Hablar de Daredevil en los años ochenta es hablar de un cambio de paradigma en el cómic de superhéroes. El personaje, que durante mucho tiempo había estado en la periferia del universo Marvel era considerado como un secundario de lujo sin el impacto icónico de Spider-Man. Sin embargo, encontró en la figura de Frank Miller a su verdadero demiurgo. Eso está recogido a lo largo de los tomos de esta colección de Panini, que aglutina la etapa esencial de Frank Miller y Klaus Janson. Donde hemos asistido a la conversión de un héroe menor en una figura trágica, adulta y cargada de matices. Y en este cuarto y último volumen es donde el viaje alcanza su clímax y se cierra un ciclo que marcó para siempre la historia del cómic de superhéroes.

El corazón de este tomo late alrededor de un hecho traumático: la muerte de Elektra. El tercer volumen de la colección ya nos había mostrado la brutal ejecución de la asesina a manos de Bullseye. Una de esas escenas que quedaron grabadas en la memoria colectiva del cómic marvelita. Ahora, en estos números finales, se abordan las consecuencias psicológicas y emocionales de ese acontecimiento. Matt Murdock se enfrenta a un dolor devastador, que no se limita a la tristeza superficial de un héroe de tebeo. Se traduce en un retrato realista de las fases del duelo: negación, obsesión, huida hacia adelante y, finalmente, un atisbo de aceptación. La imagen de Daredevil abrazado a la tumba de Elektra en la portada del #182 es el icono visual de ese estado anímico.
Miller convierte, a su vez, a la ciudad de Nueva York en un espejo del alma de su protagonista. Las calles son más oscuras, los callejones más opresivos, la violencia más constante. La urbe funciona como proyección del dolor de Matt, en un ejercicio que acerca la serie a los códigos del noir más descarnado. Este enfoque supuso una innovación radical en la forma de contar historias en Marvel. Hasta entonces, los duelos en los cómics de superhéroes solían resolverse con rapidez o con un sentimentalismo poco elaborado. Miller decide detenerse en el proceso. Mostrar la crudeza de la pérdida y, sobre todo, subrayar sus efectos destructivos en la psique del héroe. Este Daredevil no es simplemente un justiciero enmascarado: es un hombre roto que intenta recomponerse.

Un aspecto central de estos números es la relación con Heather Glenn. Ella es un personaje que representa la tentación de una vida más estable y “normal”, no el un simple accesorio romántico. Es la encarnación de lo que Matt podría haber tenido si no llevara la máscara. La relación se envenena desde el principio. Murdock no está con ella por amor auténtico, sino como intento desesperado de sustituir el vacío que dejó Elektra. El gesto de pedirle matrimonio se convierte en un momento de gran relevancia psicológica. No es una muestra de compromiso, sino un autoengaño. Heather lo percibe y la relación se degrada hasta convertirse en un vínculo tóxico. El clímax se produce en una de las páginas más elegantes de toda la etapa, cuando ambos rompen al mismo tiempo mediante notas cruzadas, reconociendo la imposibilidad de seguir juntos. Esta subtrama es fundamental porque humaniza a Murdock. Detrás del justiciero hay un hombre incapaz de gestionar sus emociones. Alguien que hiere a quienes lo rodean y que se hunde en sus propios errores. En este sentido, la obra se adelanta a un tipo de caracterización que, años después, se convertiría en norma en los cómics.
La riqueza de este tomo no se limita a la introspección. También encontramos un desfile de secundarios que aportan tensión y matices al conjunto. El Castigador, en sus tiempos previos a Garth Ennis, aparece aquí en un enfrentamiento memorable contra Daredevil. Más allá de la acción, lo importante es cómo Miller siembra las bases de una relación dialéctica entre ambos. La justicia legalista de Matt frente a la venganza implacable y letal de Frank. Este choque de filosofías se convertirá en uno de los ejes recurrentes en las décadas posteriores. Por otra parte, la Viuda Negra retorna para cruzar su destino con “el cuernecitos” en la lucha contra los ninjas de La Mano. Su presencia refuerza el aire de fatalidad romántica que envuelve al héroe. Cada relación con una mujer parece condenada al dolor y a la pérdida. Natasha aporta además una dosis de espectacularidad a las escenas de acción, en un momento en que el cómic necesitaba alternar introspección con dinamismo. Y no podemos olvidar a Kingpin, que aquí se consolida como más que un villano. Es una figura casi filosófica, un espejo distorsionado de lo que Matt podría ser si eligiera el camino del poder sin moral. Wilson Fisk es ya en estos números un titán que no necesita aparecer constantemente en combate. Su mera sombra pesa sobre cada viñeta.

Mención aparte merece el número en el que Daredevil visita a Bullseye en el hospital para jugar con él a la ruleta rusa. Es, sin duda, uno de los episodios más recordados de la etapa y un ejemplo magistral de cómo la tensión psicológica puede superar cualquier batalla física. En apenas unas páginas, Miller construye un clímax asfixiante. El héroe coloca un revólver en la sien del villano y dispara repetidamente. Sabiendo que el arma está cargada con una sola bala. Cada clic del gatillo resuena como un martillazo en la mente del lector. Lo que está en juego no es la vida de Bullseye, sino la cordura de Daredevil. La ruleta rusa funciona como metáfora de la fragilidad moral del héroe. Está a un paso de convertirse en asesino, pero no cruza esa línea. La escena resume todo lo que esta etapa significó: el descenso a la oscuridad, el coqueteo con la amoralidad y la lucha por no perderse del todo.
En el aspecto gráfico, este tomo es fundamental porque muestra la transición de Miller hacia un estilo más libre y experimental. Sus lápices son más sueltos, sus encuadres más atrevidos y sus composiciones más arriesgadas. El trabajo de Klaus Janson como entintador es decisivo para dar cohesión a este estilo emergente. Lo que vemos aquí es un cómic que empieza a parecerse a una película en viñetas. Las sombras se alargan, las perspectivas se distorsionan, los callejones se llenan de tensión. Se siente que estamos asistiendo al nacimiento de un autor que redefiniría el cómic americano.

La edición de Panini Comics refuerza el carácter de obra de referencia que tiene esta etapa. Este tomo recopila las entregas #182 a #191 de la colección regular del Diablo Guardián, además de material complementario como Marvel Fanfare #1, Elektra Saga #1 y secciones del Official Handbook of the Marvel Universe. Así como un prólogo de Ralph Macchio, y multitud de bocetos y paginas originales de Miller y Janson. Al final del tomo, tenemos textos escritos por Mike Baron para el TPB americano, ilustraciones de Rodney Ramos con portadas de Claudio Castellini. Más allá de las 368 páginas, lo que se presenta aquí es la conclusión de un relato que ha colocado al hombre sin miedo en la cima superheroica. Que ha abierto caminos estéticos y temáticos que otros autores seguirían en décadas posteriores. En ese sentido, este cuarto volumen no solo cierra una historia. Cierra un capítulo fundamental de la evolución del cómic moderno. «Daredevil«, el hombre sin miedo, se convierte aquí en un hombre marcado por el dolor. Un héroe trágico que camina entre la luz y la sombra. Y en ese viaje, Miller y Janson no solo redefinieron a un personaje, sino a todo un género.
