Abandonados: cuando el amor no tiene dónde quedarse

Escribir del tebeo que tengo entre manos no es difícil en el sentido habitual en que algo resulta complejo de reseñar. Es difícil de una forma mucho más incómoda. Cada frase que intentas construir parece quedarse corta, como si el lenguaje se volviera de repente demasiado pequeño para contener lo que este cómic despierta. Uno empieza queriendo analizar una historia y acaba midiendo el peso de sus propias emociones. Y en ese punto, ya no estás reseñando nada. Estás intentando no romperte mientras recuerdas lo que acabas de leer. Hay obras que se explican. Otras se interpretan. «Abandonados», de David Muñoz y Tirso Cons, en cambio, se siente primero y se comprende después. Si es que se puede comprender del todo, porque lo que plantea no es una trama que puedas resumir con claridad sin traicionarla, sino una experiencia que te obliga a bajar el ritmo, a callarte un poco por dentro, a aceptar que hay historias que no se dejan encerrar en palabras sin perder parte de su verdad. Quizá por eso resulta tan complicado escribir sobre ella. Porque cada intento de explicarla parece una forma de simplificar algo que conmueve y muchas veces las palabras no relatan tanto como las imágenes.

David Muñoz y Tirso Cons no construyen una historia, sino una experiencia que avanza como un susurro, hasta que te rompe por dentro sin hacer ruido. Todo arranca con una mujer de setenta años que ya ha sobrevivido a lo irreparable: la muerte de su hijo. Y cuando la vida ya te ha quitado lo esencial, uno aprende a vivir no por esperanza, sino por inercia. Hasta que aparece Valiente. Un perro. Un nombre que parece una promesa. Y, durante un tiempo, lo es.

Lo que Muñoz y Cons plantean desde ese punto es algo extraordinariamente delicado. No hablan de la superación del dolor, sino de la forma en que el dolor cambia de compañía. La mujer no “se recupera” de su pérdida, simplemente encuentra una forma distinta de no caerse del todo. Valiente no es una cura, no es una solución, no es un símbolo forzado. Es presencia. Es rutina. Es ese pequeño hilo que evita que todo se deshaga. Y entonces llega el golpe. No uno de esos golpes espectaculares de ficción que buscan sacudirte, sino el tipo de golpe que podría ocurrir mañana en cualquier vida real. Un accidente. Una evacuación. Una central nuclear. Y de repente, el mundo deja de ser un lugar habitable en el sentido más literal y más emocional de la palabra. No hay tiempo para pensar, no hay espacio para negociar con lo inevitable. Solo queda elegir lo imposible. Y lo imposible, aquí, tiene nombre: abandonar a Valiente.

A partir de ese instante, Abandonados deja de ser una historia para convertirse en dos respiraciones separadas. Dos vidas que siguen en paralelo, unidas por algo que no se ve pero que lo sostiene todo. La mujer, arrancada de su hogar, intenta sobrevivir en una realidad nueva que no reconoce como suya. Valiente, atrapado en el otro lado de la valla, en una zona contaminada donde la vida se vuelve instinto puro, aprende a existir sin entender por qué ha sido dejado atrás. Sin embargo, lo más devastador no es la separación física. Es lo que permanece intacto. Porque el vínculo entre ambos no se rompe, no se debilita, no desaparece. Simplemente deja de tener forma. Es como si el amor siguiera existiendo, pero hubiera perdido el idioma en el que expresarse.

El trabajo artístico de Tirso Cons es de una sensibilidad brutal. No hay aquí exageración ni artificio. Hay silencios dibujados. Hay espacios vacíos que pesan más que cualquier diálogo. Hay un mundo que se desmorona no con estruendo, sino con ausencia. La zona contaminada no es solo un escenario. Es una metáfora silenciosa de todo lo que queda cuando la vida se retira. Y en medio de ese paisaje roto, Valiente se mueve como puede, no como héroe, sino como lo que es: alguien que no entiende la pérdida, pero la sufre igual. Y ese es el verdadero centro del cómic. No la catástrofe, no el accidente, no el contexto. Sino la forma en que un ser que no racionaliza el mundo sigue buscando algo que ya no está. Valiente no busca sobrevivir por instinto únicamente. Busca porque algo en él (algo que no tiene palabras) todavía espera.

Mientras tanto, la mujer carga con una culpa que no necesita explicarse para existir. No hay monólogos largos ni confesiones dramáticas. Hay gestos mínimos, miradas perdidas, una forma de caminar por el mundo como si cada paso fuera una pregunta sin respuesta. Y en ese contraste entre ambos lados de la historia, Muñoz y Cons construyen algo devastador. La idea de que el amor no desaparece con la distancia, pero puede convertirse en una forma de dolor constante.

Hay páginas que no se leen: se graban a fuego en la retina. Se adhieren a ti de una manera difícil de explicar. No por lo que muestran, sino por lo que sugieren. Un plato sin terminar. Una casa vacía. Un perro esperando algo que no sabe nombrar. Una mujer intentando convencerse de que seguir adelante no es traicionar lo que dejó atrás. En ese equilibrio tan frágil es donde el cómic alcanza su verdad más profunda. No hay decisiones correctas en ciertas pérdidas. Solo hay decisiones necesarias. Y las decisiones necesarias casi siempre dejan heridas.

Lo más admirable de la obra es que nunca cae en la manipulación emocional fácil. No hay música de fondo, no hay subrayados sentimentales, no hay golpes bajos. Hay honestidad. Una honestidad que a veces resulta incómoda porque no te permite refugiarte en la ficción como escape. Te obliga a quedarte. A mirar. A sentir sin protección. El lector, inevitablemente, empieza a proyectar. Empieza a pensar en sus propios abandonos. En las ausencias que no terminan de cerrarse. En los vínculos que siguen existiendo, aunque la vida haya cambiado de dirección. Y ahí el cómic deja de ser historia ajena para convertirse en espejo.

«Abandonados» no habla solo de una mujer y su perro. Habla de todos los que, en algún momento, han tenido que seguir caminando con algo roto dentro. Habla de lo que no se dice cuando se pierde algo irreemplazable. Habla de esa forma silenciosa de amor que no necesita presencia para seguir doliendo. El paso del tiempo en la obra no cura, solo modifica. No borra, solo reubica el dolor. Y eso es lo que hace que su lectura sea tan difícil de olvidar. No hay cierre real, no hay redención completa. Hay vida. Y la vida, aquí, no se presenta como consuelo, sino como continuación.

Cuando llegas a la última página de las 232 que contiene este tebeo de Astiberri, llega ese silencio extraño que solo dejan las historias que han tocado algo profundo. Entiendes que lo que has leído no se queda en el papel. Se queda contigo. En la forma en que miras ciertas ausencias, en cómo recuerdas a quienes ya no están, en ese nudo discreto que aparece sin avisar y que, por una vez, no quieres desatar. Por eso, más allá de cualquier análisis, de cualquier intento de explicar lo que esta obra consigue, solo queda detenerse un momento y dar las gracias. Gracias a David Muñoz y Tirso Cons por haber tenido el valor de contar una historia así. Por no apartar la mirada. Por confiar en la sensibilidad del lector. Por construir una historia con honestidad, un relato que no busca consolar, sino acompañar. Gracias por dibujar el dolor sin artificios, pero también por dejar espacio a la ternura. Por recordarnos que incluso en medio de la pérdida más devastadora sigue existiendo algo que merece la pena: el rastro de lo que amamos. Y gracias, sobre todo, por crear un tebeo que no se limita a leerse, sino que se queda a vivir dentro de quien se atreve a abrirlo. Porque «Abandonados» no es solo una obra hermosa. Es un regalo. Uno de esos que duelen… y que, precisamente por eso, nunca se olvidan.

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