El Bárbaro: reinterpretación del cimmerio más famoso

Hay autores que uno sigue por cariño. Otros por respeto. Y luego está Enrique V. Vegas, al que muchos seguimos porque en algún momento de nuestra vida nos enseñó que hacer el cafre también podía ser un arte. Porque sí, detrás de esos cabezones con ojos saltones y expresiones de “me acabo de caer por unas escaleras, pero aún tengo ganas de pelea”, siempre ha habido un dibujante con muchísimo oficio, timing cómico y una devoción absoluta por la cultura popular. Ahora, después de décadas parodiando películas, series y franquicias ajenas, el hombre se marca «El Bárbaro» y decide sacar a pasear su amor por Conan con una sinceridad que dan ganas de abrazarle. Aunque seguramente él preferiría partirte una jarra en la cabeza en una taberna infecta de Aquilonia.

Porque El bárbaro es exactamente eso. El cómic que hace alguien cuando lleva media vida soñando con dibujar espadas gigantes, guerreros musculados, hechiceros siniestros y tipos con taparrabos entrando en castillos como si fueran al supermercado. Y se nota. Se nota muchísimo. Cada página desprende el entusiasmo de un chaval que devoraba tanto tebeos como libros de la creación de Robert E. Howard. Lo más divertido del asunto es que Vegas no intenta disfrazar sus influencias. No hay postureo moderno ni reinterpretaciones sesudas para convencerte de que Conan en realidad era una metáfora sobre la fiscalidad del feudalismo. No. Aquí hay espada y brujería del bueno. De la que huele a sudor, sangre, cerveza caliente y antorchas húmedas. De la que incluye ciudades decadentes, villanos que parecen sacados de una secta satánica organizada por un decorador gótico y monstruos que probablemente viven en una cueva llena de huesos y malas decisiones. Y funciona de maravilla.

Porque este tebeo tiene una cosa muy difícil de conseguir. Logra ser una parodia amorosa sin convertirse en una burla constante. El cómic tiene humor, claro. Es imposible que Enrique Vegas no meta humor. El hombre probablemente hace chistes hasta al pedir el pan. Pero aquí el tono cambia. Hay ironía, hay guiños, hay momentos de cachondeo muy medidos, pero también existe una solemnidad inesperada. Una sensación de aventura genuina. Como si Vegas hubiera decidido decirnos: “Sí, amigos, seguimos teniendo cabezones… pero ahora esos cabezones vienen a degollar capitanes de la guardia”. Y qué bien le sienta.

Desde las primeras páginas queda claro que esto es un homenaje absoluto al Conan clásico. No al personaje convertido en icono pop simplificado por camisetas y memes, sino al aventurero salvaje y brutal nacido de la imaginación de Robert E. Howard. El Conan ladrón. El mercenario. El tipo que solucionaba el noventa por ciento de los problemas atravesando puertas a patadas. Vegas captura perfectamente esa esencia de relato pulp clásico donde cada aventura parece escrita alrededor de una hoguera mientras alguien afila un hacha. La narración tiene ritmo, energía y un sentido de la aventura tremendamente contagioso. El protagonista recorre desiertos imposibles, se mete en líos constantemente, reparte estopa como si cobrara por traumatismo craneal y acaba enfrentándose a amenazas que mezclan fantasía heroica con horror lovecraftiano. Porque sí, aquí también planea la sombra de H. P. Lovecraft, otro de esos autores pulp que parecen mejorar automáticamente cualquier historia en cuanto aparece un tentáculo misterioso o una criatura imposible susurrando cosas desagradables desde un templo olvidado.

Lo maravilloso es cómo Vegas consigue trasladar todo eso a su estilo gráfico sin perder personalidad. Porque habría sido facilísimo intentar dibujar “realista” para tomarse en serio el homenaje. Pero no. Sigue siendo Enrique Vegas. Sigue habiendo personajes cabezones. Sigue habiendo expresiones exageradas. Sigue existiendo ese dinamismo cartoon tan suyo. Solo que aquí todo está afinado para transmitir épica en vez de simple cachondeo. Y sorprende muchísimo lo bien que funciona la mezcla. Las escenas de acción tienen fuerza. Muchísima. Vegas entiende perfectamente cómo coreografiar peleas para que resulten espectaculares sin necesidad de caer en splash pages vacías o litros de sangre gratuitos. Cada golpe transmite impacto. Cada monstruo impone. Cada combate tiene sensación de peligro real. Y eso tiene mérito cuando los personajes parecen muñecos adorables con ganas de arrancarte la columna vertebral. De igual manera si te vas parando en ciertas viñetas podemos ver reflejadas muchas imágenes de los tebeos clásicos. Uno que especialmente me llama la atención es su forma de interpretar y dibujar el Conan creado por Barry Windsor Smith.

Además, hay algo especialmente inteligente en la decisión de publicar el cómic en blanco y negro. Y no como postureo artístico de “edición especial para sibaritas del indie europeo”. No. Aquí el blanco y negro tiene sentido en todos los aspectos. Remite directamente a los magazines clásicos de La espada salvaje de Conan. Potencia las sombras. Endurece el dibujo. Hace que todo parezca más sucio, más viejo, más legendario. Hay páginas donde la iluminación y las texturas consiguen una ambientación espectacular. Y claro, uno acaba leyendo esto mientras imagina mentalmente narraciones grandilocuentes con voz de ultratumba diciendo aquello de “entre los años en que los océanos engulleron Atlantis…”. Es imposible no entrar al juego.

También hay que decir una cosa importante. Este comic funciona incluso aunque no seas un loco enfermizo de Conan (aquí presente). Evidentemente, si creciste leyendo historias del cimerio, vas a disfrutar detectando referencias, homenajes y guiños visuales. Hay momentos que parecen reinterpretaciones conscientes de etapas clásicas o del Conan más musculoso y salvaje de John Buscema. Pero el cómic jamás depende exclusivamente de la nostalgia. Tiene entidad propia. Tiene personalidad. Tiene aventuras entretenidísimas y un protagonista carismático que funciona por sí mismo. Y eso era lo verdaderamente difícil. Porque el riesgo aquí era enorme. Hacer un homenaje a Conan puede acabar fácilmente en dos extremos igual de terribles: o la parodia tontorrona que parece un sketch alargado hasta el agotamiento, o el homenaje tan reverencial que termina pareciendo una fotocopia sin alma. Vegas esquiva ambos peligros con una naturalidad pasmosa. Respeta el material original, pero también lo filtra a través de su propia identidad como autor. El resultado es un cómic que se siente auténtico. Sincero. Divertidísimo.

La edición de Dolmen Editorial entra directamente en la categoría de “mira qué cosa más bonita tengo en la estantería”. Cartoné, buen papel, extras interesantes como la entrevista realizada por Jorge Iván Argiz. Por otro lado, es una maravilla ver a Enrique Vegas haciendo algo así en 2026. Porque habría sido facilísimo seguir eternamente explotando la fórmula de las parodias cinematográficas. Total, funcionan. Se venden. El público las quiere. Pero aquí hay una necesidad artística evidente. Se nota que estas 96 páginas nacen desde la ilusión personal, desde las ganas reales de contar algo que llevaba décadas rondándole la cabeza. Y eso convierte el tebeo en algo muchísimo más especial. De hecho, probablemente lo más bonito de «El bárbaro» sea precisamente eso. La sensación constante de estar leyendo el sueño cumplido de un autor veterano. Un tipo que después de media vida dibujando chistes decide mirar a su yo de doce años y decirle: “Tranquilo, muchacho. Al final sí vamos a hacer nuestro Conan”. Y vaya si lo hace.

Porque este cómic tiene monstruos gigantes, leones enormes, espadas corta cabezas, guerreros brutales, ciudades decadentes y suficientes broncas tabernarias como para que Recursos Humanos cierre Aquilonia por tiempo indefinido. Pero también tiene corazón. Tiene pasión por el medio. Tiene amor absoluto por la fantasía heroica más clásica. Y tiene algo que cada vez escasea más en muchos tebeos modernos: ganas sinceras de divertir al lector. Sin complejos. Sin cinismo. Sin necesidad de reinventar nada. Solo un bárbaro gigantesco entrando en una fortaleza maldita para partirle la cara al mal ancestral de turno. Que, siendo honestos, sigue siendo una de las mejores premisas de la historia de la ficción.

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