Soy un gato: poéticos maullidos en oníricas viñetas

De las manifestaciones artísticas visuales, es el noveno arte el que puede alcanzar mayores dosis poéticas. A su lado, la pintura puede plasmar una situación, escondiendo solo un momento del relato que se representa. Un instante de tiempo, no un recorrido en sí. En el otro extremo, el audiovisual si puede dimensionar en su metraje un camino narrativo, si bien la relación con el receptor puede ser menos íntima, por los códigos propios. Solo el cómic, en el que el sonido nace en la cabeza del receptor, puede establecer una relación más cómplice y estrecha por quien recorra sus páginas. Tanto por ese “sonido” que todos ponemos en nuestra cabeza (las voces de los protagonistas cuando dialogan o la voz del narrador), como por el ritmo narrativo, el cual aunque venga marcado por las viñetas y composiciones de página, es el lector en ultima instancia quien decide donde recrearse y donde continuar. Como en un poema, donde el impacto de cada verso en ocasiones depende del estado emocional de quien lo lea.

Todo esto nos sirve para poner en su justo término la última obra de Oriol Vlak “Soy un gato”: un autentica delicatessen poética en viñetas que acaba de editar Norma. En ella nos espera una historia onírica, plagada de simbolismo, que va atrapando como ese humo que se desprende en muchas de sus páginas. Con un simbolismo donde pesa más lo que expresa que lo que define, pues Oriol Vlak juega en esa difícil liga donde prima transmitir emociones en lugar del mero entretenimiento. Un acto de titanes, sin duda, en el que significante y significados juegan un baile de códigos y sensaciones al son de un guion donde nada parece puesto por casualidad, pero que resulta orgánicamente fresco y cautivador.

Así se presenta este relato donde el color parece extinguido. Una odisea en búsqueda de la superación, entre sombras y brumas, es la que lleva el gato protagonista. En un viaje que cautiva, en forma gráfica y fondo literario. La forma es, sin duda, el personal estilo de Oriol Vlak que va seduciendo como las cosas que dejan huella: poco a poco, con sutilezas y claroscuros, hasta haber cautivado a quien recorre el cómic.

Por el camino, el fondo narrativo se rebela en su poética, intrínseca y gráfica. Con una sensibilidad felina, a flor de piel. De esas que están pendientes de todo cuanto acontece a su alrededor. Mientras tanto las manchas de tinta que pueblan las viñetas no tienen solo un componente gráfico, sino que son un elemento emocional. Uno que se entiende por contraste con el blanco nuclear con el que conviven.

De eso se nutre “Soy un gato” en sus 176 páginas. Del un material gráfico que hace crecer lo íntimo y lo lírico. Uno que se descubre como algo más que fantasía, pues es una metáfora. Como un poemario con una senda argumental, cuyos versos se tornan viñetas. Que no solo invita a recorrer un relato, sino que lo hace sentir en cada página. Y cuando acaba el camino de su lectura, deja ese poso reservado a lo que deja huella. Como un eterno maullido poético envuelto entre lo simbólico y lo emocional. Uno que demuestra lo mucho que puede dar de si el noveno arte cuando se nutre de oníricas sensaciones.

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