Dicen que el futuro es brillante, lleno de avances tecnológicos, sociedades evolucionadas y finales épicos que te dejan con la boca abierta y ganas de aplaudir de pie. Luego lees este cuarto volumen de SpideMan 2099 y te das cuenta de que el año 2099 también ha perfeccionado otra cosa. El noble arte de terminar una historia con un “bueno, pues hasta aquí hemos llegado” y una palmadita en la espalda. Porque sí, este es uno de esos finales que no sabes si abrazar con cariño o mirar con cierta decepción mientras murmuras “tú antes molabas más”. Y claro, duele. Duele porque aquí el protagonista no es cualquiera, sino Miguel O’Hara, uno de los experimentos más interesantes que salieron de la Marvel noventera. Un Spiderman distinto, con colmillos (literal y metafóricamente), con mala leche, con una vida personal que era un auténtico campo de minas y con un entorno que parecía diseñado por alguien que pensaba que el futuro iba a ser básicamente una mezcla entre una distopía corporativa y una resaca permanente.

Ese mundo dominado por gigantes como Alchemax no era solo un decorado. Era parte fundamental de la identidad de la serie. Una corporación que controlaba todo, que manipulaba vidas, que jugaba con la genética como si fuera plastilina y que servía como recordatorio constante de que en el futuro, como en el presente, el poder sigue concentrado en manos de quienes menos deberían tenerlo. Durante sus primeros años, la colección fue sorprendentemente sólida. Tenía personalidad, tenía ambición y, sobre todo, tenía a Peter David al frente, un guionista que sabía cómo hacer que todo encajara: acción, drama, humor y crítica social. No era solo “otro Spiderman con traje nuevo”, era una reinterpretación con entidad propia, algo que no siempre es fácil de conseguir en el mundo del cómic superheroico.
Pero claro, el tiempo pasa, las editoriales cambian de rumbo, las decisiones se complican y lo que antes fluía con naturalidad empieza a chirriar. Y este volumen final es el mejor ejemplo de ello. No estamos ante un desastre absoluto, pero sí ante una obra que transmite una sensación constante de desgaste. Como si la serie hubiera llegado al final de su recorrido sin saber muy bien cómo despedirse.

El tomo recoge los números 39 al 46, además de un especial y el esperado cruce con el Spiderman original. Sobre el papel, la cosa promete. Villanos clásicos reinterpretados en clave futurista (por ejemplo, el Duende 2099 o El Buitre 2099), más intrigas corporativas de Alchemax y, por supuesto, los problemas personales de Miguel, que a estas alturas ya acumula más conflictos que una serie de sobremesa. El problema es que muchas de estas ideas no terminan de desarrollarse como deberían. Hay buenas bases, hay conceptos interesantes, pero la ejecución es irregular. Algunas tramas se resuelven demasiado rápido, otras parecen quedarse a medio camino y el conjunto da la impresión de estar construido con prisas. Como si alguien hubiera dicho “tenemos que cerrar esto ya” y nadie hubiera tenido tiempo de preguntarse si lo estaban haciendo de la mejor manera posible.
Aquí es donde entran en juego esas famosas injerencias editoriales que tanto se mencionan cuando se habla de esta etapa. Sin necesidad de conocer los detalles internos, se percibe claramente que algo no termina de encajar. La narrativa pierde cohesión, el ritmo se vuelve errático y la sensación de que hay decisiones impuestas desde fuera se hace cada vez más evidente. Aun así, Peter David sigue dejando su huella. Hay momentos en los que el cómic recupera parte de su antigua brillantez: diálogos ingeniosos, caracterización sólida de Miguel O’Hara y alguna que otra idea que te hace pensar “esto, en otro contexto, habría sido espectacular”. Pero esos momentos son cada vez más escasos, y eso acaba pasando factura.

El apartado gráfico tampoco ayuda demasiado a levantar el conjunto. En una serie que en sus mejores tiempos contó con una identidad visual clara gracias a artistas como Rick Leonardi, este tramo final apuesta por una rotación de dibujantes que genera una sensación de inconsistencia. Pasamos por Andrew Wildman, Ron Lim, Mike McKone, Joe St. Pierre, Vince Giarrano o Gabriel Morrissette. No es que el dibujo sea malo (ni mucho menos), pero sí irregular. Hay páginas que funcionan bien, otras que cumplen sin destacar y algunas que parecen hechas con más prisa que cariño. Este tipo de variación constante afecta a la inmersión. Cuando cada capítulo tiene un estilo diferente, cuesta más mantener una conexión visual con la historia, y eso en una serie que había destacado por su personalidad gráfica se nota bastante.
Pero entonces, cuando el tomo parece resignado a ser simplemente correcto, llega el momento que lo cambia todo: el crossover entre Miguel O’Hara y Peter Parker. Y aquí, por fin, el cómic despierta. No es una obra maestra ni un evento que vaya a redefinir el género, pero sí es tremendamente disfrutable. Tiene ritmo, tiene humor y, sobre todo, tiene química entre los personajes. El contraste entre Miguel y Peter funciona a la perfección: uno más cínico, más contenido; el otro más cercano, más clásico. Dos formas de entender el heroísmo que chocan y se complementan, generando momentos que capturan la esencia de ambos. Es el tipo de historia que te recuerda por qué te gusta el cómic de superhéroes. Porque más allá de la continuidad, las tramas complejas y las decisiones editoriales, lo que realmente importa es ver a personajes interesantes interactuar de forma que resulte divertida y significativa. Este cruce es, sin duda, lo mejor del tomo. No solo porque esté bien ejecutado, sino porque contrasta claramente con el resto del material. Es el momento en el que la serie deja de sentirse cansada y vuelve a parecer viva, aunque sea solo por un rato.

El resto del volumen, sin embargo, vuelve a ese tono irregular. Aunque tenemos autores de máxima solvencia como Ben Raab, Terry Kavanagh, Jon Peterson, Ian Edginton o Mark Waid tampoco llegan a rematar la jugada. Hay intentos de cerrar tramas, de dar un sentido final a la historia de Miguel, pero muchos de ellos se sienten apresurados o incompletos. No hay una gran conclusión que lo englobe todo, sino más bien una serie de resoluciones que cumplen su función sin dejar demasiada huella. Y eso es lo que convierte este final en algo agridulce. Porque no es que esté mal, es que podría haber sido mucho mejor. Hay suficiente material aquí para imaginar un cierre más potente, más coherente, más memorable. Pero lo que tenemos es un final funcional, que cumple con lo mínimo necesario sin llegar a destacar. A pesar de todo, Miguel O’Hara sigue siendo un personaje lo suficientemente interesante como para sostener la lectura. Su mundo, sus conflictos y su personalidad siguen teniendo tirón, incluso cuando el guion no está en su mejor momento. Eso es, en el fondo, lo que salva el tomo de caer en el olvido total.
La edición de Panini Comics, por su parte, cumple como en tomo anteriores. Contiene Spider-Man 2099 #39-#46, Spider-Man 2099 Special y Spider-Man 2099 meets Spider-Man con traducción de Santiago García. En definitiva, este cuarto volumen de Spiderman 2099 es un final que se queda a medio camino. Tiene momentos buenos, especialmente ese crossover que eleva el conjunto, pero también arrastra problemas evidentes de ritmo, coherencia y consistencia visual. No es el cierre que la serie merecía, pero tampoco es un desastre absoluto.

Es, más bien, un final tibio. De esos que lees con una sonrisa a medias, que no te enfadan, pero tampoco te emocionan, y que dejan una sensación persistente de oportunidad perdida. Porque al final, en un futuro lleno de tecnología imposible, corporaciones omnipresentes y héroes genéticamente alterados, lo más realista de todo resulta ser esto. Incluso las buenas historias pueden tener finales que no están a la altura. Y que, a veces, lo único que nos queda como lectores es encogernos de hombros, cerrar el tomo y pensar… “bueno, al menos el viaje tuvo sus momentos”.
