Sucesos críticos variados 1: el tiempo se va de cañas

Hay dos tipos de personas en este mundo. Las que creen que el tiempo es una línea recta perfectamente ordenada y las que aún no han leído «Sucesos críticos variados» («Assorted crisis events«). Porque el primer volumen de esta serie de Deniz Camp y Eric Zawadzki viene a decirte, con una sonrisa ladeada y cierto placer casi sádico, que eso de pasado, presente y futuro es poco más que una sugerencia. Una recomendación, si acaso. Una convención social que el universo ha decidido ignorar con la misma seriedad con la que ignoramos las instrucciones de montaje de un mueble de Ikea.

La premisa es sencilla de explicar y bastante menos sencilla de asimilar: el tiempo se ha roto. Pero no roto en plan épico de “alerta roja, reunión de genios, llega el apocalipsis, buscad una nave espacial y salid del planeta”, sino roto de manera profundamente incómoda, como cuando se te descuadra la agenda y todo empieza a ir ligeramente mal. Solo que aquí ese “ligeramente mal” incluye neandertales paseando por barrios modernos, soldados del futuro que parecen haberse equivocado de guerra y bucles temporales que convierten un mal día en una condena existencial. Nada grave, lo típico de un lunes a las doce de la mañana.

En ese momento es donde Camp toma una decisión que define toda la obra. En lugar de centrarse en grandes héroes, en científicos brillantes o en elegidos con destino cósmico, pone el foco en gente normal. Personas que solo quieren ir a trabajar, arreglar un reloj, sobrevivir a su rutina y que, sin comerlo ni beberlo, se ven atrapadas en una especie de experimento narrativo donde el tiempo decide comportarse como un televidente aburrido con todas las plataformas digitales de la televisión en su mano. El resultado es una colección de historias donde lo extraordinario no se vive con épica, sino con resignación, desconcierto y, en muchos casos, un humor bastante negro.

El formato de antología le viene como anillo al dedo a esta idea. Cada capítulo es una historia independiente, lo que permite a Camp jugar con distintas aproximaciones al desastre temporal sin necesidad de dar explicaciones globales. Porque aquí no hay una gran teoría que lo justifique todo. No hay un manual del usuario del apocalipsis cronológico. Hay, en cambio, cinco relatos que funcionan como pequeñas ventanas a un mundo donde la lógica ha decidido tomarse un descanso indefinido.

La primera historia actúa como carta de presentación, y lo hace con una elegancia tramposa. Una mujer intenta arreglar un reloj con valor sentimental mientras la realidad a su alrededor empieza a comportarse como un collage mal pegado. Rodajes de películas apocalípticas se mezclan con auténticos desastres, personajes de distintas épocas aparecen sin previo aviso y la sensación de que todo está ligeramente fuera de lugar se vuelve cada vez más intensa. Es una historia que combina humor, angustia y un punto de absurdo muy medido, y que sirve para decirle al lector: “esto va a ser así, acostúmbrate”. A partir de ahí, la serie se permite volverse cada vez más ambiciosa, más extraña y, en ocasiones, más exigente. Hay episodios donde la estructura se fragmenta hasta el punto de que seguir la historia se convierte en un pequeño reto, otros donde las distintas versiones de la realidad chocan entre sí con consecuencias más emocionales que espectaculares, y alguno donde el propio diseño de página parece conspirar para que pierdas el norte. No es un cómic que te lleve de la mano; más bien es uno que te suelta en mitad del caos y observa, con cierta curiosidad científica, cómo reaccionas.

Lo curioso es que, en medio de todo este despliegue de creatividad formal, Sucesos críticos variados nunca pierde de vista lo que realmente le interesa: las personas. Porque sí, hay viajes en el tiempo, bucles, dimensiones alternativas y toda la parafernalia habitual del género, pero el foco siempre está en cómo afecta eso a individuos concretos. A sus decisiones, a sus miedos, a sus frustraciones. El desastre cósmico es, en el fondo, una excusa para hablar de cosas mucho más terrenales. Por ejemplo, la inmigración. Uno de los relatos aborda este tema a través de una idea bastante directa: dos realidades que colisionan, una más estable y otra en decadencia, y los habitantes de esta última buscando refugio en la primera. No es precisamente una metáfora sutil, pero tampoco lo necesita. Lo interesante es cómo Camp utiliza el elemento fantástico para subrayar comportamientos muy reales: el miedo al otro, la desconfianza, la tendencia a levantar barreras incluso cuando el mundo se está desmoronando. Es un recordatorio bastante incómodo de que, incluso en el apocalipsis, seguimos siendo nosotros mismos. Lo que ahora mismo seria encender la televisión y ver lo de Israel y Palestina, a Trump zumbado de la cabeza, lo de Rusia con Ucrania o el tira y afloja de la izquierda y la derecha. Vamos la juega padre.

Otro de los puntos fuertes del volumen es su capacidad para explorar la percepción del tiempo desde un ángulo más íntimo. Hay una historia que juega con la idea de que la vida pasa demasiado rápido, que los años se acumulan sin que apenas tengamos tiempo de procesarlos. Es un concepto que todos entendemos a nivel teórico, pero que aquí se convierte en una experiencia casi física, gracias a una estructura narrativa que salta de un momento a otro sin previo aviso. El efecto es desorientador, pero también profundamente reconocible. Porque, al final, ¿quién no ha sentido que el tiempo se le escapa de las manos? ¿quién piensa que se tira mas trabajando que viviendo su vida?. Es algo interesante pero muy desalentador. Y luego está el capítulo que aborda los bucles temporales desde una perspectiva mucho menos “divertida” de lo habitual. Aquí no hay aprendizaje progresivo ni redención final, sino una repetición constante de momentos difíciles, una especie de cárcel invisible donde el tiempo se convierte en enemigo. Es probablemente uno de los relatos más duros del volumen, y demuestra que la serie no tiene ningún problema en adentrarse en terrenos incómodos si la historia lo requiere.

Todo esto funciona, en gran medida, gracias al trabajo de Zawadzki. Su estilo no es el típico que busca lucirse con grandes splash pages espectaculares (aunque alguna hay), sino uno que se adapta constantemente a las necesidades de la historia. Cuando el relato lo pide, apuesta por composiciones más tradicionales; cuando la narrativa se vuelve caótica, no duda en romper la estructura de la página, en jugar con la disposición de las viñetas o en crear efectos visuales que refuerzan la sensación de desorientación. Es un dibujo que no solo ilustra, sino que participa activamente en la construcción del significado. El color de Jordie Bellaire añade otra capa de coherencia a este caos. Sus elecciones cromáticas ayudan a distinguir entre realidades, a señalar los momentos en los que algo no encaja, y a mantener una cierta unidad estética a lo largo de historias muy diferentes entre sí. Es uno de esos trabajos que quizá no llaman la atención de forma inmediata, pero que resultan fundamentales para que el conjunto funcione.

La edición de Astiberri, como suele ser habitual, está a la altura del material. Traducción de Óscar Palmer, en cartoné que le da presencia, el papel responde bien a las necesidades del dibujo y el conjunto transmite esa sensación de “esto es importante” que el cómic parece buscar. Además de los primeros cinco números de la serie tenemos muchas portadas alternativas realizadas por Mike Del Mundo, Stipan Morian, Eric Zawadzki, Filya Bratukhin, Riley Rossmo, Artyom Trakhanov, Gabriel Hernández Walta, Tyler Boss, Martín Morazzo, Rico Renzi con Chris Brunner, Chris Burnham con Jordie Bellaire, Álvaro Martínez Bueno y Javier Pulido

Ahora bien, no todo es entusiasmo desmedido. Este tebeo puede resultar exigente hasta el punto de la frustración. Su apuesta por la experimentación no siempre funciona igual de bien, y hay momentos en los que la forma parece imponerse al fondo. Algunos lectores pueden sentir que están ante un ejercicio de estilo más que ante una historia plenamente satisfactoria, especialmente en aquellos capítulos donde la conexión emocional con los personajes es más débil. Además, el formato de antología tiene ese pequeño problema inherente. No todas las historias impactan de la misma manera. Habrá relatos que te atrapen desde la primera página y otros que te dejen un poco frío, ya sea por su temática, por su estructura o simplemente porque no conectan contigo en ese momento. Es el riesgo de apostar por la variedad, y aquí se asume sin demasiados complejos.

Pero incluso en sus momentos menos redondos, el cómic mantiene algo que lo hace destacar: una sensación constante de ambición. Se nota que Camp quiere hacer algo más que entretener, que busca explorar las posibilidades del medio, que no tiene miedo a arriesgar. Y eso, en un panorama donde muchas propuestas tienden a lo seguro, es de agradecer. Al final, este primer volumen de «Sucesos críticos variados» es una experiencia más que una lectura al uso. No es el típico cómic que devoras de una sentada y olvidas al día siguiente, sino uno que te obliga a parar, a releer, a pensar en lo que acabas de ver. A veces para bien, a veces con cierto desconcierto, pero siempre con la sensación de que hay algo ahí que merece la pena. Es, en cierto modo, como el tiempo mismo: impredecible, a ratos frustrante, a ratos fascinante, y siempre un poco fuera de control. Y si después de todo esto sigues pensando que entiendes cómo funciona… bueno, probablemente no hayas prestado suficiente atención.

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