Hay algo casi poético en ver a Marvel intentando vender «Masacre / Lobezno» como si fuera el acontecimiento definitivo del cómic moderno, solo para descubrir que la colección termina a los diez números como una serie de Netflix cancelada silenciosamente un martes por la mañana. Porque claro, juntar a Masacre y Lobezno parece una idea imposible de fallar. Es como mezclar gasolina y fuego: debería explotar automáticamente. Uno es un mercenario bocazas incapaz de permanecer callado durante más de tres segundos. El otro es una trituradora humana con problemas gravísimos de gestión emocional. El concepto se vende solo. La portada prácticamente se dibuja sola. Y, sin embargo, Benjamin Percy consigue algo admirable. Hacer que dos personajes famosos por su química compartan menos momentos memorables que dos desconocidos atrapados en un ascensor averiado.

Este tercer tomo cierra la colección con la misma filosofía con la que empezó: mucho ruido, muchas garras, muchos músculos imposibles y una obsesión enfermiza con los años noventa que en algunos momentos resulta entrañable y en otros parece directamente una llamada de socorro. Porque este cómic no homenajea los noventa. Este cómic vive atrapado en ellos como un alma condenada. Aquí todo tiene bolsillos gigantescos, dientes apretados y poses tan exageradas que cualquier fisioterapeuta sufriría un infarto mirando una sola página. Solo falta que suene una guitarra eléctrica cada vez que Lobezno desenfunda las garras.
La historia continúa exactamente dónde nos dejó el volumen anterior. En pleno caos mutante de dimensiones absurdas. Dyscordia resulta ser Apocalipsis ocupando el cuerpo del clon maligno de Cable, que es una frase tan ridículamente sagaz que casi provoca admiración. Aquí nadie pensó “quizá esto sea demasiado”. Al contrario. Seguramente hubo una reunión editorial donde alguien dijo: “¿y si además hacemos a Lobezno gigantesco y mentalmente inestable?”. Y todos respondieron golpeando la mesa con entusiasmo. Apocalipsis quiere construir su futuro mutante ideal mientras O.N.E. responde usando también control mental, porque aparentemente en esta serie nadie cree ya en conceptos anticuados como “hablar las cosas”. El resultado es una historia donde los personajes pasan más tiempo poseídos mentalmente que tomando decisiones propias. Lobezno es controlado. Luego deja de estarlo. Luego vuelve a estarlo. Luego medio sí, medio no. Masacre pasa por exactamente el mismo proceso. Llega un momento donde uno empieza a sospechar que Percy tenía una ruleta con dos únicas opciones: “pelea” y “control mental”.

Ese es el gran problema del tomo: la sensación constante de repetición. Todo parece enorme, catastrófico y trascendental, pero en realidad la historia lleva varios números girando sobre sí misma como un perro intentando morderse la cola. Cada capítulo promete que ahora sí llegará el gran momento definitivo y luego simplemente vemos otra pelea gigantesca seguida de otro discurso sobre el destino de la humanidad. La amenaza crece tanto que termina perdiendo impacto. Hay virus nanotecnológicos, futuros apocalípticos, genocidios potenciales y versiones hipertrofiadas de Lobezno arrasando media ciudad, pero el lector acaba desconectando porque nada parece tener consecuencias reales más allá de la siguiente splash page.
Lo más sangrante es que el gran reclamo de la colección, la relación entre Masacre y Lobezno, queda completamente enterrado bajo toneladas de trama mutante genérica. Y eso tiene mérito. Marvel te vende una serie protagonizada por dos de sus personajes más populares y Percy decide dedicar gran parte del tiempo a impedir que interactúen de forma natural. Cuando finalmente comparten escenas más o menos tranquilas, uno casi se sorprende. “Ah, claro. Que esto iba sobre ellos.” Pero enseguida vuelve algún control mental, alguna explosión o algún villano explicando sus planes con voz de profeta bíblico enfadado. Y Wade Wilson sale especialmente perjudicado. Percy normalmente entiende bastante bien a Masacre, pero aquí parece una versión defectuosa del personaje, como si alguien hubiese entrenado una inteligencia artificial usando únicamente memes viejos y referencias aleatorias. El problema no es Wade haga bromas, porque Masacre vive de eso. El problema es que la mayoría no tienen gracia, ni ritmo. Está ahí soltando comentarios como el típico amigo pesado que no soporta cinco segundos de silencio y acaba destruyendo cualquier tensión dramática posible. Hay momentos donde parece que el propio cómic está cansado de escucharle.

Lobezno, en cambio, funciona mejor porque Lobezno siempre funciona mejor. Logan lleva cuarenta años demostrando que puede sostener prácticamente cualquier historia a base de enfadarse intensamente y atravesar cosas con las garras. Percy entiende bien esa faceta animal y furiosa del personaje. El problema es que tampoco le da demasiado espacio para ser algo más que una máquina de violencia con trauma acumulado. El cómic está tan obsesionado con convertirlo en una fuerza imparable de destrucción que se olvida de darle humanidad. Y sin humanidad Lobezno acaba siendo simplemente un señor bajito muy agresivo rompiendo paredes.
Eso sí, gráficamente el tebeo aguanta bastante mejor que el guion. Joshua Cassara sigue demostrando que nació para dibujar tipos enormes golpeándose de manera espectacular. Hay páginas llenas de energía salvaje, composiciones agresivas y una sensación constante de movimiento. Cada zarpazo parece doler. Cada explosión ocupa media viñeta con orgullo noventero. Cassara entiende perfectamente qué tipo de cómic está haciendo y se entrega por completo al espectáculo. Aunque también es verdad que en algunos momentos se nota cierta prisa en los acabados. Por otro lado, Robert Gill regresa y sorprendentemente encaja bastante bien. Su estilo más grueso y contundente ayuda a mantener el tono bruto de la colección. Mientras tanto Guru-eFX hace exactamente lo que debe hacer un colorista en un cómic así: llenar cada página de tonos agresivos, sangre brillante y explosiones imposibles. Todo luce intenso. Todo parece gritarte desde las páginas. Este cómic no conoce el concepto de sutileza y probablemente la insultaría si lo conociera.

En definitiva, este tercer tomo de Masacre / Lobezno, editado por Panini Comics, acaba siendo exactamente lo que parece desde fuera. Una montaña rusa de violencia mutante, nostalgia noventera y decisiones discutibles que entretiene mucho más por inercia que por auténtica brillantez. Benjamin Percy tenía entre manos una pareja protagonista prácticamente imposible de hacer aburrida y aun así logra que el lector termine la serie pensando que quizá lo mejor habría sido dejarles simplemente sentados en un bar insultándose mutuamente durante diez números. Habría habido menos controles mentales, menos discursos sobre la evolución de la especie y seguramente mucha más química. Pero claro, entonces Marvel no habría podido dibujar a Lobezno tamaño de Mister Hyde atravesando robots mientras Apocalipsis grita sobre el futuro mutante. Y sinceramente, viendo cómo funciona esta editorial, probablemente eso era completamente innegociable.
