Hay algo profundamente sospechoso en cualquier obra que te prometa mezclar “filosofía laboral” con “apocalipsis zombi” y, aun así, pretenda que te lo tomes en serio. Y sin embargo, aquí estamos en el cuarto volumen de «Salaryman Z», donde el pobre Yusaku Maeyamada para los amigos, o para nadie, porque claramente no tiene tiempo para amistades sigue demostrando que el verdadero monstruo no es el zombi… sino la cultura corporativa japonesa llevada hasta el delirio.

Porque sí, el apocalipsis sigue ahí. Los muertos caminan, gruñen, y tienen peor aspecto que un lunes por la mañana tras cierre trimestral. Pero lo verdaderamente importante (lo que de verdad quita el sueño) es la mudanza de la oficina. Y esto no es una exageración: el gran evento que articula este volumen es un traslado laboral en medio del colapso de la civilización.
El manga, obra del dúo creativo formado por Number 8 y Ten Ishida, sigue jugando con esa idea absurda pero peligrosamente cercana a la realidad: que incluso cuando el mundo se acaba, hay que seguir cumpliendo con los protocolos. Aquí no se sobrevive por instinto, sino por adherencia a la jerarquía. Si hay que rellenar un informe mientras un compañero intenta comerte la cara, se rellena. Eso sí, con buena letra.

La trama de este cuarto tomo arranca con lo que debería ser una simple transición logística y acaba pareciendo una mezcla entre The Walking Dead y una reunión de recursos humanos con demasiado café. La empresa decide trasladarse (porque claro, el edificio anterior ya no cumple “los estándares”, probablemente por la ligera infestación de zombis) y nuestros protagonistas se ven obligados a cruzar un paisaje devastado donde cada paso implica un sacrificio. Literal. Hay compañeros que no llegan. Pero tranquilos: seguro que Recursos Humanos ya está preparando un correo al respecto.
Lo brillante (y aquí viene lo inquietante) es cómo la trama nunca pierde ese tono de seriedad impostada. Nadie grita “¡corred, que nos comen!”. No. Aquí se habla de “gestionar la crisis”, de “optimizar recursos humanos” (aunque esos recursos estén perdiendo extremidades), y de “mantener la productividad en situaciones adversas”. Es decir, el lenguaje corporativo se convierte en una forma de horror psicológico mucho más eficaz que cualquier zombi babeante. Y en medio de todo esto, Maeyamada sigue siendo ese héroe improbable: un hombre de 40 años cuya mayor fortaleza no es su capacidad de combate, sino su ética laboral inquebrantable. Es el tipo de persona que, si le muerden, probablemente rellene un formulario antes de transformarse. Hay algo trágico en él, pero también profundamente cómico. Es el último samurái… pero con traje barato y maletín.

La estancia en la nueva oficina está plagada de momentos que oscilan entre lo absurdo y lo tenso. Hay escenas donde el grupo debe tomar decisiones puramente logísticas y de vigilancia, siempre filtrado por ese tono burocrático que convierte el drama en sátira. No es que el manga no se tome en serio a sí mismo; es que se toma tan en serio que acaba siendo hilarante. Y luego está el tema de los compañeros. Que podría tener una reseña totalmente distinta para aquellos que cabalgan su trabajo con gente amable y gente desquiciada. De ahí que surjan preguntas sobre las relaciones laborales en un entorno hostil. ¿Hasta qué punto somos personas en ese entorno? ¿Y hasta qué punto somos simplemente funciones?
Por otra parte, en cuanto al dibujo, Ten Ishida sigue haciendo un trabajo notable. El contraste entre la rigidez de los personajes (siempre formales, siempre contenidos) y el caos del entorno es clave. Los zombis son grotescos, sí, pero casi parecen secundarios frente a la verdadera tensión: la de mantener la compostura. Hay viñetas donde el horror está en segundo plano, desenfocado, mientras en primer plano alguien discute procedimientos. Es brillante.

Además, el ritmo del volumen está especialmente bien medido. Hay acción, hay pausas, hay momentos de reflexión (o lo más parecido a reflexión que permite este universo), y todo ello se encadena con una naturalidad que hace que te leas el tomo casi sin darte cuenta. Cuando quieres reaccionar, ya estás pasando la última página y preguntándote en qué momento has empatizado con alguien que prioriza una reunión sobre su propia supervivencia.
Otro punto interesante es cómo este volumen amplía el concepto de “desesperación”. Ya no es solo el miedo a morir, sino el miedo a fallar en el trabajo. Y nuestro pobre protagonista lo asume con una borrachera de las épicas. Esto, aunque suene ridículo, conecta de forma incómoda con la realidad. Porque, siendo honestos, ¿cuántas veces hemos priorizado obligaciones absurdas sobre nuestro bienestar? Salaryman Z lleva esa lógica al extremo… y luego la empuja un poco más, por si acaso. También hay que mencionar el uso del humor, que sigue siendo uno de los pilares de la serie. No es un humor de carcajada fácil, sino más bien una ironía constante, una especie de sonrisa torcida que se te queda mientras lees. Es ese tipo de chiste que no sabes si reír o preocuparte. Y eso, en un manga de zombis, es bastante meritorio.

En cuanto a la edición de Panini Manga, se mantiene en la línea habitual: correcta, limpia, sin florituras innecesarias con traducción sólida de Bernat Borrás. No hay grandes extras, pero tampoco se echan especialmente de menos. Al final, el contenido ya es lo suficientemente peculiar como para no necesitar adornos. Lo más interesante de este cuarto volumen es que consolida la propuesta de la serie. Ya no estamos ante una idea curiosa que podría agotarse rápido; estamos ante un universo con reglas propias, con un tono definido y con personajes que, dentro de su rigidez, evolucionan. Puede que no lo hagan de forma evidente, pero hay cambios, hay desgaste, hay pequeñas grietas (y nunca mejor dicho, que no se desvelan hasta el final) en esa fachada de profesionalidad absoluta. Y esas grietas son, probablemente, lo más humano de todo el manga.
Al final, más allá de los zombis, de la sangre y de las decisiones imposibles, «Salaryman Z» es una historia sobre personas atrapadas en un sistema que les exige seguir adelante pase lo que pase. Y eso, visto desde fuera, es ridículo. Pero visto desde dentro… quizá no tanto. Así que sí, este cuarto tomo sigue siendo tan absurdo como los anteriores. Pero también es más oscuro, más afilado y, en cierto modo, más honesto. Porque cuando el mundo se acaba y alguien te dice que lo importante es no llegar tarde, quizá la verdadera pregunta no sea “¿por qué?” sino “¿por qué nos suena tan familiar?”. Y ahora, si me disculpas, voy a revisar mis correos. No vaya a ser que haya una reunión urgente en medio del apocalipsis.
