Hay un momento en la vida de todo lector Marvel en el que uno acepta una verdad universal. El General Ross jamás aprenderá absolutamente nada. Puedes poner delante de él a un monstruo gamma capaz de arrancar un tanque del suelo y usarlo como maraca caribeña. Puedes enseñarle cien informes científicos, veinte ciudades destrozadas y media docena de bases militares convertidas en chatarra humeante. Da igual. Ross seguirá entrando en una sala lleno de confianza y diciendo: “Esta vez sí lo atraparemos”. Y claro, uno ya no sabe si está leyendo un cómic de superhéroes o una sitcom sobre señores obsesionados con perder dinero público. Eso es exactamente lo que hace tan divertida esta maravilla del octavo número de la Biblioteca Marvel del Increíble Hulk. Porque aquí no hay cinismo moderno ni héroes atormentados mirando al horizonte mientras suena música triste. Aquí hay científicos locos, militares histéricos, villanos con planes que parecen escritos después de una sobremesa cargada de anís y un gigante verde resolviendo conflictos internacionales como una excavadora con problemas de ira. Y funciona de maravilla.

Este tomo recopila los números 112 al 117 de The Incredible Hulk, o lo que es lo mismo: una época donde Marvel todavía escribía tebeos con la filosofía de “más ruido, más drama y más gente gritando el nombre de Hulk en mayúsculas”. De ahí que Stan Lee y Herb Trimpe no buscan realismo. Buscan espectáculo. Y vaya si lo encuentran. La apertura cósmica con el Amo de la Galaxia ya deja claro el nivel de locura que maneja el volumen. Hulk regresa de aventuras espaciales que parecen improvisadas por alguien mezclando películas de ciencia ficción de serie B con un concurso de culturismo nuclear. Todo es gigantesco, melodramático y gloriosamente excesivo. Los alienígenas hablan como actores shakesperianos atrapados en un karaoke espacial y el gigante esmeralda responde a todos los problemas igual. Con un puñetazo tan fuerte que probablemente altere mareas en otro continente. Pero claro, uno vuelve a la Tierra pensando que las cosas se calmarán un poco y aparece el Hombre de Arena. Y menudo espectáculo.
Herb Trimpe dibuja al Hombre de Arena como si fuera una avería geológica con patas. Brazos gigantescos, masas deformes, martillos de arena, puños del tamaño de una nevera. Todo parece diseñado específicamente para que Hulk pueda atravesarlo a cabezazos. Las peleas aquí no son elegantes ni coreografiadas. Son dos catástrofes naturales intentando matarse mutuamente mientras el ejército observa desde lejos tomando pésimas decisiones. Porque si algo deja claro este tomo es que el ejército probablemente aprobaría una invasión alienígena si alguien les prometiera que esta vez sí funcionará el “Plan Definitivo Contra Hulk Número 48”. Ross y Talbot pasan estas páginas entrando y saliendo de salas de control como pollos sin cabeza. Cada vez que Bruce Banner aparece, alguien pulsa una alarma, otro grita “¡No puede ser detenido!” y Ross responde enviando todavía más tanques. Es maravilloso. La definición exacta de insistir con entusiasmo suicida. Y luego está Glenn Talbot, el hombre cuya existencia consiste básicamente en sufrir. Talbot vive atrapado en el peor triángulo amoroso imaginable: Betty ama a Banner, Ross ama los misiles y Hulk ama destruir absolutamente todo lo que Talbot intenta proteger. El pobre hombre parece estar a un mal día de abandonar el ejército y abrir un bar en la costa. Por supuesto, el tomo no se conforma con monstruos de arena y militares hipertensos. No. También trae de vuelta al Líder, porque cuando tu cómic ya es razonablemente caótico, lo lógico es añadir un villano verde con un cerebro del tamaño de un balón medicinal y complejo de superioridad permanente. Y qué villano tan deliciosamente ridículo. El Líder entra en escena convencido de que es la mente más brillante del planeta, algo que probablemente sea cierto teniendo en cuenta que el resto de personajes pasan media colección intentando encerrar a Hulk en jaulas que duran menos que un telediario.

Trimpe entendía algo fundamental: Hulk no debía ser bonito. Debía ser imparable. Y Stan Lee entendía otra cosa igual de importante: nadie ha venido aquí buscando sutileza. Los diálogos son tan intensos que hasta pedir un café parece una declaración de guerra. Todo el mundo habla como si estuviera protagonizando el final de una ópera intergaláctica. Y sinceramente, qué gusto da leer algo tan orgullosamente exagerado. Además, el tomo está lleno de pequeños momentos gloriosos que hacen que estas historias tengan un encanto irresistible. Como la famosa llamada a la mansión de Los Vengadores donde responde la señora de la limpieza. Una escena completamente absurda que hoy habría generado veinte vídeos de YouTube explicando su relevancia para la continuidad Marvel. En 1969 simplemente servía para echarte una sonrisa. Y con eso bastaba.
También hay algo entrañable en cómo estos cómics convierten cualquier problema en una excusa para montar un caos monumental. ¿Un villano amenaza el mundo? Perfecto. ¿Hulk está enfadado? Estupendo. ¿Ross toma una mala decisión? Excelente, eso ocurre cada cuatro páginas. Todo avanza con una energía salvaje, despreocupada y tremendamente divertida. Y ahí está la verdadera magia de este volumen. No intenta parecer más inteligente de lo que es. No necesita discursos filosóficos eternos ni oscuridad artificial. Es un cómic de Hulk haciendo cosas de Hulk: saltar kilómetros, destrozar bases militares, pelear contra enemigos imposibles y dejar a medio reparto al borde del ataque de ansiedad.

La edición de Panini Comics además potencia todavía más esa sensación de viaje temporal maravilloso. Tenemos la traducción de Enrique Joga, Víctor Rubio y Juanan Cruz, además de una introducción de Kauldi Gilibert y bastantes extras jugosos al final del tomo, así como un par de páginas situando las historias en su contexto histórico escrito por Lidia del Castillo. Por eso, leer esta Biblioteca Marvel del Increíble Hulk es como entrar en una cápsula donde todo sigue siendo enorme, melodramático y deliciosamente ingenuo. Y eso, lejos de ser un defecto, es parte de su encanto. Porque mientras muchos cómics modernos se esfuerzan por parecer importantes, este Hulk clásico simplemente quiere entretenerte a puñetazo limpio. Y lo consigue con una facilidad insultante.
