La primera vez que ves a Dani Moonstar llevando el escudo del Capitán América en «La era de revelación: Vengadores-X» piensas dos cosas. La primera: “esto tiene una pinta espectacular”. La segunda: “Marvel ha vuelto a abrir el cajón de las ideas locas y alguien ha tirado la llave al océano”. Y honestamente, menos mal. Porque este tebeo entra con la sutileza de un centinela atravesando una pared. Aquí no hay tiempo para explicaciones suaves ni para reconstrucciones pausadas del universo. No. Aquí Los Vengadores son mutantes, el futuro está roto, la gente tiene poderes imposibles, hay virus asesinos flotando por el ambiente y Clint Barton parece una araña humana que accidentalmente acabó en la franquicia equivocada. Y funciona.

Funciona muchísimo mejor de lo que debería una premisa que básicamente parece el resultado de juntar conceptos escritos en pósits a las tres de la mañana: “¿Y si Natasha fuese de agua?”, “¿y si Shang-Chi explotase?”, “¿y si metemos drama emocional?”, “¿y si además todo el mundo está deprimido?”. Perfecto, adelante, imprimid eso.
Lo más divertido es que el cómic jamás se avergüenza de su propia locura. Tiene la confianza absoluta de quien sabe que está enseñándote a unos Vengadores mutantes peleando contra amenazas cósmicas mientras cargan con traumas y aun así espera que te emociones. Y claro que te emocionas. Porque Marvel podrá cometer muchos pecados, pero cuando abraza el exceso superheroico con entusiasmo adolescente, es dificilísimo no entrar al juego. Ahí es donde entra Dani Moonstar para darle al asunto algo más que puro espectáculo mutante. Porque sí, el concepto vende solo, pero lo que mantiene viva la historia es que Dani actúa como el pegamento de un equipo que parece estar a dos malas noticias de desmontarse por completo. Y no es para menos.

Estos Vengadores X viven atrapados en un futuro donde ser héroe ya era complicado antes de que un virus mutante decidiera convertir a la mitad del planeta en versiones alternativas salidas de una pesadilla biotecnológica. El grupo arrastra pérdidas enormes, culpas constantes y un cansancio emocional bastante palpable. Pero siguen adelante porque, claro, son Vengadores. La gente de Marvel puede perder familiares, hogares, planetas o incluso la anatomía básica y aun así levantarse al día siguiente para pelear contra invasiones alienígenas antes del desayuno.
Jason Loo entiende bastante bien esa mezcla de épica y agotamiento. El cómic nunca pierde el ritmo de aventura superheroica, pero tampoco olvida que debajo de todos esos poderes imposibles hay personajes intentando descubrir quiénes son ahora. Eso le da una capa inesperadamente humana a la historia. Dani no lidera desde la autoridad clásica del “seguidme, héroes”, sino desde la empatía de alguien que también está rota pero intenta mantenerse en pie porque alguien tiene que hacerlo. Además, el tebeo tiene una energía muy agradecida de leer. Todo va rápido, pasan mil cosas constantemente y cada número parece empeñado en dejarte algún momento absurdo en el mejor sentido posible. Hay batallas enormes, ataques kree, virus mutantes descontrolados, amenazas globales y discusiones políticas mientras el mundo decide si confiar o no en estos nuevos Vengadores. Vamos, la típica semana tranquila del Universo Marvel.

Luego está el dibujo de Sergio Dávila, que directamente entra al cómic como si hubiese decidido demostrar que cualquier escena mejora automáticamente si le añades más dinamismo, más energía y un par de explosiones extra por viñeta. El trabajo visual aquí es una barbaridad. Todo se mueve. Todo golpea. Todo parece tener peso. Las escenas de acción tienen una claridad espectacular incluso cuando media página está llena de rayos, humo, mutaciones y gente atravesando edificios. Hay autores que dibujan peleas. Dávila dibuja caos organizado como diría mi querido Terry Pratchett, que es muchísimo más difícil. Además, los diseños mutantes funcionan de maravilla porque no parecen simples cambios cosméticos para vender muñecos. Cada transformación transmite algo del personaje. Natasha da auténtica sensación de extrañeza. Shang-Chi parece contener energía suficiente para reventar una ciudad sin querer. Y Clint Barton… bueno, Clint parece el resultado de dejar a Ojo de Halcón demasiado tiempo cerca de radiación experimental y decisiones editoriales arriesgadas. El color de Rain Beredo remata todo con una intensidad tremenda. Hay páginas que parecen iluminadas desde dentro. Los poderes saltan de una forma muy bestia y aun así nunca se pierde la lectura. Todo sigue siendo claro, limpio y enormemente espectacular.
Eso sí, el cómic también tiene algunos momentos donde se nota que está intentando explicar demasiadas cosas demasiado rápido. Hay bastante exposición comprimida y ciertos diálogos suenan un poco mecánicos, como si los personajes estuviesen leyendo un resumen urgente del evento mientras esquivan disparos. Pero sinceramente, forma parte un poco del encanto del asunto. Esto es un evento mutante futurista de Marvel. La gente no conversa: intercambia traumas y explicaciones antes de la siguiente catástrofe. Lo que sí sorprende es el tono emocional. Bajo toda la locura hay una historia bastante sincera sobre adaptación, identidad y seguir adelante cuando tu vida ya no se parece en nada a lo que era antes. Los personajes han tenido que reaprender literalmente a vivir dentro de cuerpos nuevos y de realidades nuevas. Y el cómic trata eso con bastante más sensibilidad de la esperada.

Especialmente en cómo Dani ayuda al grupo a seguir funcionando. A veces parece más terapeuta emocional que líder, y curiosamente ahí está buena parte del alma de la serie. El escudo del Capitán América pesa muchísimo menos por lo que representa militarmente que por lo que significa para alguien que no está segura de merecerlo. Esa inseguridad hace que Dani resulte muchísimo más interesante que el clásico líder perfecto e infalible.
Por eso cuando Panini Comics publica cosas así, uno recuerda perfectamente por qué sigue cayendo una y otra vez en estos eventos mutantes imposibles. Vienes por la curiosidad de ver versiones deformadas de personajes clásicos y te quedas porque, debajo de toda la locura genética y las amenazas apocalípticas, todavía hay historias con alma intentando abrirse paso entre rayos láser y discursos dramáticos mirando al horizonte. Marvel en estado puro, vaya. Un universo donde alguien puede estar sufriendo una crisis de identidad profundísima mientras un kree explota de fondo atravesado por un hombre con cuatro brazos. Y lo mejor es que aquí todo eso no solo encaja, sino que además resulta tremendamente entretenido.

Al final, «La era de revelación: Vengadores-X» acaba siendo uno de esos cómics que entran por la idea loca y se quedan por los personajes. Sí, tiene mutaciones imposibles, amenazas globales y momentos que parecen diseñados después de una lluvia de ideas alimentada únicamente con Red Bull. Pero también tiene corazón, personalidad y una honestidad bastante inesperada entre tanta destrucción futurista. Y sinceramente, se agradece muchísimo. Porque en una época donde muchos eventos parecen escritos únicamente para que alguien pueda señalar una cronología imposible en YouTube durante cuarenta minutos, este tomo al menos recuerda algo importante: los superhéroes funcionan mejor cuando, debajo de toda la pirotecnia, todavía parecen personas intentando sobrevivir a un mundo completamente absurdo. Aunque algunas tengan ahora brazos extra y un compañero líquido.
