Piensa que leer la Biblioteca Conan de Conan el Bárbaro número 20, es como si entra en tu casa un rinoceronte con espada, te vuelca el desayuno encima, incendia el horno pirolítico y te grita en la cara: “¿QUÉ ES ESO DE LEER SENTADO COMO UN VENDERDOR DE BRAGAS DE AQUILONIA?”. Porque Conan no entiende el concepto de “lectura relajada”. Conan entiende dos cosas: aplastar enemigos y entrar en ruinas malditas con la misma tranquilidad con la que una persona normal entra al supermercado a comprar pan. Y ahí sigue el cimerio. Décadas después. Más fuerte que la conexión wifi de media España, más bruto que una puerta medieval y con el mismo talento diplomático que Ayuso en un viaje a México. Porque si algo demuestra este tomo es que Conan jamás necesitó evolucionar emocionalmente. Mientras otros héroes modernos pasan siete páginas hablando de sus sentimientos y otras nueve mirando al horizonte bajo la lluvia, Conan entra en escena, agarra un hacha del tamaño de un Fiat Panda y convierte cualquier conflicto político en una carnicería premium.

Este volumen recopila los números 116 al 121 de la mítica serie clásica y trae una combinación absolutamente maravillosa de fantasía salvaje, terror pulp y testosterona dibujada a martillazos. Aquí aterriza J. M. DeMatteis en los guiones, acompañado de nombres como Larry Hama o Len Wein, mientras John Buscema sigue haciendo cosas obscenas con el lápiz y de cerca lo acompaña un tal Neal Adams, que os puede de sonar de algo. Hay dibujantes que hacen personajes musculosos y luego está Buscema, que convierte cada bíceps de Conan en un accidente geográfico. El hombre dibuja espaldas capaces de bloquear la luz solar. Cuando Conan aparece en una viñeta, los secundarios parecen automáticamente gente que ha perdido la batalla contra una alergia fuerte. Y encima lo hace con una naturalidad insultante. Todo fluye. Todo pesa. Todo parece sudar cerveza, barro y sangre.
Las historias entran exactamente en ese territorio glorioso donde el cómic clásico de Conan se sentía cómodo: templos olvidados, criaturas infernales, sacerdotes que claramente no deberían tener acceso a magia antigua y aldeanos que siguen tomando decisiones pésimas como “vamos a despertar a la entidad maldita que duerme bajo la montaña”. Nunca falla. En el universo de Conan, si alguien dice “no deberíamos entrar ahí”, puedes apostar dinero a que Conan va a atravesar la puerta de una patada treinta segundos después. Las historias que incluye el volumen comienza con la historia llamada “Se arrastra entre las brumas” que te da una pista hacia donde se encaminará el relato y como de baboso en el buen sentido de la palabras veremos en las viñetas. Después pasamos al “El valle de la noche eterna” ya tiene nombre de sitio donde te asesinan nada más aparcar el caballo. Pero claro, para Conan eso es básicamente una invitación turística. Y la historia cumple exactamente lo prometido: oscuridad, tensión, amenazas sobrenaturales y ese tono de fantasía macarra que convierte cada aventura en algo entre una epopeya bárbara y una noche muy larga de heavy metal.

Lo divertido es que DeMatteis intenta meter cierta profundidad psicológica en Conan, algo que sobre el papel parece tan absurdo como ponerle un email a un elefante. Pero funciona. Porque bajo toda esa montaña de músculos, espadas y gente siendo lanzada por ventanas, el personaje siempre ha tenido un fondo melancólico y salvaje muy interesante. Conan no es tonto. Solo tiene prioridades muy claras. Y normalmente la prioridad número uno es que nadie le toque demasiado las narices. Luego llega “El precio de la perfección”, que suena a conferencia motivacional impartida por un hechicero estafador, pero acaba derivando en otra de esas historias donde la ambición humana termina provocando horrores indescriptibles. Pasamos de las zonas montañosas a ciertos aspectos cercanos al mundo árabe (vamos; Aladdin con más monstruos y muchos espadazos, para entenderlo fácilmente).
Quizá lo mejor de este volumen sea que no intenta modernizar nada. No pide perdón por ser excesivo. No rebaja su tono. No intenta convertir a Conan en un antihéroe sofisticado lleno de traumas contemporáneos. Aquí el protagonista sigue siendo un animal de guerra con más cicatrices que paciencia y una capacidad sobrenatural para terminar envuelto en maldiciones, conspiraciones y peleas multitudinarias cada vez que intenta descansar cinco minutos. Y sinceramente, bendita sea esa falta de sutileza.

Leer estos cómics sigue teniendo un encanto brutal. Los diálogos son exagerados, las narraciones parecen escritas después de beber hidromiel en cantidades ilegales y cada villano habla como si estuviera haciendo teatro shakespeariano desde una montaña en llamas. Pero funciona precisamente por eso. Tiene personalidad. Tiene alma. Tiene ese sabor añejo del cómic clásico que te hace sentir que estás leyendo algo gigantesco y salvaje, aunque a veces la lógica haya decidido irse de vacaciones.
Además, la edición de Panini Comics viene cargadita de extras, correos y material clásico que convierten el tomo en una pequeña cápsula muy rica de consumir. Con traducción de Joan Josep Mussarra y Gonzalo Quesada, leer las cartas de los aficionados de aquella época es maravilloso. Básicamente porque descubres que los fans de Conan llevan cincuenta años reaccionando exactamente igual: “Conan es increíble”, “Buscema es un dios” y “ojalá yo tuviera esos abdominales”. Vamos las locuras de casi todos los que somos lectores de estas historias tan imposibles.

En definitiva, el tomo 20 de la Biblioteca Conan de Conan el Bárbaro es una barbaridad deliciosa. Un cómic hecho para disfrutar de aventuras salvajes, monstruos imposibles y héroes que solucionan problemas a espadazos mientras la civilización arde alrededor. Puede que no sea fino. Puede que no sea elegante. Pero tampoco lo es un mamut atravesando una taberna, y aun así cuesta muchísimo apartar la mirada. Y Conan sigue ahí. Con cara de pocos amigos, una espada enorme y la firme convicción de que cualquier problema del universo puede resolverse golpeándolo muy fuerte. La verdad, viendo cómo está el mundo igual el cimerio tenía razón.
