Hay personajes de Marvel que tienen un pasado oscuro. Luego está Emma Frost, cuyo pasado parece una mezcla entre una telenovela de lujo, una guerra corporativa y una fiesta privada donde absolutamente todos intentan asesinarse con estilo. En este tomo de las Leyendas de la Patrulla-X «Emma Frost: La Reina Blanca» recupera esa época maravillosa en la que Emma todavía no daba clases a adolescentes mutantes traumatizados y dedicaba su tiempo a cosas mucho más sanas y constructivas, como manipular millonarios, aplastar enemigos telepáticamente y sobrevivir dentro del Club Fuego Infernal, que básicamente era LinkedIn para psicópatas con capa. Porque sí, antes de convertirse en una de las mutantes más queridas de los X-Men, Emma Frost ya era una leyenda. Una leyenda peligrosísima, vestida de blanco nuclear (y con poca ropa que también se tiene que comentar) y con la capacidad de hacerte sentir intelectualmente inferior con solo levantar una ceja. Y esta miniserie de Amy Chu tiene muy claro cuál es la gracia del personaje. Emma no necesita ser buena persona para ser fascinante. De hecho, cuanto peor se porta, más entretenida resulta.

La historia nos lleva a los días gloriosos del Club Fuego Infernal, ese lugar donde todos visten como si fueran villanos de ópera y donde una reunión interna parece una cena de Navidad entre tiburones financieros y locos psicópatas. Aquí Emma todavía ocupa el puesto de Reina Blanca y tiene que enfrentarse a una conspiración interna que amenaza con cargarse su posición dentro del Círculo Interno. Vamos, otro lunes cualquiera en las zonas caras del universo mutante.
La guionista entiende perfectamente el tipo de personaje que tiene entre manos. Emma no es una heroína clásica. No va repartiendo discursos inspiradores sobre esperanza y unidad mutante mientras mira al horizonte con música épica de fondo. Emma es la clase de persona que te salva la vida y acto seguido te humilla por necesitar ayuda. Y precisamente por eso funciona tan bien. Tiene un carisma venenoso que convierte cada conversación en una amenaza elegante. Además, el guion juega constantemente con esa dualidad tan divertida del personaje: por un lado, es una manipuladora fría y elitista; por otro, empiezan a asomar pequeñas grietas emocionales que anticipan la Emma que terminaríamos viendo años después con la Patrulla X. Hay momentos donde protege a ciertos personajes, donde demuestra empatía o donde deja ver que debajo de toda esa fachada de reina del hielo existe alguien que lleva demasiados años sobreviviendo a base de levantar muros emocionales y tacones imposibles. Aunque no os engañéis: sigue siendo una víbora maravillosa durante el 90% del cómic.

La trama del traidor dentro del Club funciona bastante bien, aunque tampoco pretende reinventar el thriller político. Hay sospechosos, traiciones, alianzas incómodas y reuniones donde todos sonríen mientras mentalmente planean el asesinato de los demás. Todos sabemos perfectamente que nadie es de fiar. Absolutamente nadie. Hay más puñaladas traperas aquí que en cinco temporadas seguidas de una serie de ricos miserables de HBO. Y sinceramente, eso es parte del encanto. Porque el Club Fuego Infernal siempre ha sido ridículo, pero ridículo en el mejor sentido posible. Marvel logró convencernos hace décadas de que existía una organización secreta de multimillonarios mutantes vestidos como aristócratas sadomasoquistas del siglo XVIII y nosotros dijimos: “sí, adelante, esto tiene sentido”. Y aquí vuelven a abrazar esa estética exagerada con muchísimo gusto.
El dibujo de Andrea Di Vito ayuda muchísimo a vender toda esa fantasía elitista. Todo el mundo es absurdamente atractivo. Da igual que sean héroes, villanos o gente que probablemente comete delitos fiscales internacionales. Todos parecen modelos escapados de una revista de lujo. Emma especialmente luce espectacular durante toda la miniserie. Cada cambio de vestuario parece una declaración de guerra estética. Hay momentos donde uno no sabe si está leyendo un cómic mutante o viendo el desfile más agresivo de la historia de la moda. Y qué bien dibuja Di Vito las miradas de desprecio. Hay personajes que disparan rayos ópticos. Emma Frost destruye almas con expresiones faciales. El color de Antonio Fabela también hace muchísimo para reforzar la atmósfera. Todo brilla con ese tono elegante y decadente que necesita una historia ambientada entre gente rica y peligrosamente dramática. Los blancos, dorados y púrpuras convierten el cómic en una experiencia visual que parece decirte constantemente: “nadie aquí paga impuestos”.

Eso sí, el tomo tiene sus cosillas. Hay decisiones de continuidad que harán sufrir a los lectores mutantes más obsesivos. Personajes que no deberían estar ahí. Diseños que no encajan del todo con la época. Detalles cronológicos que provocarán sudores fríos en quien tenga organizada la historia de los X-Men en carpetas mentales perfectamente etiquetadas. Pero la obra tampoco parece especialmente preocupada por eso. Su prioridad es ofrecer una aventura elegante y entretenida protagonizada por Emma Frost siendo icónica. Y honestamente, casi mejor así. Porque cuando un cómic sobre Emma Frost empieza a obsesionarse demasiado con la continuidad, pierde tiempo valiosísimo que podría dedicar a verla humillar telepáticamente a empresarios corruptos.
También resulta interesante cómo el cómic aborda el pasado más turbio del personaje sin convertirlo en un drama moral constante. Porque recordemos que esta Emma todavía estaba lejos de convertirse en profesora respetada y miembro estable de la Patrulla X. Aquí sigue siendo alguien moralmente cuestionable, capaz de tomar decisiones terribles y de justificar casi cualquier cosa si sirve para mantener el control. Y aun así, el cómic logra que entiendas perfectamente por qué el personaje terminó convirtiéndose en uno de los más queridos del universo mutante.

Hay algo tremendamente divertido en ver a Emma desenvolverse en este entorno de tiburones. Porque mientras el resto conspira, amenaza y traiciona con esfuerzo, ella parece disfrutarlo. Es como si hubiera nacido exactamente para este tipo de caos elitista. Cada escena transmite la sensación de que Emma no sobrevive dentro del Club Fuego Infernal pese a ser una persona horrible, sino precisamente porque es la más peligrosa de todos ellos. Y luego están los looks. Madre mía, los looks. No sé cuántas veces cambia de vestuario Emma en esta miniserie, pero probablemente más que algunos personajes en toda su carrera editorial. Y todos son espectaculares. Hay capas imposibles, corsés que desafían leyes físicas, abrigos dignos de emperatrices galácticas y conjuntos que parecen diseñados específicamente para intimidar (y algunas veces con ganas de excitar) a cualquiera que cobre menos de siete cifras al año. Emma Frost no entra en escena: desfila hacia la dominación psicológica. Vamos algo que se puede ver muy claro en todas las portadas alternativas que recoge la serie.
También tiene gracia cómo el cómic maneja el concepto de lujo mutante. Porque aquí todo parece carísimo hasta niveles absurdos. Los villanos no tienen guaridas: tienen palacios. No celebran reuniones: organizan cumbres de ego internacional. No conspiran en sótanos oscuros: lo hacen en casinos privados con esculturas gigantes y vino probablemente robado a algún rey europeo. Leer este cómic es como asistir a una gala benéfica organizada por supervillanos narcisistas. Y claro, Emma encaja perfectamente ahí porque ella misma siempre ha tenido algo de empresaria despiadada. Charles Xavier soñaba con la convivencia pacífica entre humanos y mutantes. Emma probablemente soñaba con comprar el banco donde Xavier guardaba el dinero de la escuela.

El problema principal de la miniserie quizá sea que no termina de aportar algo verdaderamente nuevo al personaje. Es entretenidísima, sí. Tiene diálogos afilados, intrigas eficaces y muchísimo estilo. Pero al final se queda un poco en “más Emma Frost siendo Emma Frost”. Que tampoco es precisamente una tragedia, ojo. Hay personajes que funcionan tan bien en su zona de confort que uno podría leerlos eternamente tomando Martini y amenazando telepáticamente a gente insoportable. Y eso es exactamente lo que ofrece este tomo. Una Emma Frost en estado puro. Elegante. Cruel. Divertidísima. Más inteligente que todos los presentes y plenamente consciente de ello. Una mujer capaz de dominar una habitación llena de monstruos financieros simplemente entrando por la puerta con un abrigo fabuloso y cara de estar perdonándole la vida al universo. Por eso este tebeo de Emma Frost: La Reina Blanca no revolucionará el mito mutante ni cambiará la historia del cómic de superhéroes, pero sí ofrece algo quizá más importante. Son 128 páginas, editadas por Panini Comics, de la señora del corsé blanco y tanga ajustado siendo absolutamente increíble. Y sinceramente, viendo cómo está el mundo, a veces eso basta y sobra.
