Herminio Bolaextra: no queda casi. Un impresentable de manual

Hay despedidas que se anuncian con solemnidad, música de violines y discursos que huelen a colonia Brumel. Y luego está Herminio Bolaextra que se despide como quien te eructa en la cara y te dice “tranquilo, que aún queda otra más”. Porque sí, esto es un casi adiós, pero a la manera de Herminio. Sucio, incómodo y con la elegancia de un cenicero lleno en plena ola de calor o de un pedete bien tirado en un coche con las ventanillas subidas. Aquí, Mauro Entrialgo decide que ya va siendo hora de jubilar (o más bien ejecutar con premeditación y alevosía) a su criatura más cafre. Ese prodigio de la incorrección llamado Herminio. Un personaje que lleva desde finales de los 80 demostrando que siempre se puede ser un poco peor persona, un poco más mezquino y, sobre todo, un poco más insoportable. Y lo ha hecho con constancia, que es lo verdaderamente admirable.

El tomo recopila historietas publicadas en la irreductible TMEO entre 2010 y 2026. Es decir, más de una década de comportamientos cuestionables empaquetados con cariño (o con algo que se le parece) por Astiberri. Y claro, uno se enfrenta a este volumen con la expectativa de encontrar el clásico desfile de barbaridades made in Herminio… pero también con una ligera sospecha: ¿seguirá funcionando este tipo de humor en un mundo que parece haberse convertido en su propia parodia? La respuesta, como todo lo que rodea a Herminio, es incómoda. Porque Herminio sigue siendo Herminio. Redactor del periódico El Caos (un medio que, siendo sinceros, podría pasar perfectamente por una cabecera real, que si lo pensamos un poco no esta tan lejos de la realidad), dedica su tiempo libre a ejercer de ser humano defectuoso a jornada completa. No es que haga cosas mal. Es que hace de hacerlo mal una filosofía de vida. Y a su lado, Miguelito, fiel escudero de la estupidez, demuestra que siempre hay alguien dispuesto a acompañarte en el descenso a los infiernos si hay cerveza de por medio.

Las historietas se suceden como pequeñas bombas de incorrección: discusiones absurdas, actitudes incívicas, comentarios fuera de lugar y decisiones que harían sonrojar a cualquier persona con un mínimo de vergüenza (vamos que Torrente estaría orgulloso de este personaje). Es humor de trinchera, de ese que no busca caer bien sino más bien incomodar, pinchar y, si se puede, sacar de quicio. Y durante muchos años, funcionó precisamente por eso: porque Herminio era un espejo deformado de lo peor de nosotros mismos. El problema (y aquí empieza la parte interesante) es que el espejo ha dejado de deformar tanto.

Cuando tienes políticos que convierten la falta de respeto en estrategia, comunicadores que hacen de la humillación su marca personal y creadores de contenido que monetizan la miseria ajena, Herminio deja de ser un provocador para convertirse en un amateur. Un aficionado con buenas intenciones (o malas, pero limitadas). Y eso, paradójicamente, le quita fuerza al personaje. No porque haya envejecido mal (de hecho, sigue siendo igual de miserable que siempre) sino porque el contexto ha cambiado. Antes, Herminio era ese tío que rompía las normas sociales. Ahora, es casi el único que parece jugar en una liga amateur mientras los profesionales del desastre campan a sus anchas en prime time rodeados de hormigas.

Así que, sin pretenderlo (o quizá sí, porque Entrialgo no es precisamente ingenuo), en una especie de documento histórico. Una recopilación que no solo muestra la evolución del personaje, sino también la del mundo que lo rodea. Y lo que muestra no es especialmente reconfortante. La realidad ha decidido tomarse demasiado en serio las bromas que antes solo funcionaban en viñetas. Eso no significa que el cómic no tenga gracia. La tiene, y mucha. Entrialgo sigue manejando el ritmo cómico con una precisión envidiable. Sus diálogos son afilados, sus remates funcionan y su capacidad para construir situaciones absurdas sigue intacta. Hay momentos en los que te ríes sin remedio, aunque sea con esa risa incómoda que viene acompañada de un “madre mía, qué acabo de leer”.

Gráficamente, el autor mantiene su estilo característico: líneas limpias, composición sencilla y una expresividad que no necesita grandes alardes para funcionar. Aquí no hay espectáculo visual, ni falta que hace. El foco está en el contenido, en el golpe de humor, en la idea. Es un dibujo al servicio del chiste, no al revés, y eso le da una coherencia que muchos cómics más “bonitos” ya quisieran.

Pero volvamos a lo importante: el final. Porque este tomo no es el final, pero casi(como trata el titulo «No queda casi«). Es ese momento en el que te dicen que la fiesta se acaba dentro de poco, pero aún puedes pedir una última ronda. Así que este tebeo se lee también como una despedida consciente. Como un “hasta aquí hemos llegado” que no busca redención ni cierre emocional. No esperes un Herminio reflexivo ni un giro hacia la ternura. Esto no es ese tipo de historia. Aquí se viene a lo de siempre. A ver cómo el protagonista se comporta como un energúmeno y, de paso, nos obliga a preguntarnos por qué nos hace gracia. Y ahí está la clave.

Porque reírte con Herminio siempre ha tenido algo de complicidad incómoda. Sabes que está mal, pero te ríes igual. Y en ese gesto hay una pequeña confesión: todos tenemos algo de Herminio. No en el grado, esperamos, pero sí en la tentación. En esa voz interna que dice “hazlo, total, qué más da”. Lo inquietante es que, viendo el panorama actual, esa voz ya no suena tan marginal.

En definitiva, este comic de Herminio Bolaextra es mucho más que una recopilación de historietas gamberras que se hace por primera vez desde que se publicaron. Es un recordatorio de que el humor más incómodo suele ser el que más cerca está de la realidad. Y también una despedida anticipada de un personaje que, sin quererlo, ha sido adelantado por la vida misma. Queda un último tomo que promete poner el broche final a esta trayectoria de incivismo militante. Y uno no sabe muy bien qué esperar: si una despedida a la altura del personaje o una última gamberrada que cierre el círculo con un dedo levantado y una sonrisa torcida. En cualquier caso, lo que está claro es que Herminio no se va porque haya aprendido nada. Se va porque el mundo ha decidido ponerse a su altura… y, en algunos casos, superarle. Y eso sí que da miedo. Pero oye, al menos nos podemos reír. Aunque sea por no llorar.

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