Hay algo profundamente maravilloso y ligeramente sospechoso en el hecho de que uno de los cómics más ambiciosos, caóticos y entrañables de Marvel naciera, literalmente, de una caja de juguetes de la empresa Hasbro. No de una idea revolucionaria surgida en una tormenta creativa, ni de un autor empeñado en redefinir el género. Sino de unas figuritas de plástico con más articulaciones que personalidad. Y, sin embargo, aquí estamos. Décadas después, sosteniendo entre las manos el primero de los tomos de «Los Micronautas». Un mastodóntico omnibus que demuestra que, con suficiente imaginación, incluso un catálogo de muñecos puede convertirse en una epopeya cósmica con aspiraciones filosóficas.

La mente detrás de este milagro improbable es Bill Mantlo, un guionista que, lejos de limitarse a poner nombres molones a los personajes y hacerlos pelear, decidió que aquello merecía profundidad. Y vaya si se la dio. Porque lo que podría haber sido una simple excusa para vender más juguetes se convierte aquí en una historia sobre tiranía, resistencia, identidad, sacrificio y sí, también sobre tipos diminutos que aterrizan en jardines humanos y son confundidos con juguetes.
El punto de partida es tan delirante como fascinante: el Microverso, un universo completo contenido dentro de nuestro propio mundo, donde existen planetas, razas, conflictos políticos y, por supuesto, un villano con ínfulas de dictador llamado Barón Karza. Este concepto, que en manos menos atrevidas podría haberse quedado en una simple curiosidad, se convierte aquí en el núcleo de toda la trama. Y no, no intentes entenderlo demasiado. ¿Está dentro de un átomo? ¿Hay múltiples microversos? ¿Por qué siempre se llega al mismo? Son preguntas legítimas… que el cómic responde con un elegante “no te preocupes por eso”. Y haces bien en no preocuparte, porque lo importante no es la lógica, sino la sensación de aventura constante. Mantlo escribe como si cada número fuera el último, lanzando ideas sin red de seguridad, mezclando ciencia ficción con fantasía heroica, y salpicándolo todo con una carga emocional que, sorprendentemente, funciona. Porque sí, estos personajes pueden venir de juguetes, pero sienten, sufren y evolucionan como si llevaran décadas en el Universo Marvel.

El grupo protagonista es un pequeño (literalmente) desfile de arquetipos bien aprovechados. Arcturus Rann, el explorador que regresa tras mil años de viaje, es el héroe clásico con un toque melancólico. Marioneta, princesa y líder de la resistencia, combina nobleza y determinación con una naturalidad que ya quisieran muchos personajes actuales. Acroyear, con su conflicto familiar digno de tragedia shakesperiana, aporta ese toque de drama que siempre viene bien. Biotrón y Microtrón que son robots pensantes que uno de ellos recuerda en cierto modo a R2D2. Y luego está Bicho. Ese personaje que parece diseñado para vender muñecos a niños y que termina siendo uno de los más carismáticos, divertidos y sorprendentemente humanos del grupo. Frente a ellos se alza Barón Karza, un villano que no se conforma con ser malvado: necesita ser teatral, opresivo y, si puede, ligeramente perturbador. Su régimen en Mundo Hogar no es solo una excusa para generar conflicto, sino una representación bastante clara de una sociedad desigual, donde los privilegiados viven eternamente mientras los demás sirven como piezas reemplazables. En un cómic basado en juguetes, pero si te adentras más allá de lo superficial nos encontramos con una gran crítica social.
Uno de los aspectos más fascinantes del tomo es cómo se mueve constantemente entre lo épico y lo absurdamente cotidiano. Un momento estás asistiendo a una rebelión contra un régimen tiránico en un planeta subatómico, y al siguiente estás viendo a los protagonistas escondidos en el jardín de una casa, intentando no ser aplastados por un niño curioso. Esta dualidad, lejos de ser un problema, es parte de su encanto. Porque este tebeo nunca se toma demasiado en serio… pero tampoco se ríe de sí mismo. Está en ese punto intermedio donde todo vale, siempre que sea divertido. Y hablando de diversión, hay que mencionar la integración con el Universo Marvel. Porque, por supuesto, en algún momento tenían que aparecer invitados. Y lo hacen. Desde Los Cuatro Fantásticos hasta SHIELD, pasando por el siempre oportuno Hombre-Cosa, la serie se cruza con el resto del universo como si llevara toda la vida formando parte de él. Y lo más sorprendente es que funciona. Más o menos. Bueno, funciona lo suficiente como para que no te importe demasiado cuando las explicaciones empiezan a hacer aguas.

En el aspecto gráfico, el tomo es un viaje con altibajos, aunque eso forma parte de su identidad. La etapa inicial de Michael Golden es, sin rodeos, espectacular. Su estilo detallado, dinámico y lleno de personalidad eleva el material y le da una identidad propia. Cada página tiene energía, cada escena transmite movimiento, y todo parece formar parte de algo grande. Luego llega Howard Chaykin, y el cambio se nota. No es que su trabajo sea malo, pero sí menos impactante, menos cohesionado con lo que venía antes. Es como cambiar de director en mitad de una película: la historia sigue, pero el tono se resiente. Aun así, aporta su propia visión, y eso también tiene su valor. Pero el verdadero resurgir llega con Pat Broderick, que toma el relevo y consigue devolverle a la serie parte de la épica perdida. Su estilo es sólido, claro y eficaz, lo que permite que las ideas de Mantlo, por muy locas que sean, se entiendan mejor. Y eso, en un cómic donde aparecen conceptos como la Fuerza Enigma o la Mundomente, no es poca cosa.
Mención especial merece Steve Ditko, que aparece en los anuales como ese invitado legendario que llega, cuenta sus historias y se va sin explicar demasiado. Sus relatos son curiosos, a veces desconectados, y tienen ese aire clásico que puede resultar encantador o ligeramente fuera de lugar, dependiendo del lector y del momento. De igual manera queda por mencionar a Rich Buckler que completa este quinteto de dibujantes aportando su granito de arena en el Annual #2. Debemos también recalcar que los dibujantes están acompañados en el entintado y el color por una cantidad de autores sobradamente conocidos como son Josef Rubinstein, Bob McLeod, Armando Gil, Danny Bulanadi, Glynis Wein, Bob Sharen o Doc Martin entre otros. Cada uno de estos autores da su toque al tebeo para conseguir que el nivel se mantenga estable en casi todos los números.

Este tomo es una montaña rusa. Empieza con fuerza, se pierde un poco en el camino, y luego vuelve a encontrar el rumbo con una serie de tramas más cohesionadas y ambiciosas. Hay momentos en los que parece que Mantlo está improvisando sobre la marcha, introduciendo ideas que luego no desarrolla del todo. Pero también hay otros en los que todo encaja sorprendentemente bien, creando una sensación de continuidad que no siempre es fácil de lograr en una serie tan cambiante. Uno de los elementos más interesantes es la evolución de los personajes. No se quedan estancados, no repiten fórmulas. Cambian, crecen, se equivocan. Las relaciones entre ellos se desarrollan de forma orgánica, especialmente el romance entre Rann y Marioneta, que evita caer en clichés fáciles y aporta un toque emocional muy necesario.
El tramo final del tomo es, probablemente, lo mejor de todo el conjunto. Aquí es donde Mantlo demuestra que, pese al caos inicial, tenía una visión clara de hacia dónde quería ir. Las tramas se entrelazan, los personajes alcanzan su punto álgido y la amenaza de Karza se siente más real que nunca. Hay sacrificios, revelaciones y momentos de auténtica épica que hacen que el viaje haya merecido la pena. Eso no significa que todo sea perfecto. Hay episodios que se sienten muy de relleno, villanos que aparecen y desaparecen sin dejar mucha huella, y decisiones que parecen tomadas sobre la marcha. Pero incluso en esos momentos, hay algo que mantiene el interés: la sensación de que cualquier cosa puede pasar. Y quizá esa sea la clave de Los Micronautas. No es un cómic perfecto, ni pretende serlo. Es un cómic valiente, imaginativo y, en ocasiones, completamente desquiciado. Pero también es honesto. No intenta engañar al lector ni aparentar ser más de lo que es. Es una aventura nacida de una idea improbable que, contra todo pronóstico, funciona.

La edición de Panini Comics junto a SD Distribuciones, por su parte, es todo lo que cabría esperar de un ómnibus de la línea Marvel Limited Edition de estas características. Incluye los números The Micronauts #1 al #29 con los dos primeros Annuals y material de The Micronauts Special Edition números 1 a 5 con traducción de Raúl Sastre y Uriel López. Con una introducción escrita por Chris Ryall. Además de material adicional, páginas de correo llamado Micromails y varios textos escritos por el mismo Mantlo para explicar todo lo que aparece en el tebeo. Vamos lo que es un auténtico festín para el lector que quiere sumergirse no solo en la historia, sino en el contexto en el que fue creada.
En definitiva, este primer tomo de «Los Micronautas» es una experiencia interesante. No siempre coherente, no siempre brillante, pero sí constantemente encantadora. Es un recordatorio de una época en la que los cómics podían permitirse ser raros, experimentar sin miedo y mezclar conceptos imposibles sin pedir permiso. Puede que empieces leyéndolo por curiosidad, atraído por su condición de “obra recuperada”. Pero lo más probable es que te quedes por sus personajes, por su energía y por esa sensación de estar leyendo algo único. Siempre con ganas del segundo integral que asoma por la puerta. Y al final, cuando cierres el tomo, quizá te descubras pensando lo mismo que muchos antes: que, a veces, las mejores historias nacen de los lugares más inesperados. Incluso de una caja de juguetes olvidada.
