Sueña que te prometen oro, gloria y una aventura exótica en tierras lejanas y acabas atrapado en una pesadilla húmeda, llena de mosquitos, demasiadas plantas y un señor cojo que se cree la ira de Dios. No suena exactamente como el mejor plan de vacaciones, pero oye, eso es precisamente lo que hace tan irresistible «El Dorado. El delirio de Lope de Aguirre». Este cómic no te invita a entrar con una alfombra roja. Te abre la puerta con una sonrisa torcida y, cuando cruzas el umbral, ya es demasiado tarde para salir sin haberte manchado de barro (y algo más oscuro).

Aquí hay aventura, pero de esa que te hace replantearte si la palabra “aventura” no es en realidad un eufemismo bastante elegante para decir “desastre absoluto con cadáveres”. En el centro de todo está Lope de Aguirre, un hombre que, visto desde la distancia, parece una mezcla entre líder carismático y pesadilla con patas. Visto de cerca, directamente es una bomba de relojería con complejo de mesías. Por eso, el guion de Carlos Albiac juega con esa dualidad como un gato con un ovillo. No intenta que te caiga bien Aguirre, pero tampoco te deja apartar la mirada. Es fascinante en su desmesura, en su forma de convertir cualquier situación en una cuestión de vida o muerte (generalmente de muerte). No busca oro, no busca redención, no busca ni siquiera sentido común. Busca poder. Todo el poder. El tipo de poder que no se negocia, que no se comparte y que, por supuesto, nunca termina bien.
La expedición en busca de El Dorado, que ya de por sí suena a idea regular, se convierte aquí en una especie de experimento social fallido. Mete a un grupo de hombres armados, cansados, enfermos y paranoicos en mitad de la selva, añade un líder con delirios de grandeza y agita bien. El resultado es una espiral de violencia, traiciones y discursos grandilocuentes que oscilan entre lo épico y lo inquietantemente ridículo. Porque Aguirre, con toda su furia y su retórica inflamable, también tiene algo de figura trágica que roza lo grotesco. Como si el destino le hubiera dado un papel demasiado grande y él hubiera decidido interpretarlo a gritos. En ese sentido, no es difícil ver ecos de Ricardo III, pero trasladados a un escenario mucho más sucio, más imprevisible y, desde luego, menos teatral en el sentido clásico. Aquí no hay palacios ni intrigas cortesanas elegantes. Hay barro, sudor, sangre y una naturaleza que parece observar con una mezcla de curiosidad y desprecio a estos humanos empeñados en destruirse entre ellos.

Entonces aparece Alberto Breccia y decide que todo esto no se puede dibujar de forma “normal”. Porque, claro, ¿cómo representas la locura sin que el propio dibujo empiece a desquiciarse un poco? Su estilo aquí es una auténtica exhibición de libertad creativa. Manchas, texturas, trazos que parecen improvisados pero que caen exactamente donde tienen que caer. Hay páginas que parecen más pintadas que dibujadas, como si Breccia hubiera decidido que el papel era un campo de batalla más. El resultado es una experiencia visual que acompaña (y a casi siempre supera) al propio guion. Los rostros se deforman, los cuerpos se retuercen, la selva se vuelve casi orgánica en su hostilidad. No es un entorno: es un personaje más. Uno que no habla, pero que pesa, que oprime, que condiciona cada decisión. Hay momentos en los que tienes la sensación de que todo, absolutamente todo, está a punto de desmoronarse. Y, en muchos casos, así es.
Lo interesante es que esta aparente “falta de control” está, en realidad, muy controlada. Tanto Albiac como Breccia saben perfectamente lo que están haciendo. Juegan con la confusión, con la sobrecarga, con la sensación de que el lector está perdiendo pie. Porque eso es exactamente lo que le ocurre a los personajes. Es una especie de inmersión forzada en un estado mental alterado. No te lo cuentan: te lo hacen sentir.

Eso sí, conviene avisarlo. Este no es un cómic que se deje leer con distracción. No es de esos que puedes ojear mientras piensas en otra cosa. Aquí hay que entrar. Y una vez dentro, aceptar que no siempre vas a entender cada transición, cada salto, cada decisión. Pero es que ese es parte del encanto. También hay una lectura histórica, por supuesto, aunque no esperes una lección académica. La conquista aquí no se presenta como una gesta heroica, sino como un terreno fértil para la ambición desmedida, la violencia y la deshumanización. Aguirre no es una excepción: es una exageración de algo que ya estaba ahí. Un síntoma llevado al extremo. Y eso, en cierto modo, lo hace aún más inquietante.
La recuperación de esta obra por parte de Astiberri Ediciones tiene mucho de acto de justicia. Publicada originalmente por Planeta DeAgostini en un contexto muy concreto, podría haberse quedado como una curiosidad ligada a una conmemoración histórica. Pero lo que tenemos aquí es algo mucho más potente. Una obra que sigue incomodando, sorprendiendo y descolocando décadas después. Y es que hay algo en este cómic que se resiste a envejecer. Quizá sea su enfoque radical, quizá su desprecio por las convenciones, quizá su forma de mirar al pasado sin ningún tipo de nostalgia. Sea lo que sea, funciona. Y funciona muy bien.

Cuando finalmente llegas al final, no tienes la sensación de haber “cerrado” una historia en el sentido tradicional. Tienes la sensación de haber atravesado algo. De haber estado dentro de una mente en descomposición, de haber acompañado a un grupo de hombres en un viaje que nunca tuvo un destino real. Y, curiosamente, eso resulta mucho más memorable que cualquier final redondo y perfectamente empaquetado. En definitiva, «El Dorado. El delirio de Lope de Aguirre» es un cómic que no pide permiso, que no se disculpa y que no intenta gustar a todo el mundo. Es áspero, es exigente y, en ocasiones, directamente incómodo. Pero también es brillante, arriesgado y profundamente hipnótico. Así que, si te apetece algo ligero, quizá deberías buscar en otra parte. Pero si te seduce la idea de perderte en una historia donde la ambición se convierte en locura y el arte en una especie de trance visual… entonces adelante. Eso sí, no digas que no te avisaron: el viaje merece la pena, pero no garantiza regresar en buen estado.
