Ideafix y los irreductibles: La travesía por Lutecia. Entre robos y ladridos

¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! No, no es el eco de un lobo en las colinas ni el grito de guerra de un galo pasado de hidromiel. Es Ideafix, el perrito más valiente, testarudo y adorable de toda la Galia, listo para una nueva tanda de aventuras en «Ideafix y los irreductibles: La travesía de Lutecia» Idéfix et les Irréductibles: La traversée de Lutèce»). Un tomo que reúne tres historietas cargadas de humor, acción y ese espíritu irreductible que ni el mismísimo Julio César podría domar. Este volumen cuenta con guiones de Lison d’Andréa, Philippe Clerc y Olivier Serrano, dibujos de Philippe Fenech, y la traducción al castellano de Isabel Soto y Alejandro Tobar, quienes han sabido conservar todo el sabor galo en cada bocadillo de diálogo. Esta serie, que comenzó como un spin-off simpático del universo Astérix, se ha convertido en una comedia de aventuras con entidad propia, llena de guiños cómplices para los veteranos y de energía fresca para los lectores más jóvenes.

La primera historia, “La travesía de Lutecia”(“La Traversée de Lutèce”), nos sitúa en una ciudad en estado de alarma. Un ladrón con mucho colmillo y pocas luces, ha estado cometiendo una serie de robos nocturnos, y los romanos, en su infinita sabiduría administrativa, han decretado un toque de queda para todos los habitantes. Al caer la noche, Lutecia se vuelve un escenario desierto, silencioso y lleno de patrullas nerviosas… o casi. Porque si hay alguien que no se amedrenta ante los legionarios, es Ideafix y su pandilla de amigos perrunos. Los guardianes caninos de la libertad, del humor y de cualquier hueso que se precie. Esta historia tiene la gracia de mezclar la tensión del misterio con un aire de comedia que recuerda a los mejores momentos de Astérix. Los perros corretean por callejones, ponen trampas ingeniosas y burlan a soldados con la misma facilidad con la que un galo come un jabalí asado en dos bocados. Philippe Fenech se luce con la ambientación nocturna, llenando las viñetas de sombras, linternas romanas, postes de vigilancia y gestos perrunos tan expresivos que casi se escuchan los ladridos y gruñidos directamente desde la página. El juego de luces y sombras, junto con los planos de persecución, le da a la historia un dinamismo casi cinematográfico.

La segunda aventura, “Gorgoritos en la cripta”(“Vocalises au caveau”), sube el volumen (literalmente) con una trama musical y misteriosa. Lentix(el ladrón) parece haber cambiado de vida. De ladrón a cantante callejero con voz melodiosa y éxito entre las tabernas de Lutecia. El tipo se pasea como una especie de protoestrella romana, con multitudes encantadas por su talento y un halo de redención un tanto sospechoso. Pero, como bien saben los irreductibles, cuando algo huele raro, suele ser porque hay gato encerrado o ladrón disfrazado. Al mismo tiempo, el druida Amnésix desaparece en circunstancias más que sospechosas, y nuestros héroes de cuatro patas se lanzan a una investigación que mezcla canciones pegadizas, pistas olfativas y persecuciones dignas de un musical cómico. Esta historia tiene un tono encantador. Por momentos parece una comedia detectivesca ligera, por otros, una sátira de las modas musicales en plena ocupación romana. Lentix, como personaje recurrente, brilla con ese aire de pícaro reformado que nunca termina de ser de fiar, y el druida aporta el toque mágico y despistado que siempre da juego en este universo. Fenech aprovecha para dibujar escenarios interiores llenos de detalles. Tabernas animadas, músicos improvisados, multitudes entregadas y perros husmeando entre piernas romanas con una seriedad detectivesca digna de Sherlock Holmes.

Por último, “Labienus Legionario” (“Labienus légionnaire”) es la más disparatada del tomo y la que mejor aprovecha el absurdo político de la invasión romana. El prefecto Astutus maquina un plan para quedarse con las reservas de oro de Lutecia, pero para que el general Labienus no sospeche, lo degrada al rango de simple legionario. Labienus, un hombre acostumbrado a que todos le rindan honores y nadie le mire por encima del casco, no tarda en enfurecerse, y en un giro inesperado, decide que la única manera de recuperar su estatus es aliarse con Ideafix. El choque entre este romano estirado y la pandilla canina es pura comedia. Esta historia tiene ritmo, conspiraciones, robos, planes que se tuercen, tramas dentro de tramas y legionarios que terminan inevitablemente mordiendo el polvo (o las colas de sus superiores). Es un cierre perfecto para el tomo, con ese espíritu gamberro y festivo que caracteriza a la serie, y que recuerda a las mejores intrigas palaciegas de Astérix pero vistas desde un ángulo inesperado. El del suelo, a la altura de un hocico curioso.

En conjunto, este séptimo tomo editado por Bruño Editorial/Salvat confirma que “Ideafix y los irreductibles” no es un simple spin-off anecdótico, sino una serie con personalidad propia. Donde es capaz de capturar la esencia del mundo de Astérix mientras explora nuevos caminos narrativos y cómicos. El perrito blanco se consolida como un héroe peludo irresistible, Lutecia como un escenario vibrante lleno de historias por contar, y los romanos… bueno, como siempre, como un ejército de patosos que terminan mordiendo el polvo o cayendo de bruces en algún barril. Con tres historias bien equilibradas, cameos jugosos, personajes carismáticos y un dibujo vivo y divertido, este tebeo es un festín perruno para cualquier amante de la BD. Si te gustan las aventuras ligeras, el humor inteligente y los mundos en los que hasta el perro más pequeño puede poner en jaque a un imperio, este tomo te encantará. Porque al final, como bien saben los irreductibles, ni el Imperio más poderoso puede contra un grupo de amigos decididos y con buen olfato.

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