Durante décadas, Bucky Barnes fue el ejemplo perfecto de lo que no debía hacerse con un ayudante juvenil. Era ese muchacho sonriente que acompañaba al Capitán América a repartir puñetazos a nazis mientras el sentido común se escondía debajo de la mesa. Porque sí, en algún despacho alguien decidió que enviar a un adolescente al frente de guerra era una idea estupenda. Cosas de los años cuarenta. Luego llegó la modernidad, llegaron los lectores con preguntas incómodas y Marvel optó por la solución más sencilla: matar al chico y no volver a hablar del asunto. Hasta que apareció Ed Brubaker.

Entonces ocurrió algo extraordinario. El guionista tomó uno de los cadáveres más sagrados del universo Marvel, lo resucitó, le puso un brazo metálico, varias toneladas de traumas psicológicos y lo convirtió en uno de los personajes más fascinantes de la editorial. Una jugada tan brillante que hoy cuesta recordar que durante décadas la frase «nadie vuelve de entre los muertos excepto Bucky» era prácticamente una ley fundamental del cómic de superhéroes. Por eso este Marvel Saga TPB del «Capitán América y Bucky. La historia de Bucky Barnes es, en cierto modo, el manual de instrucciones de aquella operación. El tomo recoge una serie nacida al calor de la primera película del Capitán América, cuando Marvel decidió que quizás era buena idea explicar algunos detalles que habían quedado flotando después de que Brubaker revolucionara la franquicia. Porque una cosa es devolver a un personaje a la vida de forma magistral y otra muy distinta rellenar todos los agujeros argumentales que semejante terremoto deja a su paso. Y aquí entra este volumen.
Lo primero que llama la atención es que, aunque los créditos mencionen a Marc Andreyko y James Asmus como coautores, cada página desprende aroma a Brubaker. Es como intentar esconder a un elefante detrás de una farola. Puedes poner más nombres en la portada, pero el tono, las obsesiones y la forma de construir personajes gritan Brubaker desde la primera viñeta hasta la última. La historia comienza con James Buchanan Barnes siendo poco más que un adolescente enfadado con el mundo. Un chico que ha perdido demasiado pronto todo lo que importaba y cuya principal herramienta para afrontar la vida consiste en cerrar los puños con fuerza suficiente para que alguien salga volando. Vamos, exactamente el perfil psicológico que cualquier ejército buscaría para enviar a una guerra mundial según las películas de acción de los años ochenta.

Lo interesante es que Brubaker no presenta a Bucky como el compañero alegre y optimista que vendían los cómics clásicos. Aquí vemos a un muchacho roto que aprende demasiado pronto que el mundo no funciona como los carteles propagandísticos. Y ahí está una de las mejores ideas del tomo. Mientras Steve Rogers representa el símbolo perfecto, el héroe inmaculado, la sonrisa de América y el producto ideal para vender bonos de guerra, Bucky es la parte desagradable del trabajo. El secreto que nadie enseña en los periódicos. El joven que realiza las misiones que el icono nacional no puede permitirse realizar delante de las cámaras. Porque alguien tiene que mancharse las manos. Y normalmente ese alguien es el chaval.
Es una reinterpretación tremendamente inteligente que encaja de forma casi insultantemente bien con todo lo que ya conocíamos del personaje. De repente muchas piezas encajan donde antes había preguntas incómodas. ¿Era lógico que un adolescente sobreviviera durante años en primera línea de combate? No demasiado. ¿Era lógico que recibiera entrenamiento especial y participara en operaciones secretas? Mucho más. Y así, poco a poco, Brubaker reconstruye toda la figura de Bucky hasta convertirlo en algo mucho más complejo de lo que nadie imaginó durante la Edad de Oro.

Gráficamente, el trabajo de Chris Samnee es una auténtica delicia. Hay dibujantes que necesitan llenar cada página con explosiones, edificios derrumbándose y cien personajes peleando a la vez para impresionar al lector. Samnee consigue lo mismo con una mirada. Su trazo es limpio, elegante y tremendamente expresivo. Cada gesto transmite emoción sin necesidad de grandes discursos. Y cuando la historia necesita golpear, el artista encuentra siempre el ángulo adecuado. Por supuesto, gran parte del mérito también corresponde a Bettie Breitweiser. Su color aporta una atmósfera nostálgica que envuelve todo el primer arco argumental. Hay momentos en los que parece que estamos contemplando una vieja película de guerra proyectada en un cine de los años cuarenta. Pero no una película heroica. Más bien una de esas que te recuerdan que la guerra es una trituradora industrial de seres humanos. Cuando el relato aborda horrores como los campos de exterminio nazis, el tono alcanza una fuerza emocional devastadora. Son escenas que recuerdan constantemente que detrás de las capas y los escudos hay personas enfrentándose a la peor versión posible de la humanidad.
Luego llega la segunda mitad del tomo. Y el cambio de registro resulta magnífico. Si la primera parte funciona como una reconstrucción histórica del pasado de Bucky, la segunda se adentra de lleno en la pesadilla del Capitán América. Nos enfrentamos a un relato de recuerdos y situaciones imposibles con los Invasores de fondo. Ahí entra en escena Francesco Francavilla para recordarnos que la felicidad es un concepto sobrevalorado. Su estilo encaja perfectamente con la naturaleza del personaje. Sombras densas. Rostros cansados. Silencios incómodos. Francavilla transforma el cómic en un pasaje del terror mezclado con un relato de guerra. La palabra “legado” se extiende inevitablemente por todas las viñetas, la persona que tendría que sustituir a Steve y también a Bucky cambia radicalmente y nos sorprende con una gran escena final. La historia no ofrece respuestas fáciles ni absoluciones milagrosas. Prefiere moverse constantemente en esa incómoda zona gris donde habitan los mejores personajes de Brubaker.

El resultado es un relato que complementa de maravilla etapas fundamentales. No es una lectura imprescindible para entender aquellos cómics, pero sí una pieza que añade profundidad y contexto a todo el viaje emocional del personaje. Y además tiene otra virtud importante. Funciona perfectamente por sí sola. No hace falta haberse leído los cincuenta tomos anteriores del Capitán América para disfrutarla. Evidentemente se aprecia más si conoces la etapa de Brubaker, pero el cómic sabe sostenerse con personalidad propia.
En cierto modo, este volumen representa una de las mayores victorias creativas de Marvel durante el siglo XXI. No porque cuente la historia más espectacular ni porque tenga las escenas de acción más grandiosas. Lo consigue porque demuestra que una resurrección puede servir para algo más que vender portadas. Brubaker convirtió un personaje olvidado en una figura compleja, trágica y profundamente humana. Y este tomo muestra precisamente cómo fue construyendo cada ladrillo de esa transformación.

La edición de Panini Comics como siempre cumplidor en el formato Marvel Saga. Incluye los números del #620 al #628 con traducción de Gonzalo Quesada. Asi como una introducción de Julián Clemente y portadas realizadas por Ed McGuinness junto a Chris Sotomayor, Dexter Vines y Val Staples junto a paginas de entintado de Samnee.
Así que sí, quizá comprar un cómic centrado exclusivamente en el pasado de Bucky Barnes no suene tan emocionante como ver a Galactus devorando planetas o a veinte héroes pegándose durante seis números consecutivos por una discusión absurda que podría resolverse con una conversación de cinco minutos. Pero resulta que este comic tiene algo mucho más raro. Tiene alma. Después de leerlo queda claro que Bucky Barnes jamás volvió de la muerte para convertirse en un simple personaje secundario. Volvió para demostrar que, en manos del guionista adecuado, incluso los errores más viejos de la continuidad pueden acabar convertidos en algunas de las mejores historias que Marvel ha publicado jamás. Eso es lo que veras en estas paginas del tomo de Marvel Saga TPB Capitán América y Bucky.
