan y desaparecen dejando humo y cadáveres detrás. Y precisamente por eso resulta tan adictivo. Porque nunca sabes cuál será la próxima barbaridad. Cada página funciona como una ruleta rusa cultural. ¿Habrá monstruos viscosos? ¿Satanás ofreciendo contratos sospechosos? ¿Sexo mortal? ¿Mutaciones grotescas? La respuesta siempre es sí. A veces todo a la vez.

Eso sí, conviene dejar algo claro. No es un manga para todos los públicos. Hay lectores que abrirán este tomo y sentirán la necesidad inmediata de ducharse con agua bendita. Perfectamente comprensible. Esto es horror underground japonés en estado puro: incómodo, excesivo, sexual, grotesco y orgullosamente enfermizo. Pero quienes disfruten del pulp más desatado encontrarán aquí una pequeña obra maestra del delirio. Una de esas rarezas imposibles que recuerdan que el manga puede ser muchísimo más extraño y salvaje de lo que permiten las estanterías comerciales actuales.

Y ahí vuelve a entrar el mérito brutal de Diábolo Ediciones, que parece haber decidido construir una línea editorial basada en traumatizar alegremente a sus lectores. Primero rescataron La invasión de los hongos del espacio y ahora nos lanzan esta bomba biológica cultural. Honestamente, ya solo falta que publiquen un manga sobre electrodomésticos asesinos adictos al canibalismo para completar la santísima trinidad del “¿pero quién aprobó esto?”. Lo mejor de todo es que, cuando terminas el tomo, no puedes quitártelo de la cabeza. No porque tenga una gran profundidad filosófica ni un mensaje trascendental sobre la condición humana. No. Se queda contigo porque es imposible olvidar algo tan absolutamente desquiciado.

Es el equivalente cultural a ver un coche ardiendo atravesar un supermercado mientras suena música disco. Horrible, sí. Pero también increíblemente difícil de ignorar. Y quizá esa sea la auténtica grandeza de «Mi familia gorila». En una época donde tantísimas obras parecen fabricadas en cadena para ser consumidas y olvidadas inmediatamente, este manga muerde. Deja marca. Se incrusta en el cerebro como una infección maravillosa. Una infección llena de gorilas, arañas, sexo y mogollón de escenas que muy probablemente se repetirán en nuestras pesadillas.

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