Dicen que los clásicos hay que respetarlos. Leerlos con solemnidad, asentir en silencio y, si es posible, acariciarse la barbilla mientras uno murmura cosas como “qué importante”. Bien, pues Buz Sawyer parece no haberse enterado de nada de eso. En lugar de comportarse como una pieza de museo, este tomo se dedica a hacer algo mucho más ofensivo: entretener. Sin pedir permiso. Sin complejos. Y, para rematar la jugada, con más soltura narrativa que muchos cómics actuales que vienen envueltos en toneladas de trascendencia. Aquí tenemos a Buz Sawyer, flamante marido, aspirante a vida tranquila y víctima oficial de un universo que claramente le odia. Porque en cuanto intenta hacer algo tan radical como “sentar la cabeza”, el guion (muy educadamente) le da una patada y lo manda a un país ficticio donde la libertad es opcional y los problemas vienen en packs familiares. Y por si fuera poco, le añade un interés romántico extra, tensiones políticas, persecuciones y todo tipo de complicaciones, no vaya a ser que el lector se aburra entre tanta estabilidad doméstica. Lo gracioso es que todo esto funciona. Funciona sin necesidad de reinventar la rueda, sin giros forzados que pidan aplauso y sin diálogos que suenen a tesis doctoral. Funciona porque Roy Crane sabía lo que hacía. Así, sin más misterio. Y claro, uno termina la introducción con una conclusión incómoda. Igual el problema no es que los clásicos estén sobrevalorados. Igual es que algunos contemporáneos están un poquito sobrevendidos.

La criatura en cuestión nace de la mano de Roy Crane, un señor que, por lo visto, decidió que contar historias con ritmo, inteligencia y personalidad era mejor idea que seguir fórmulas hasta la extenuación. Y vaya si le salió bien. Este volumen recoge una etapa donde su creación, Buz Sawyer, ya no es solo un aviador carismático con tendencia a meterse en líos, sino un personaje plenamente formado, atrapado entre responsabilidades, deseos personales y un mundo que no deja de complicarse con una sonrisa bastante cínica.
Porque empecemos por el principio: Buz se casa. Sí, se casa. Con Christie Jameson, nada menos. Y aquí uno podría pensar que estamos ante el clásico giro hacia la tranquilidad, ese momento en el que el héroe cuelga las botas y se dedica a elegir vajillas. Pero no. Crane, con una media sonrisa que casi se intuye entre viñetas, convierte el matrimonio en una especie de broma cósmica. ¿Quieres estabilidad? Perfecto. Toma misiones en países ficticios al otro lado del Telón de Acero, persecuciones imposibles y un catálogo de problemas que haría sudar al más pintado.

Pero sería un error pensar que todo gira en torno a intrigas internacionales y líos sentimentales. Una de las grandes virtudes de Buz Sawyer es su capacidad para cambiar de registro sin que se note el esfuerzo. En un momento estás en una misión peligrosa en territorio hostil y, al siguiente, compartiendo un rato casi cotidiano con Sweney, el inseparable compañero de Buz. Es en esos momentos donde la serie respira, donde se permite ser algo más que una cadena de acontecimientos trepidantes. Y qué bien le sienta esa respiración. Porque Crane entiende algo fundamental. Las grandes aventuras funcionan mejor cuando importan las personas que las viven. Los momentos de descanso, las conversaciones aparentemente triviales, los pequeños gestos… todo suma. Y cuando la acción vuelve (que vuelve, y con ganas), lo hace con un peso mucho mayor. No es solo “a ver cómo sale de esta”, sino “a ver cómo sale de esta sin perder algo por el camino”. Eso no significa, ni de lejos, que falte espectáculo. Aquí hay de todo: huidas imposibles que desafían la lógica con una sonrisa cómplice, aterrizajes forzosos que parecen coreografiados por el destino, femme fatales que harían levantar una ceja incluso al lector más curtido y situaciones que bordean lo inverosímil sin cruzar nunca la línea de lo ridículo. Crane juega con los códigos del pulp, sí, pero los maneja con una elegancia que evita que se conviertan en caricatura de sí mismos.
Luego está el apartado gráfico, que merece un capítulo aparte. Porque lo que hace Roy Crane aquí no es simplemente “dibujar bien”. Es construir un lenguaje visual que, en muchos aspectos, sigue siendo difícil de igualar. Su estilo combina una base caricaturesca con un dominio absoluto de la anatomía y la puesta en escena. El resultado es un equilibrio curioso: personajes expresivos, casi cercanos, moviéndose en entornos detallados y creíbles. Pero si hay algo que realmente define su trabajo es el uso de los grises. Y no, no estamos hablando de “sombras bien puestas”. Estamos hablando de una auténtica lección magistral de cómo manejar la luz y la textura en blanco y negro. Las tramas, esas hojas punteadas que se aplicaban manualmente sobre el original, permiten a Crane modular la intensidad de cada escena con una precisión asombrosa. Un fondo puede pasar de ser una simple referencia a convertirse en un elemento narrativo clave solo por cómo está tratado.

Curiosamente, a pesar de su complejidad técnica y temática, la lectura nunca se siente pesada. Al contrario. Hay una fluidez casi engañosa, una sensación de ligereza que te hace avanzar páginas sin darte cuenta. Y cuando quieres reaccionar, ya estás completamente metido en la historia, acompañando a Buz en una misión más, en un problema más, en una decisión más que probablemente no tenga una solución perfecta. Esa combinación de accesibilidad y profundidad es, probablemente, una de las claves de su vigencia. Porque sí, hay elementos que delatan su época. Algunas actitudes, ciertos enfoques, incluso parte del contexto político pueden resultar anclados en los años cincuenta. Pero lejos de ser un obstáculo, eso añade una capa de interés. Leer este tebeo es también asomarse a cómo se contaban historias entonces, qué preocupaciones había, cómo se construían los héroes.
Al final, lo que queda es una sensación difícil de describir sin caer en tópicos. La de haber leído algo que importa. No porque vaya a cambiar el mundo (aunque, quién sabe), sino porque demuestra lo que el medio puede hacer cuando se combina talento, oficio y una clara intención de contar buenas historias. Así que sí, puedes acercarte a este tomo con cierta condescendencia, pensando que vas a leer “un clásico curioso de unas tiras de prensa”. Pero lo más probable es que, unas páginas después, esa condescendencia se haya transformado en respeto y, poco después, en entusiasmo. Porque estos tebeos de Buz Sawyer editados por Dolmen no son solamente un cómic bien hecho. Es un recordatorio bastante contundente de que, a veces, el pasado no solo está a la altura del presente, sino que le saca unos cuantos cuerpos de ventaja.
