La Era de Revelación: Spiderman Radiactivo. Monstruos y pérdidas imposibles

Hay algo profundamente cruel (y muy apropiado) en convertir a Spiderman en una bomba nuclear con patas. Porque claro, Peter Parker ya tenía suficiente con ser pobre, llegar tarde a todas partes, cargar con traumas desde la adolescencia y sufrir más desgracias que un protagonista de telenovela turca. Pero en «La Era de Revelación: Spiderman Radiactivo», Marvel decide que eso no era suficiente castigo y le añade radiación letal, un virus mutante apocalíptico y una tía May convertida prácticamente en material de pesadilla. El resultado es un tomito sorprendentemente sólido, bastante emotivo y mucho más entretenido de lo que uno podría esperar de un tie-in que, sobre el papel, sonaba a “otro experimento raro para rellenar el evento mutante de turno”. Y la gracia está en que funciona precisamente porque no intenta ser más grande de lo necesario.

Mientras muchos crossovers modernos parecen competir por ver quién destruye más universos en menos páginas, esta miniserie decide centrarse en algo mucho más sencillo. Peter Parker intentando sobrevivir un día más en una Nueva York devastada por el Virus-X. No salvar el multiverso. No detener a una entidad cósmica abstracta con nombre de perfume caro. Solo seguir adelante mientras su cuerpo se cae a pedazos y su vida personal se convierte en un drama cada vez más imposible de gestionar. O sea, el Peter Parker clásico, pero llevado al extremo radiactivo.

Joe Kelly entiende muy bien al personaje, y eso se nota desde la primera página. Su Peter sigue teniendo ese humor nervioso y ese impulso casi enfermizo de ayudar a los demás incluso cuando claramente necesita ayuda profesional, terapia y probablemente unas vacaciones de seis meses lejos de cualquier laboratorio. Lo interesante es que aquí el humor no sirve solo para aliviar tensión: funciona como mecanismo de defensa constante. Peter hace chistes porque si deja de hacerlos probablemente se derrumba delante de todos. Y Kelly juega muy bien con esa idea. Este Spiderman está agotado. No en el sentido superheroico típico de “oh no, tengo demasiadas responsabilidades”, sino en un sentido casi humano y cotidiano. Vive conectado a tratamientos radiactivos para mantenerse con vida, arrastra pérdidas enormes y dedica cada minuto restante a cuidar de una tía May infectada por el Virus-X. Y ahí es donde el cómic encuentra su mejor versión, porque debajo de toda la estética postapocalíptica y las mutaciones grotescas hay una historia muy reconocible sobre el desgaste emocional de cuidar a alguien a quien amas mientras ves cómo desaparece poco a poco. Sí, es un cómic de Spiderman mutante. Pero también es un cómic sobre aceptar pérdidas imposibles. Y eso le da bastante más fuerza de la que aparenta.

Además, Kelly tiene el acierto de no convertir la historia en una depresión constante. Hay drama, muchísimo drama, porque estamos hablando de Peter Parker y Marvel jamás desaprovecha una oportunidad de hacerle sufrir, pero también hay aventura, tensión y momentos genuinamente divertidos. Peter sigue teniendo ese talento especial para lanzar comentarios absurdos en mitad del desastre absoluto, algo que ayuda a mantener el tono ligero incluso cuando todo alrededor parece hundirse. Claro que luego aparece la realidad para darle otra bofetada.

La relación con May es probablemente lo mejor del tomo. La transformación del personaje podría haberse quedado en simple horror corporal barato, pero Kelly consigue que funcione como tragedia personal. May ya no es solo la adorable anciana; aquí se convierte en una criatura descontrolada y aterradora, una presencia casi monstruosa que Peter se niega a abandonar porque es lo único que le queda de su vida anterior. Y honestamente, ahí hay momentos bastante duros. Porque el cómic toca algo muy universal: el miedo a perder lentamente a quienes queremos y la incapacidad de aceptar que, a veces, salvar a alguien ya no es posible. Peter no quiere rendirse. No puede. Lleva toda la vida resolviendo problemas imposibles y negándose a abandonar a la gente. Pero esta vez el enemigo no es un supervillano al que puedes pegarle una paliza espectacular entre edificios de Manhattan. Esta vez el enemigo es el deterioro inevitable. Y eso resulta mucho más doloroso.

Por supuesto, tampoco iba a hacer una historia intimista de tres números sin meter acción superheroica de la buena. Así que el cómic también tiene persecuciones, criaturas mutadas, escenas bastante salvajes y la aparición de Gwen y Miles para añadir todavía más tensión al asunto. Y funcionan muy bien precisamente porque nadie parece cómodo estando ahí. No hay sensación de “equipo superheroico molón dispuesto a salvar el día”. Todo el mundo arrastra heridas emocionales. Miles está harto de que Peter siga negando la realidad, Gwen parece cargar con años de trauma acumulado y Peter actúa como alguien que lleva demasiado tiempo sobreviviendo sin permitirse parar a pensar. Las conversaciones entre ellos tienen un cansancio muy palpable, y eso hace que incluso los momentos más pequeños resulten interesantes.

Además, el tomo tiene una virtud enorme: se puede leer perfectamente sin seguir La Era de Revelación completa. Y eso hoy en día casi parece ciencia ficción editorial. Porque seamos sinceros: muchos eventos Marvel actuales parecen diseñados para obligarte a comprar cuarenta series distintas, consultar un árbol genealógico mutante y sacrificar una tarde entera intentando averiguar qué demonios está ocurriendo. Aquí no. Kelly contextualiza lo justo, explica lo necesario y luego se centra en contar una historia concreta. Evidentemente habrá referencias y detalles que los seguidores del evento disfrutarán más, pero el núcleo funciona perfectamente de manera independiente.

En el aspecto gráfico, el tomo entra por los ojos con bastante facilidad gracias al trabajo de Kev Walker. Su dibujo tiene muchísima personalidad y encaja de maravilla con el tono híbrido entre aventura superheroica y horror corporal. Este no es un mundo bonito. Nueva York parece agotada, enferma y deformada, y los personajes transmiten exactamente la misma sensación. Peter aparece cada vez más deteriorado físicamente, May da auténtico mal rollo cuando pierde el control y las escenas de acción tienen suficiente dinamismo para que el ritmo nunca decaiga. Walker consigue algo muy complicado. Hacer que el horror sea desagradable pero también fascinante de mirar. Hay páginas donde las mutaciones resultan casi incómodas, pero nunca caen en el exceso gratuito. Todo tiene un propósito. Incluso cuando el cómic se pone más monstruoso, sigue centrado en los personajes. Y luego está el color de Chris Sotomayor, que termina de vender toda la atmósfera radiactiva del relato. Los tonos neón, las luces enfermizas y los contrastes entre colores vivos y ambientes decadentes ayudan muchísimo a crear esa sensación de mundo moribundo que todavía conserva algo de belleza. Hay momentos donde literalmente parece que las páginas brillan con radiación tóxica. Bastante apropiado para una serie llamada Spiderman Radiactivo, la verdad.

Lo mejor de todo es que la miniserie editada por Panini Comics sabe cuándo terminar. No intenta estirarse artificialmente ni convertirse en una macrohistoria interminable. Son tres números bastante compactos y directos que dejan sensación de historia cerrada. Sí, quizá algunos elementos habrían necesitado más desarrollo (especialmente ciertos conflictos secundarios), pero precisamente esa brevedad ayuda a que el impacto emocional llegue con fuerza. Y vaya si llega. Porque el tercer número aprieta fuerte en el apartado dramático. Mucho. Ahí el cómic deja de esconder que esta es, básicamente, una tragedia de Spiderman disfrazada de relato postapocalíptico. Peter tiene que enfrentarse por fin a la idea de que no puede salvarlo todo. Y para un personaje construido alrededor de la culpa y la responsabilidad, eso es prácticamente una sentencia emocional.

Al final, La Era de Revelación: Spiderman Radiactivo acaba siendo una de esas pequeñas sorpresas que aparecen donde menos te lo esperas. Un tie-in que parecía destinado a pasar desapercibido y que termina ofreciendo una historia bastante humana, triste y entretenida sobre un Peter Parker roto que intenta mantenerse en pie mientras el mundo se deshace a su alrededor. No reinventa al personaje. No cambia el rumbo del universo Marvel. No pretende convertirse en “la historia definitiva” del trepamuros. Pero sí entiende algo fundamental sobre Spiderman: que su verdadera fuerza nunca ha sido lanzar telarañas ni levantar toneladas, sino seguir adelante incluso cuando ya no le queda nada. Aunque esta vez, además, brille en la oscuridad como una barra luminosa radiactiva con depresión acumulada.

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