La Espada Salvaje de Conan 10. El azote de la serpiente: tres historias unidas por la sombra de Set

Hay cómics que llegan a tus manos como una promesa de aventura, y luego está el décimo tomo de «La Espada Salvaje de Conan», que llega como ese colega que te dice “vamos a tomar una” y acabas tres horas después escuchando historias de tres épocas distintas, con una serpiente malvada como hilo conductor y la sensación de que, sorprendentemente, todo encaja más o menos bien. Porque sí, este tomo editado en España por Panini Comics no es simplemente otro capítulo de Conan el Bárbaro (incluida la portada de Mike Mignola) repartiendo estopa con cara de pocos amigos, sino una especie de experimento con bastante más intención de lo que aparenta a simple vista. Y eso, en el mundo del cimerio, ya es decir mucho.

Partimos de una base interesante en estos relatos publicados por Titan Comics: esto no es una historia larga al uso, sino una especie de oda a “El azote de la serpiente”, lo que en términos modernos podríamos llamar un “epílogo vitaminado” o, siendo más honestos, un “oye, que nos quedaban cosas por contar y las vamos a contar ahora con estilo”. Jim Zub, que ya ha demostrado sobradamente que entiende el legado de Robert E. Howard mejor que muchos, decide aquí no conformarse con seguir la línea recta, sino expandirla en tres direcciones distintas, conectadas por una misma idea. Set no es un villano puntual, es una presencia constante, una infección narrativa que lleva dando guerra desde que el ser humano decidió que caminar erguido estaba bien, pero rendir culto a cosas raras también.

La primera historia, “Deudas pagadas dos veces”, es la que más claramente juega en terreno conocido, y eso no es una queja. Aquí tenemos a Conan en modo clásico: taciturno, cabreado, con un pasado reciente que pesa más que su espada y una tendencia muy sana a resolver conflictos mediante la violencia bien aplicada. La sombra de Bêlit sigue presente, como no podía ser de otra manera, y Zub aprovecha ese dolor para construir una historia que no solo tiene acción, sino también una carga emocional que, sin ponerse intensa, añade profundidad al personaje. Lo interesante es cómo se integra todo esto con el culto a Set, no como un añadido forzado, sino como una extensión natural del conflicto. No es “oh, mira, otra secta malvada”, sino “claro, esto tenía que estar aquí”. Y en ese equilibrio está gran parte del mérito.

Visualmente, Doug Braithwaite se marca un trabajo que da gusto ver. Su estilo en blanco y negro encaja como un guante con el tono de la serie, y consigue algo que no siempre es fácil: que cada golpe duela, que cada sombra pese y que cada escena tenga una claridad impecable. Su Conan no es solo un tipo fuerte, es una presencia física que parece salirse de la página para darte una colleja si no prestas atención. Hay clasicismo, sí, pero también una energía muy contemporánea que evita que todo huela a naftalina. Es, sin rodeos, uno de los puntos fuertes del tomo.

Luego llega “Colmillo y lanza” y decides si te gusta que te saquen de tu zona de confort o si preferías quedarte viendo a Conan repartir mandobles. Porque aquí nos vamos a la prehistoria, a un momento en el que la civilización era un concepto en desarrollo y Set ya estaba, cómo no, haciendo de las suyas. La historia es más breve y claramente más orientada al horror que a la aventura pura. Zub juega con el misterio, con lo desconocido, con esa sensación de que hay cosas que el ser humano no debería comprender… pero que, por desgracia, comprende igual. Mike Rooth cumple en el apartado gráfico con un estilo que quizá no tenga el impacto de Braithwaite o Roberto De La Torre, pero que funciona perfectamente para lo que se propone. Hay crudeza, hay cierta aspereza visual que encaja con el entorno y, sobre todo, permite que la historia fluya sin problemas. No es la parte más espectacular del tomo, pero sí una de las más interesantes a nivel conceptual, porque refuerza la idea de que Set no es un enemigo de Conan, sino algo mucho más grande y antiguo.

Entonces llegamos a “El baile de la serpiente”, que es básicamente el momento en el que el cómic decide quitarse la armadura, servirse un whisky y decir: “vamos a pasarlo bien”. Aquí entra en escena Stephen Costigan, otro personaje salido de la mente de Howard, pero muy lejos del tono habitual del cimerio. Costigan es un marinero boxeador, socarrón, algo bruto y con una tendencia a meterse en líos que haría que Conan pareciera prudente. La historia mezcla humor, acción, un toque de noir y, por supuesto, la inevitable presencia de Set, porque esta serpiente no se pierde una fiesta. El cambio de tono es radical, y eso puede ser tanto una virtud como un problema, dependiendo de lo que busques. Hay quien verá aquí una bocanada de aire fresco, un recordatorio de que el universo howardiano es más amplio de lo que parece y que no todo tiene que ser solemnidad y tragedia. Y hay quien pensará que esto desentona más que un bárbaro en una biblioteca. Lo cierto es que, más allá de gustos, la historia está bien construida y tiene un ritmo muy disfrutable. Roberto De La Torre, eso sí, se roba el espectáculo. Su trabajo es sencillamente impresionante, con un uso del claroscuro que roza lo obsceno de lo bien que está. Hay ecos de clásicos como Buscema, sí, pero también una personalidad propia que eleva cada página. Aunque realmente quien te viene a la cabeza viendo las páginas del boxeador es a Jordi Bernet de la serie Torpedo junto a Enrique Sánchez Abulí. Es de esos artistas que hacen que te detengas en cada viñeta no porque lo necesites para entender la historia, sino porque quieres disfrutarla. Y eso, en un cómic de estas características, es oro puro.

Quizá el mayor “pero” que se le puede poner es esa cierta falta de identidad clara en la serie en esta nueva etapa. A veces parece que no tiene del todo decidido si quiere ser una colección centrada en Conan con extras o una especie de revista pulp donde cabe cualquier cosa relacionada con Howard. Y aunque este número en concreto logra mantener cierta coherencia gracias al hilo conductor de Set, la duda sigue ahí, flotando como una amenaza silenciosa. Pero también se puede ver desde otro punto de vista: como una oportunidad. Porque esa falta de rigidez permite experimentar, probar cosas distintas y, de vez en cuando, sorprender al lector. Y en un mercado donde muchas series se limitan a repetir fórmulas hasta el agotamiento, eso tiene su valor.

En definitiva, este décimo número es una lectura muy disfrutable, con una historia principal potente, un experimento prehistórico interesante y un cierre que, como mínimo, no deja indiferente. Es un cómic que entiende de dónde viene, que respeta su legado y que, al mismo tiempo, no tiene miedo de jugar con él. Y eso, en el mundo de la espada y brujería, donde la tradición pesa tanto como una armadura completa, es digno de aplauso. Porque al final, más allá de serpientes ancestrales, marineros bocazas y bárbaros con problemas de gestión emocional, lo que queda es la sensación de haber pasado un buen rato. Y, en el fondo, eso es exactamente lo que debería hacer siempre un buen cómic de Conan.

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