Miracleman: un espectáculo fascinante

Si alguna vez has visto un omnibus y has pensado “esto podría usarse como arma contundente en una pelea de bar”, el Marvel Omnibus de Miracleman entra directo en esa categoría. Es grande, es pesado y, lo más importante, contiene una de las historias más salvajemente inteligentes que ha dado el cómic de superhéroes. No es solo un tebeo. Es un evento, una experiencia y, para algunos lectores entre los que me incluyo una de las lecturas más apasionantes del comic.

Antes de que alguien empiece a volar por los cielos, hay que presentar al abuelo del invento. El personaje nace en los años 50 de la mano de Mick Anglo, en una época en la que los cómics eran más ingenuos, más coloridos y mucho menos dados a preguntarse si los superhéroes deberían pagar impuestos o pasar por terapia. Aquellas historias eran puro escapismo, con ciencia ficción optimista y villanos de opereta. Todo muy sano, todo muy inocente. Demasiado inocente, de hecho. Décadas después entra en escena un señor barbudo llamado Alan Moore con cara de haber leído demasiados libros raros. Y Moore hace lo que mejor sabe hacer. Mirar una idea aparentemente sencilla y preguntarse “¿y si la retorcemos hasta que cambie para siempre?”. El resultado es una obra que empieza disfrazada de homenaje retro y termina convertida en una disección en canal del mito del superhéroe.

La historia nos presenta a Mike Moran, un periodista freelance con una vida bastante poco épica. Migrañas, rutina, problemas, lo normal. Hasta que, en una situación límite, pronuncia una palabra mágica: “kimota”. Y de repente, ¡zas!, aparece Miracleman: alto, fuerte, brillante, prácticamente un anuncio de colonia con traje de spandex. El problema es que este cambio no es solo físico. Es existencial. Es como si un utilitario viejo se transformara en un Ferrari y el conductor siguiera teniendo miedo de pisar el acelerador. Aquí empieza el gran juego de Moore. La doble identidad ya no es una excusa para aventuras divertidas, sino un conflicto psicológico. Mike es humano, frágil, lleno de dudas. Miracleman es casi un dios. ¿Cómo conviven esos dos? Spoiler: mal, y con consecuencias.

El primer gran tramo del cómic funciona casi como un thriller. Hay conspiraciones, secretos del pasado y una sensación constante de que alguien ha estado mintiendo durante mucho tiempo. Gráficamente, el tono lo marca Garry Leach, con un estilo sobrio y realista que hace que todo resulte inquietantemente cercano. Esto no parece un mundo de fantasía; parece el nuestro, solo que con la posibilidad real de que un superhombre atraviese una pared cuando menos te lo esperes. Luego aparece Alan Davis junto a Steve Oliff, y el dibujo se vuelve un poco más “clásico”, más reconocible para los lectores del género heroico. Pero la historia ya ha cruzado una línea. Aquí no hay vuelta al cómic de aventuras inocente. Cada revelación es como levantar una alfombra y encontrar algo peor debajo.

El segundo acto amplía el universo y presenta al antagonista en todo su esplendor (y su horror). Aquí hay más elementos “tradicionales” del género, sí, pero también una sensación clara de que Moore está colocando piezas para algo mucho más grande. Es como si estuviera diciendo: “Vale, ya os he explicado el truco. Ahora preparaos para ver lo que pasa cuando lo uso de verdad”. Aquí se suman nombres como Chuck Austen, John Ridgway y Rick Veitch, y se nota cierto reajuste de ritmo. Moore parece cerrar una puerta para poder abrir otra mucho más grande. No es un bajón, es una preparación. Como el silencio justo antes del trueno. Entonces llega el tercer acto y el cómic se pone serio. Entra en juego John Totleben, y el dibujo se vuelve más ambicioso, más barroco, más épico. La trama adopta un tono casi poético, casi religioso. Ya no estamos hablando solo de un superhéroe, sino de qué significa que un ser con poder absoluto decida reorganizar el mundo.

Es imposible no acordarse aquí de otras obras de Moore como Watchmen o su etapa en La Cosa del Pantano. En todas ellas hay la misma pregunta de fondo: ¿qué pasa cuando el poder deja de ser una fantasía y se convierte en una realidad con consecuencias políticas, sociales y morales? Y, por si fuera poco, también se intuye el camino hacia cosas más místicas y experimentales como Promethea. Pero Miracleman tiene su propio truco bajo la manga: su final. Sin destripar nada importante, digamos que Moore no opta por el típico “y vivieron felices para siempre”. Nos propone una utopía creada por dioses, un mundo sin pobreza, sin guerra, sin enfermedad y lo hace de una manera que te obliga a rascarte la cabeza y preguntarte: “Vale, esto suena genial, pero… ¿dónde está la trampa?”. Porque siempre hay trampa. Y Moore disfruta señalándola con una sonrisa un poco cruel. De hecho, es curioso cómo este cómic se adelanta a muchas historias posteriores sobre superhumanos gobernando el mundo, como The Authority. La diferencia es que aquí no hay postureo ni nada parecido. Hay una frialdad casi quirúrgica al mostrar lo que se gana y lo que se pierde cuando los dioses bajan a la Tierra y deciden quedarse.

El omnibus no se queda solo en la etapa central. Incluye también material de otros autores importantes como Grant Morrison, Peter Milligan, Steve Dillon, Paul Neary, Rick Bryant, Al Gordon, Thomas Yeates, Joe Quesada, Michael Allred o Richard Isanove. Son historias curiosas, interesantes, pero se sienten más como postres después de un plato principal muy contundente. Están bien, se agradecen, pero lo que de verdad te deja lleno es el menú de Moore. Y hablando de menús largos. Este libro viene con una cantidad bestial de extras. Bocetos, portadas realizadas por Doug Braithwaite, Mike Perkins, Marko Djurdjevic, Jae Lee, Ben Oliver, Jerome Opeña o Adi Granov entre muchísimos más, material inédito o artículos como la Historia de MarvelMan de Derek Wilson. Aquí puedes perderte horas.

Aunque ya se hace tiempo editó en tres tomos individuales. La edición de Panini Comics es, sin rodeos, un tomo pensado para impresionar desde que lo tienes en las manos. Hablamos de un cartoné de 808 páginas, que reúne Miracleman #1–16 y Annual #1, con traducción de Raúl Sastre. Es un libro grande, pesado y sólido, con sobrecubierta y una portada en blanco y negro que gana muchísimo cuando la ves.. ¿Y qué tal envejece la historia? Sorprendentemente bien. Sí, hay más texto del que verías en un cómic moderno. Sí, el ritmo es más pausado. Pero las ideas siguen siendo afiladas. En un mundo saturado de superhéroes en cine y televisión, volver a Miracleman es como tomarte un café solo después de semanas de refrescos. De repente notas el sabor fuerte, el golpe directo, la falta de azúcar.

Lo mejor de todo es que, pese a lo serio de sus temas, el cómic también tiene un punto de ironía y de juego con el género. Moore no odia a los superhéroes; los conoce demasiado bien. Por eso puede desmontarlos con cariño y luego volver a armarlos en algo completamente distinto. En última instancia, cerrar este tomo es como salir de un sueño extraño y demasiado lúcido a la vez. Miracleman no se limita a contar una gran historia. Te obliga a replantearte qué significa el poder, dónde acaba la humanidad y si la utopía es un premio o una jaula con paredes de oro. Lo mejor es que no se agota en una sola lectura. Es de esos cómics que apetece (casi conviene) releer una vez al año, porque cada regreso descubre matices nuevos, escenas que no viste y preguntas que duelen un poco más (o un poco mejor). Cuando pasas la última página no queda una sensación cómoda de “fin”, sino un eco persistente que te acompaña. Y eso, en un medio tan dado a los fuegos artificiales, es un pequeño milagro. Es un tebeo que no solo se recuerda, sino que vuelve a llamarte.

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