Meseta: Estado de excepción

Si viajar en esa empresas que compartes el coche ya es una ruleta rusa, con preguntas como: ¿me tocará el conductor que pone reguetón? ¿la pasajera que habla de sus problemas con su madre? o ¿el señor que no para de hablar de política?, imaginad hacerlo en un país bajo estado de excepción, con controles en carretera, rumores de disturbios y una tensión ambiental que corta más que el aire acondicionado del asiento trasero. Pues eso, pero peor. Mucho peor. Porque en «Meseta», de Luis Bustos, el viaje compartido no solo te obliga a soportar opiniones incómodas: te arrastra hasta el corazón oscuro de una España que ha decidido ponerse en modo “retro” y no precisamente para recuperar la Movida.

La premisa es deliciosa en su sencillez: Viri, Pablo y Ramón, tres desconocidos con más aristas que una estrella ninja, comparten coche desde Barcelona hasta Madrid. El país acaba de entrar en estado de excepción. Hay controles, hay miedo, hay esa sensación de que algo se ha roto y nadie sabe cómo pegarlo sin que se note la grieta. Lo que empieza como un viaje incomodo pronto se convierte en una deriva inquietante. Atravesando la meseta castellana, aparece un lugar con un cartel de neón parpadeante como si estuviera avisando: “Aquí pasan cosas. Y ninguna buena”. Lo brillante de Meseta es que arranca casi como una comedia social de incomodidades. Tres personas que no se habrían cruzado jamás compartiendo kilómetros, silencios, opiniones políticas que nadie pidió y traumas que nadie sabe dónde colocar. Bustos sabe captar ese pequeño teatro del coche compartido. Las miradas por el retrovisor, las frases a medio terminar, el móvil como refugio cuando la conversación se enrarece. Hay humor, sí, pero es un humor que duele un poco, como reírse en un funeral porque no sabes qué más hacer.

Pablo viaja con prisa y con culpa. Quiere despedirse de su madre antes de que sea demasiado tarde. Es el personaje más reconocible, el que parece más “normal”, el que aún cree que el mundo puede tener cierta lógica si uno se da suficiente prisa. Viri es opaca, misteriosa, marcada por una situación que la coloca en los márgenes. Su silencio no es vacío: es resistencia. Y luego está Ramón. Ex policía, ideológicamente escorado (hacia ese punto más allá de la derecha), con gabardina moral arrugada y un discurso que huele a naftalina (o en palabras más duras… a “mierda”). Ramón es el anacronismo que nunca se fue del todo.

Bustos juega con los códigos del thriller y del horror con una naturalidad pasmosa. Hay ecos de H. P. Lovecraft, por supuesto: cultos extraños, referencias esotéricas, la sensación de que bajo la superficie de lo cotidiano late algo antiguo y terrible. Pero lo verdaderamente inquietante no son las posibles entidades cósmicas, sino las humanas. Las que se organizan, las que manipulan, las que convierten el miedo colectivo en herramienta política. El estado de excepción que sobrevuela la historia recuerda inevitablemente a la pandemia, pero también a cualquier momento histórico donde la incertidumbre abre la puerta a soluciones autoritarias con envoltorio de orden. En ese sentido, Meseta es un espejo ligeramente deformado de la España contemporánea. Bustos no señala con el dedo, pero tampoco disimula. El auge de la extrema derecha (vamos los franquistas en pocas palabras), la crispación constante, la sensación de que el debate público se ha convertido en un ring sin árbitro todo eso se filtra en la narración sin que el cómic se convierta en panfleto. La crítica está integrada en la trama, en los diálogos, en las decisiones de los personajes. Es orgánica. Y duele más por eso.

Lo fascinante es cómo el autor mezcla ese análisis sociopolítico con el lenguaje de la serie B más juguetona. Hay algo de cine de carretera, algo de club siniestro perdido en la nada, algo de ritual extraño que podría salir mal en cualquier momento. Pero en lugar de caer en la parodia, Bustos equilibra el tono con precisión quirúrgica. Te ríes, sí, pero al segundo siguiente sientes un nudo en el estómago.

Gran parte de esa efectividad reside en el dibujo. El blanco y negro de Bustos no es una elección estética caprichosa. Es una declaración de intenciones. Las páginas están construidas con un contraste feroz, donde la sombra devora espacios y las luces parecen interrogatorios. No hay complacencia. No hay color que suavice el golpe. Cada viñeta parece decir: “Mira bien. Esto es lo que hay”. Aquí tiene un estilo depurado, más seco. Las escenas de acción son claras y contundentes, y la composición de página guía la lectura con una fluidez que hace que el tebeo se devore casi sin darte cuenta. Y cuando quieres reaccionar, ya estás atrapado.

La meseta castellana, tan asociada a la idea de vacío, se convierte aquí en un personaje más. Un espacio donde el horizonte parece infinito y, sin embargo, la sensación es de encierro. Bustos entiende el poder simbólico del paisaje. Esa planicie es el corazón geográfico del país, pero también su núcleo ideológico, su punto de ebullición. Allí, lejos del bullicio urbano, las cosas se radicalizan. Se simplifican. Se vuelven más brutales. Los personajes atraviesan una auténtica ordalía. Ninguno sale indemne. Ninguno es exactamente el mismo al final del trayecto. Y eso es uno de los mayores aciertos: no hay héroes impolutos. Ramón, pese a su ideología cuestionable y su actitud áspera, gana a medida que la historia avanza. No es redimido, pero tampoco es caricaturizado. Viri y Pablo también evolucionan, enfrentándose a miedos que van más allá de lo inmediato. La experiencia compartida los transforma, aunque no necesariamente para mejor.

La edición de Astiberri presenta un volumen de 136 páginas en blanco y negro, encuadernado en cartoné y con un formato que resulta cómodo, pero con la suficiente presencia para lucir el dibujo. Por eso, al cerrar el comic, uno no puede evitar pensar que la carretera entre Barcelona y Madrid nunca volverá a ser igual. Que cada área de servicio puede esconder algo más que café recalentado. Que la meseta, tan aparentemente plana, puede ocultar abismos ideológicos y morales bajo su superficie. Y que, quizá, el verdadero estado de excepción no sea el que se decreta en los boletines oficiales, sino el que se instala en la mente colectiva cuando el miedo empieza a dictar las normas. Leer «Meseta» es reírse al principio, tensarse después y, finalmente, mirar alrededor con una ligera sospecha. Y si un cómic consigue eso, además de ofrecer un espectáculo gráfico de primer nivel, es que ha dado en el clavo.

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