Si a estas alturas alguien sigue esperando que un tomo de los mutantes sea una experiencia ordenada, coherente y perfectamente hilada… bueno, probablemente también crea que Lobezno se corta las uñas con delicadeza en un salón de belleza y que en Krakoa hay colas organizadas para resucitar. El octavo tomo Marvel Premiere de Tribulaciones de X llega con esa filosofía tan suya de “vamos a meter varias series, varios tonos y varias crisis existenciales en el mismo paquete y que el lector se apañe”, y lo cierto es que el resultado es exactamente eso. Un cóctel mutante que unas veces entra como agua fresca y otras te deja mirando el vaso con sospecha.

El tomo arranca con Excalibur #25, que es básicamente la excusa perfecta para que Betsy Braddock se ponga solemne, mire al horizonte y tome una decisión de esas que, en teoría, redefinen el destino de todo el mundo mutante. Hasta que llegue el siguiente giro editorial y lo vuelva a redefinir otra vez. Tini Howard continúa con su particular fiesta de conceptos mágicos, reinos imposibles y títulos nobiliarios que suenan a reunión medieval con exceso de cafeína. La historia intenta ser épica, y en muchos momentos lo consigue, aunque también tiene ese aire de “esto es muy importante porque lo digo yo” que a veces te saca una sonrisa involuntaria. Por suerte, Marcus To junto a Erick Arciniega están ahí para que todo luzca espectacular, elegante y con ese brillo que hace que incluso las conversaciones más enrevesadas parezcan parte de un plan maestro en lugar de una partida de rol que se ha ido de madre.
Luego saltamos a X-Men #5, donde Gerry Duggan sigue con su fórmula de episodio autocontenido con aroma a gran saga en construcción, algo así como esas series que te dan una pista importante cada capítulo para que no te olvides de que hay algo gordo en marcha… aunque mientras tanto te entretienen con el villano del día. En este caso, el foco cae sobre Polaris, que tiene su momento de protagonismo entre explosiones, miradas intensas y reflexiones que intentan rascar algo más emocional. Y por ahí aparece también Doctor Estasis, un villano con nombre que suena a producto de laboratorio, pero con intenciones bastante menos higiénicas. Funciona, entretiene y deja caer pequeñas semillas de algo mayor, aunque uno no puede evitar pensar que todo podría tener un poco más de peso si no estuviera tan comprimido en el formato “aventura del mes”. A nivel visual, Javier Pina hace un trabajo muy sólido, manteniendo ese estilo reconocible que ayuda a que todo encaje dentro del gran puzle mutante, aunque el guion vaya saltando de un sitio a otro.

Y entonces llegan X-Force #25 y #26, que son probablemente el tramo más equilibrado del tomo, porque consiguen hacer algo tan complicado como mezclar introspección emocional con gente dándose golpes sin que una cosa anule a la otra. Benjamín Percy pone el foco en la relación entre Quentin Quire y el siempre encantador en su sutileza Lobezno, creando un pequeño arco sobre culpa, pérdida y ese tipo de emociones que los mutantes gestionan igual que gestionan todo: mal, pero con estilo. Hay acción, hay ritmo y hay suficientes momentos de pausa como para que no todo sea un festival de garras y explosiones, aunque tampoco nos engañemos: las garras y las explosiones siguen estando ahí, que para algo estamos leyendo X-Force. Robert Gill acompaña con un trabajo eficaz, dinámico y lo bastante expresivo como para que los personajes no se queden en simples máquinas de repartir estopa con trauma incorporado.
Cuando parece que el tomo mantiene una línea bastante decente aparece S.W.O.R.D. #9 y decide ser ese invitado que llega tarde a la fiesta y no termina de integrarse. Al Ewing suele ser sinónimo de ideas brillantes y ciencia ficción con personalidad, pero aquí la cosa se queda en tierra de nadie. Hay conceptos interesantes, hay presencia de la Guardia Imperial y de amenazas que deberían ser imponentes, pero el resultado final es más bien plano, como si todo estuviera preparando algo que en este número todavía no tiene ganas de suceder. Jacopo Camagni cumple en lo visual, pero ni siquiera el apartado artístico logra levantar una historia que se siente más como trámite que como capítulo imprescindible.

En conjunto, el tomo editado por Panini Comics es un ejemplo bastante claro de lo que es la etapa mutante actual: ambiciosa, variada, a ratos muy inspirada y a ratos un poco dispersa. Tiene momentos que funcionan realmente bien, especialmente cuando combina acción con desarrollo de personajes, pero también arrastra esa sensación de estar construyendo constantemente algo enorme que nunca termina de explotar del todo en este tipo de entregas. Aun así, hay un encanto innegable en este caos. Quizá sea la mezcla de tonos, quizá sea el hecho de que siempre parece que algo importante está a punto de pasar, o quizá sea simplemente que ver a un grupo de mutantes enfrentarse a problemas imposibles con una seriedad absoluta siempre tiene un punto cómico involuntario. Al final, el octavo número del «Marvel Premiere de Tribulaciones de X» es como esa conversación con amigos que empieza hablando de algo sencillo y acaba derivando en teorías imposibles, dramas personales y alguna que otra discusión absurda. No todo funciona igual de bien, pero el conjunto tiene suficiente chispa como para que te quedes hasta el final. Y sí, puede que haya momentos en los que levantes una ceja y te preguntes qué demonios está pasando, pero siendo sinceros… si un cómic de los X-Men no te provoca eso de vez en cuando, igual es que algo está fallando.
