Hay personajes que evolucionan. Hay personajes que cambian de traje. Y luego está el Caballero Luna, que directamente cambia de siglo, de identidad, de estilo artístico y de género narrativo como quien cambia de fase lunar. «Las fases del Caballero Luna» no es solo un título bonito: es una declaración de intenciones. Aquí no venimos a contar “la” historia del puño de Khonshu. Venimos a abrir el armario y enseñarte todos los trajes posibles del dios de la noche. Publicada originalmente como Phases of the Moon Knight, esta miniserie funciona como una antología de relatos breves ambientados entre el 824 a.C. y el año 2846. Nueve historias. Nueve encarnaciones. Nueve maneras de entender qué significa ser el puño de Khonshu. Y, como toda buena antología, un carrusel de sensaciones que va del entusiasmo a la perplejidad sin pedir permiso.

El plantel de guionistas es tan variado que parece una convención improvisada en el templo del comic: Erica Schultz, Benjamin Percy, Jed MacKay, Declan Shalvey, Yuji Kaku, Justina Ireland, Chris Giarrusso, Fabian Nicieza y Tom Waltz. Un abanico generacional y estilístico que deja claro que la intención no es consolidar una etapa, sino explorar posibilidades. La historia firmada por MacKay es, sin discusión, el ancla del tomo. El guionista que ha revitalizado al personaje en los últimos años demuestra que entiende a Marc Spector desde dentro: su culpa, su sentido del deber o su relación enfermiza con Khonshu. En apenas unas páginas condensa identidad, legado y homenaje. Se nota que no escribe “sobre” el personaje, sino “desde” el personaje. Es una historia que respira coherencia y cariño. En contraste, la propuesta de Yuji Kaku es la más rupturista. Su aproximación, con ecos del manga y una reinterpretación infantil del concepto lunar, es un giro que puede descolocar a los puristas, pero que encarna a la perfección el espíritu del volumen.
Es una obra atrevida, distinta y, aunque no todos conectarán con ella, resulta refrescante. Benjamin Percy opta por mirar al pasado con una trama más clásica, casi de crónica histórica, mientras que Declan Shalvey explora un futuro de acción más directa y musculosa. Justina Ireland introduce una figura pensada claramente para tener recorrido posterior, con una sensibilidad moderna y un enfoque más identitario. Fabian Nicieza aporta veteranía, aunque su relato se siente algo más convencional. Y Chris Giarrusso decide romper el tono general con una pieza paródica que juega con el estatus actual del personaje, rebajando solemnidad y recordándonos que, a veces, incluso los avatares de un dios egipcio pueden reírse de sí mismos. El problema (si queremos llamarlo así) es la irregularidad. Hay relatos que parecen bocetos ampliados, semillas para futuros proyectos que aún no existen. Otros sí funcionan como pequeñas ostras cerradas. El conjunto no busca una trama unitaria, sino un mosaico conceptual. Y eso, dependiendo del lector, puede ser virtud o frustración.

Si el guion es un laboratorio, el dibujo es directamente un festival. El trabajo de Jorge Fornés en la historia de MacKay es una de las grandes joyas del volumen. Su trazo elegante, su dominio de la sombra evocan el clasicismo del personaje sin caer en el mimetismo. Los colores de Lee Loughridge potencian esa atmósfera nocturna, jugando con contrastes y silencios visuales. Es, probablemente, el segmento más redondo del tomo. Rod Reis aporta una estética más pictórica y experimental, con un uso del color que roza lo onírico. Sus páginas tienen textura, personalidad, riesgo. No buscan agradar a todo el mundo, pero sí dejar huella. Manuel García, Eder Messias, Daniel Bayliss, Moisés Hidalgo, Ken Lashley y Brian Level completan el elenco con estilos que oscilan entre lo más superheroico tradicional y lo más estilizado. La sensación constante es la de estar hojeando un catálogo de universos alternativos. Cada historia se ve diferente. Cada fase lunar tiene su propia identidad visual. Y aunque eso refuerza la idea antológica, también contribuye a la percepción de fragmentación. No hay una línea estética común, pero quizá no la necesitaba. El color merece mención aparte. Ceci de la Cruz, Rod Reis, Lee Loughridge, Yen Nitro, Dee Cunniffe, Fer Sifuentes-Sujo, Erick Arciniega y Antonio Fabela construyen atmósferas muy diferenciadas. Hay noches azules y silenciosas, lunas rojas que presagian violencia, futuros fríos de neón y pasados teñidos de polvo y sangre. El Caballero Luna siempre ha sido un personaje de contrastes lumínicos, y aquí ese rasgo se explota con generosidad.
La edición española de Panini Cómics cumple con lo esperado en su línea 100% Marvel. Formato en rústica, con traducción de Gonzalo Quesada que mantiene el tono entre lo solemne y lo introspectivo, sin caer en excesos grandilocuentes. Además de una introducción de Raúl Gutiérrez Martínez junto a varias portadas alternativas de autores como Salvador Larroca o Iván Tao entre otros.

Quizá el mejor modo de cerrar «Las fases del Caballero Luna» no sea preguntarse si es un tomo imprescindible, sino aceptar que es un reflejo perfecto de su protagonista: cambiante, irregular, fascinante a ratos y desconcertante en otros. Cuando llegas a la última página no tienes la sensación de haber asistido a un gran acontecimiento que redefina el mito, sino a algo más curioso y, en cierto modo, más honesto: un experimento abierto. Como si Marvel hubiera decidido dejar la puerta del templo entreabierta y permitir que distintas voces probaran suerte con el eco de Khonshu resonando de fondo.
Porque este volumen no va de certezas, va de posibilidades. No te dice “esto es el Caballero Luna”, sino “esto también podría serlo”. En esa ambigüedad está su fuerza. Puede que una historia te parezca brillante y otra se te diluya en la memoria al día siguiente. Puede que conectes con una versión futurista y te dé igual la medieval. Pero al final todo encaja dentro de esa idea mayor. El Caballero Luna no es una estatua de mármol, es una sombra proyectada sobre la pared, y la sombra cambia según la luz. Cerrar el tomo es como mirar el cielo y entender que la luna nunca es exactamente la misma dos noches seguidas. A veces llena, a veces oculta, a veces roja y amenazante. Y el personaje funciona igual: muta, se adapta, se reinventa sin pedir permiso. Puede que este volumen no sea el más sólido de su trayectoria reciente, pero sí es uno de los más reveladores en cuanto a lo que representa hoy en día: una marca flexible, un símbolo moldeable, un concepto que admite reinterpretaciones casi infinitas. Eso, lejos de ser una debilidad, es su mayor superpoder. Porque mientras otros héroes viven atrapados en su versión definitiva, el Caballero Luna siempre puede volver con otro rostro, otro traje y otra voz susurrándole desde la noche. Así que terminas la lectura con una media sonrisa, consciente de que no todas las fases han brillado igual, pero también de que el ciclo no ha hecho más que continuar. Y cuando la próxima luna asome por la estantería, probablemente volveremos a mirar.
