Hay dos tipos de lectores mutantes: los que todavía creen que Marvel tiene un plan perfectamente estructurado para la Patrulla X y los que ya hemos visto suficientes resurrecciones, clones, futuros alternativos y mesías mutantes como para saber que aquí todo funciona a base de caos, cafeína editorial y decisiones tomadas probablemente a las tres de la mañana. Por eso, cuando apareció el tomo de «Patrulla-X: La Era de Revelación – Obertura», la reacción inmediata fue la misma que tendría Lobezno si alguien le propusiera asistir a un curso de inteligencia emocional: cansancio, sospecha y ganas de salir corriendo. Porque claro, otro futuro distópico mutante, otra “Era de…”, otra realidad donde alguien decide que la libertad se consigue imponiendo su voluntad a todo el planeta.

Original no parecía precisamente. Más bien sonaba a un remix de la Era de Apocalipsis mezclado con Advenimiento, un chorrito de Pecados de Siniestro y una buena cantidad de trauma colectivo. Vamos, el menú degustación clásico de la franquicia mutante. Y sin embargo, lo irritante del asunto es que el tomito funciona. Pero funciona de verdad. No como esos eventos que prometen “cambiar Marvel para siempre” y acaban olvidados antes de que Panini termine de recopilar los especiales. Aquí hay energía, personalidad y, sobre todo, ganas reales de contar un desastre mutante gigantesco con cierta mala leche.
La premisa ya es puro delirio superheroico marca X-Men. Diez años en el futuro, Doug Ramsey (el antiguo Cifra), aquel mutante cuya habilidad parecía diseñada para ayudar en una oficina de traducción mientras el resto destruía robots asesinos, se ha convertido en Revelación. El heredero de Apocalipsis y líder absoluto de una utopía mutante que ocupa media América. Los Territorios de Revelación se extienden desde el Atlántico hasta el Misisipi, la humanidad ha sido transformada y el sueño mutante aparentemente se ha cumplido. Todo es paz, armonía y evolución. Salvo por esos pequeños detalles sin importancia como el control mental, los virus genocidas y el hecho de que una sola persona pueda decidir el destino de millones de seres vivos como quien reorganiza una estantería del IKEA. O sea, el típico problemilla ético de los martes en la Patrulla X.

Lo más interesante del enfoque de Jed MacKay es que Revelación no se siente como el villano clásico que acaricia gatos mientras planea destruir el mundo. Es mucho peor. Es alguien convencido de que está salvándolo. Cree sinceramente haber construido algo mejor y ahí está precisamente la incomodidad del asunto. Porque durante buena parte del tomo entiendes por qué algunos mutantes lo siguen. La idea de un mundo donde los mutantes ya no son perseguidos suena tentadora incluso aunque venga empaquetada dentro de una dictadura mesiánica con aroma a secta cósmica. Y el cómic juega constantemente con esa ambigüedad. ¿Qué significa realmente la libertad si alguien puede alterar tu voluntad? ¿Sigue siendo una utopía cuando el libre albedrío está colgado de un hilo? Son preguntas bastante densas para un cómic donde Lobezno probablemente esté destripando gente cada cinco páginas, pero precisamente ahí es donde la Patrulla X suele funcionar mejor. Mezclando filosofía política con explosiones mutantes y niveles absurdos de melodrama.
Y hablando de melodrama, Cíclope vuelve a cargar con el peso del universo como el señor más estresado de Marvel. Scott Summers aquí parece un hombre que lleva una década desayunando café frío (sin azúcar), culpa existencial y ataques de ansiedad táctica. Tiene ojeras espirituales. Pero precisamente por eso funciona tan bien. Porque si hay alguien capaz de mirar un futuro gobernado por un semidiós mutante y pensar “todavía podemos arreglar esto”, ése es él. Da igual cuántas veces el universo intente romperle psicológicamente; Scott seguirá ajustándose la visera y organizando planes suicidas con una seriedad admirable. Ese hombre no necesita poderes ópticos. Sobrevive únicamente gracias a la terquedad.

Magneto, por supuesto, mejora automáticamente cualquier escena en la que aparece. Magneto siempre actúa como si ya hubiera leído el final de la historia y estuviera decepcionado con la humanidad desde la página uno. Aquí transmite además una sensación de agotamiento brutal, como alguien que ha sobrevivido a demasiados futuros horribles como para impresionarse ya por otro apocalipsis mutante. Y luego está el resto del reparto, donde el evento se divierte reinventando personajes clásicos de maneras bastante salvajes. Porque ésa es una de las grandes gracias de estas historias: descubrir qué demonios ha pasado con cada personaje en esta línea temporal rota. Algunos cambios funcionan mejor que otros, claro, pero el cómic entiende perfectamente el placer morboso de ver versiones deformadas, cansadas o directamente traumatizadas de héroes conocidos.
El tomo además incluye X-Men: Age of Revelation #0 y World of Revelation, que lejos de sentirse como relleno editorial obligatorio, ayudan bastante a construir este mundo extraño y decadente. El número cero funciona como un enorme escaparate del desastre. Va enseñándote fragmentos del nuevo statu quo mientras siembra suficientes preguntas como para engancharte. Hay algo muy divertido en entrar en un futuro mutante sin entender absolutamente nada y descubrir poco a poco quién sigue vivo, quién se ha roto emocionalmente y quién se ha convertido en una amenaza cósmica con problemas de ego.

Pero donde el tomo realmente se desata es en World of Revelation. Ahí el evento abandona cualquier pretensión de normalidad y se convierte en una antología de tragedias superheroicas premium. Al Ewing entrega una historia en Arakko que parece escrita después de invocar espíritus antiguos en mitad de una tormenta eléctrica. Todo tiene un tono mitológico, solemne y extraño que le da muchísima personalidad al conjunto. Luego llega el relato de Hulkling y Wiccan y Marvel vuelve a recordarte que disfruta emocionalmente destruyendo parejas adorables. Porque sí, el romance aquí duele. Mucho. Y después aparece Franklin Richards convertido en una criatura grotesca y deformada gracias a la historia de Ryan North. Ver al antiguo niño prácticamente omnipotente reducido a un ser roto y sufriente resulta bastante perturbador y añade un tono casi de terror corporal al evento. Todo este futuro parece construido sobre ruinas emocionales.
Gráficamente el tomo acompaña perfectamente esa sensación de decadencia épica. Ryan Stegman está absolutamente desatado. Sus páginas tienen una energía salvaje, agresiva y exagerada que le viene perfecta a esta historia. Revelación aparece como una figura casi divina. Lobezno vuelve a parecer un animal peligroso. Las junglas mutantes parecen decorados sacados de una pesadilla biotecnológica. Todo transmite movimiento, tensión y sensación de catástrofe inminente. Y cuando entran artistas como Humberto Ramos, Agustín Alessio o Jesús Merino, el tomo gana todavía más variedad sin romper la coherencia general. Cada historia tiene personalidad propia, pero todas comparten esa atmósfera de mundo roto donde la esperanza parece existir únicamente porque los mutantes son demasiado tercos para rendirse.

Eso sí, el evento tampoco escapa del todo de algunos vicios modernos de Marvel. Hay momentos donde se nota demasiado la maquinaria editorial preparando futuras colecciones y personajes que parecen aparecer únicamente para que el lector diga “ah, vale, supongo que este tendrá miniserie dentro de poco”. Y sí, algunas ideas recuerdan demasiado a eventos anteriores. Pero honestamente, cuando algo está contado con suficiente energía y convicción, cuesta enfadarse demasiado por ello.
Porque al final «Patrulla-X: La Era de Revelación – Obertura» entiende algo esencial. Los cómics mutantes funcionan mejor cuando abrazan el exceso. Cuando mezclan filosofía barata, futuros horribles, personajes destruidos y rayos láser con absoluta falta de vergüenza. Y este tomo tiene precisamente eso. Es caótico, exagerado, melodramático y tremendamente entretenido. Quizá no alcance la grandeza de las mejores sagas mutantes de la historia, pero logra algo mucho más importante: hacer que quieras seguir leyendo este desastre. Y viendo la cantidad de eventos recientes que uno termina olvidando antes incluso de cerrar la última página, eso ya es casi un milagro genético nivel Omega.
