Si uno tuviera que resumir la etapa de Greg Rucka en Lobezno con una imagen mental, no sería Logan saltando entre helicópteros en llamas ni destripando ninjas en pijama negro con nombre de banda de metal. No. Sería algo mucho menos glamuroso. Logan sentado en un sofá barato, en un apartamento que huele a humedad, mirando al vacío mientras decide si salir a salvar a alguien o dejar que el mundo se las apañe solo por una vez. Ese es el nivel de épica que maneja este tomo. Y claro, eso escuece. Porque aquí no hay espectáculo gratuito: hay incomodidad.

Durante años, esta etapa ha sido tratada como ese disco raro de tu grupo favorito que nadie recomienda en voz alta pero que todos han escuchado en secreto. Se la ha acusado de todo: lenta, aburrida, poco superheroica, excesivamente “realista”… como si esas fueran palabras feas en lugar de descripciones bastante apetecibles en un género que a veces vive demasiado cómodo en su propia caricatura. Lo más divertido es que muchos de los que la criticaban lo hacían con una especie de indignación preventiva, como si el simple hecho de que Lobezno no llevara traje ya fuera una afrenta personal. Porque ese es el primer gran “crimen” de Rucka: despojar al personaje de su disfraz. Nada de amarillo chillón, nada de poses icónicas, nada de ese aire de estrella del rock mutante que arrastra desde hace décadas. Aquí Logan viste como un tipo cualquiera. Y, sorpresa, actúa como un tipo cualquiera. Si ese tipo cualquiera tuviera garras de adamántium y una tolerancia nula hacia la escoria humana. Es un cambio de tono radical que, lejos de empobrecer al personaje, lo desnuda emocionalmente. Ya no hay espectáculo que lo proteja: solo queda él y sus decisiones. Y esas decisiones, por cierto, no son bonitas.
“La Hermandad” (“Brotherhood”), el primer arco, arranca con una premisa tan sencilla que casi parece un insulto a la tradición superheroica: una vecina muere y Logan decide investigar. Fin. No hay amenaza global, no hay villano con plan maestro, no hay reloj en cuenta atrás para salvar el planeta. Solo hay violencia, dolor y la obstinación de un tipo que no sabe mirar hacia otro lado. Lo que sigue es una historia que se desarrolla como un thriller sucio, donde cada paso adelante implica ensuciarse un poco más. Y aquí es donde Rucka deja clara su intención: Lobezno no es un héroe en el sentido clásico, es una herramienta. Una muy afilada.

En “El Paso del Coyote” (“Coyote Crossing”), la cosa se vuelve todavía más incómoda. El tema del tráfico de personas no es precisamente material ligero para un cómic de superhéroes, pero Rucka decide meterse de lleno sin pedir permiso. Y lo hace sin caer en el morbo ni en el sermón fácil. Logan se convierte en una especie de fuerza correctora, un depredador que caza a otros depredadores. No hay discursos grandilocuentes ni reflexiones filosóficas de barra de bar. Hay acción directa, decisiones rápidas y consecuencias que pesan. Aquí no se trata de ganar: se trata de hacer lo necesario y cargar con ello después. Y entonces llega el tercer acto, donde aparece Dientes de Sable, porque en algún momento había que recordar que esto sigue siendo Marvel y que existen las rivalidades clásicas. Pero incluso en este terreno más reconocible, Rucka evita caer en la pirotecnia fácil. El enfrentamiento no es un espectáculo, es una inevitabilidad. Como dos animales que se encuentran en el mismo territorio y saben que solo uno puede salir sin cicatrices nuevas. Aquí también entra en juego ese extraño concepto del “regreso de Nativa”, una figura que podría haber sido puro exceso superheroico pero que, en manos de Rucka, se convierte en otra excusa para explorar la dualidad constante de Logan: ¿es un hombre que lucha contra su naturaleza o un animal que se disfraza de hombre cuando le conviene? La respuesta, como suele ocurrir en esta etapa, no es cómoda ni definitiva.
Uno de los grandes aciertos del tomo es su galería de secundarios. Lejos de los mutantes de colores y los nombres imposibles, aquí tenemos gente de carne y hueso o al menos lo más cercano que puede ofrecer el universo Marvel cuando decide ponerse serio. Destaca especialmente la agente del FBI que orbita alrededor de Logan, una de esas figuras marca de la casa Rucka: competente, dura, inteligente y, sobre todo, perfectamente capaz de cuestionar al protagonista sin quedar reducida a mero accesorio. Su relación con Logan es incómoda, tensa y, en ocasiones, sorprendentemente íntima. Nada de romances de postal: aquí hay roce, duda y esa sensación constante de que todo puede torcerse en cualquier momento.

Gráficamente, el trabajo de Darick Robertson y Leandro Fernández es justo lo que necesita una historia así: feo en el mejor sentido posible. Olvídate de cuerpos perfectos y composiciones pensadas para lucirse en posters. Aquí todo es más tosco, más físico, más real. Logan no es un icono: es un tipo bajo, peludo y con cara de haber perdido demasiadas peleas… aunque las haya ganado todas. La violencia se siente, pesa, incomoda. No hay glamour, y eso es precisamente lo que la hace funcionar.
Ahora bien, no todo es oro. El ritmo es, siendo generosos, pausado. Muy pausado. Esto no es un cómic que se lea con prisas ni que recompense la impaciencia. Hay números donde parece que la historia avanza a base de milímetros, donde la acción se diluye en conversaciones y silencios. Para algunos lectores, esto será un suplicio. Para otros, una bendición. Todo depende de lo que esperes encontrar. Si vienes buscando adrenalina constante, probablemente salgas frustrado. Si aceptas el juego que propone Rucka, encontrarás una trama mucho más densa y, en muchos aspectos, más satisfactoria.

También hay que hablar de ese curioso distanciamiento del universo Marvel. Durante buena parte del tomo, da la sensación de que Logan vive en un mundo donde los superhéroes son casi un rumor lejano. Y de repente, sin previo aviso, aparece Rondador Nocturno para recordarte que sí, que todo esto forma parte de algo más grande. Es un contraste extraño, casi esquizofrénico, pero también tiene su encanto. Refuerza la idea de que esta etapa juega con sus propias reglas, tomando lo que necesita de la continuidad y descartando el resto sin demasiadas explicaciones. Y luego está la gran ironía: durante años, esta etapa fue criticada precisamente por lo que hoy se le reconoce como virtud. En un mercado saturado de eventos, crossovers y fuegos artificiales, el enfoque de Rucka se siente casi revolucionario. Un Lobezno más humano, más contenido, más centrado en conflictos reales que en amenazas cósmicas. Lo que antes era “aburrido” ahora es “refrescante”. Lo que antes era “poco espectacular” ahora es “valiente”. El tiempo, como siempre, poniendo a cada uno en su sitio.
El tomo de Panini Comics junto con SD Distribuciones no solo recupera estas historias, sino que las presenta en un formato que les sienta especialmente bien. Leídas del tirón, sin las interrupciones mensuales de su publicación original, ganan coherencia y ritmo. Lo que en su día podía parecer disperso o excesivamente lento, aquí se percibe como una construcción deliberada, una acumulación de tensiones que acaba explotando en los momentos justos.

Al este tomo se podría considerar imprescindible. Depende de a quién preguntes. Si buscas el Lobezno clásico, el de las frases lapidarias y las poses heroicas, probablemente no. Pero si te interesa entender por qué el personaje ha podido sobrevivir a décadas de historias sin agotarse del todo, entonces sí, absolutamente. Porque esta etapa demuestra que Logan puede funcionar fuera de su zona de confort, que no necesita el circo superheroico para resultar interesante. Quizá ahí esté su mayor logro (y su mayor “pecado”) demostrar que Lobezno es más que un conjunto de clichés bien ejecutados. Que puede ser incómodo, introspectivo, incluso aburrido por momentos… y aun así seguir siendo relevante. O mejor dicho: precisamente por eso.
Así que sí, puedes seguir escuchando a los que durante años han intentado convencerte de que esta etapa no merece la pena, de que es un experimento fallido, una rareza prescindible. O puedes hacer algo mucho más sencillo: abrir el tomo, leerlo sin expectativas y dejar que te incomode un poco. Porque, al final, eso es exactamente lo que hace este cómic del Lobezno de Greg Rucka: incomodar. Y en un medio donde tantas cosas están diseñadas para gustar a todo el mundo, eso es casi un lujo.
