Lovecraft en el cine. Monstruos, mitos y dioses arcanos. Curioso repaso al horror cósmico

Confieso que abrí «Lovecraft en el cine. Monstruos, mitos y dioses arcanos» con la misma inocencia con la que uno abre la nevera a las tres de la mañana: sin esperar nada bueno, pero con la esperanza absurda de encontrar algo que cambie tu vida. No en plan “he encontrado el sentido de la existencia”, sino más bien en plan “ahora tengo 200 películas más que ver y sospecho que alguna de ellas me va a robar la cordura mientras como palomitas”. Todo gracias a Alfonso Bueno López, que ha decidido que lo que nos faltaba a los fans del horror cósmico era precisamente esto. Un mapa detallado para perdernos aún más.

Porque claro, yo ya venía tocado de casa. Uno no se mete en el universo de H. P. Lovecraft por accidente. Esto es una pendiente resbaladiza. Empiezas leyendo un relato sobre un señor que encuentra un libro raro y terminas convencido de que el universo es un sitio hostil donde las estrellas no están para iluminar, sino para vigilarte. Así que cuando vi este libro, pensé: “Bueno, no me va a contar nada que no sepa”. Como se suele decir: pequé de inocente. El libro no solo te cuenta cosas. Te organiza la obsesión. Que es peor.

Desde las primeras páginas, Alfonso Bueno López deja claro que esto no va a ser un simple listado de películas con tentáculos. No. Esto es un recorrido cronológico, meticuloso y peligrosamente adictivo por la relación entre el cine y ese tipo de horror que no grita, sino que susurra cosas incómodas desde la esquina más oscura de tu cerebro. Y lo hace empezando por donde menos te lo esperas: el propio Lovecraft como espectador de cine. Que ya es irónico, porque estamos hablando de un tipo que escribía sobre horrores indescriptibles pero que luego se sentaba a ver películas y probablemente pensaba: “Esto no me da miedo, pero me molesta profundamente”. Esa dualidad (amor y odio hacia el cine) es el punto de partida perfecto. Porque, en el fondo, adaptar a Lovecraft es un poco eso. Amar su obra lo suficiente como para intentarlo, y odiarla lo justo como para creer que puedes mostrar lo que él solo sugería. Y ahí empieza el desfile de intentos, aciertos, desastres gloriosos y rarezas que este libro recoge con una mezcla de rigor y entusiasmo que resulta peligrosamente contagiosa.

Los años 40 aparecen como ese primo lejano que no sabes muy bien qué hace en la reunión familiar, pero que tiene historias interesantes. Primeros intentos de adaptación que hoy tienen más valor histórico que otra cosa, pero que el autor trata con respeto y una ligera sonrisa cómplice, como diciendo: “Mira, lo intentaron, y eso ya tiene mérito”. Y tú asientes, porque sabes que intentar adaptar a Lovecraft es como intentar explicar un sueño raro sin parecer un lunático. En los años 50 la cosa empieza a ponerse más seria. El cine comienza a entender que el verdadero terror no está en el monstruo, sino en lo que ese monstruo representa. Lo desconocido, lo incomprensible, lo que no debería existir, pero existe igual. Llegan los años 60, donde por fin vemos adaptaciones más claras de los relatos de Lovecraft. Aquí el libro se vuelve especialmente disfrutable, porque mezcla datos, contexto y una ironía muy bien medida que hace que te rías incluso cuando estás leyendo sobre películas que, siendo honestos, tienen más entusiasmo que acierto. Para cuando llegas a los años 70, ya estás completamente dentro del juego. Aquí el libro da un pequeño giro y empieza a hablar no solo de adaptaciones directas, sino de influencias. Y esto es donde la cosa se pone interesante. Porque de repente te das cuenta de que Lovecraft está en todas partes, como ese amigo pesado que no se va nunca de la fiesta. Y entonces aparece Alien, el octavo pasajero, y todo encaja. El horror cósmico no necesita ser explícito para estar ahí. Basta con esa sensación de que algo va mal a un nivel que no puedes comprender.

Pasamos a los años 80 y el libro decide que ya es hora de desmadrarse un poco. Aquí entran en escena dos nombres que, según el libro (y según cualquier persona con dos dedos de frente), son fundamentales para entender el cine lovecraftiano: John Carpenter y Stuart Gordon. Dos enfoques distintos, pero igual de efectivos. Uno más atmosférico, más de sugerir que algo horrible está ocurriendo fuera de plano; el otro más de decir “mira, aquí tienes el horror, con vísceras y todo, no te quejes”.

A estas alturas, yo ya había abandonado cualquier intento de leer esto de forma “casual”. Tenía una libreta al lado. Estaba apuntando títulos. Estaba haciendo planes. Básicamente, el libro me había convertido en su cómplice. La parte final, centrada en el auge contemporáneo del horror lovecraftiano, es directamente peligrosa. Porque aquí el número de referencias se dispara, y uno se da cuenta de que esto no es una moda pasajera, sino algo que sigue creciendo. Series como Territorio Lovecraft, 30 monedas o Love, Death + Robots demuestran que las creaciones del nacido en Providence están más vivas que nunca, infiltrándose en todo tipo de formatos y llegando a públicos cada vez más amplios.

En medio de todo esto, el libro mantiene un equilibrio admirable. Hay información, sí, y mucha. Pero también hay pasión, humor, una cercanía que hace que la lectura sea fluida, entretenida, casi adictiva. No es un ensayo que se limite a analizar desde la distancia, sino que se implica, que disfruta, que te invita a disfrutar. La edición de Diábolo Ediciones remata la jugada: 288 páginas a color, llenas de imágenes que convierten el libro en algo más que texto. Es una experiencia visual, un objeto que apetece tener, revisar y enseñar. Uno de esos libros que no se quedan en la estantería acumulando polvo, sino que vuelves a abrir de vez en cuando, como quien consulta un oráculo o una lista de cosas que aún no ha visto y que probablemente debería.

Al final, lo más irónico de todo es que este libro, que habla constantemente de lo difícil que es mostrar el horror lovecraftiano, consigue mostrar algo muy concreto: lo fácil que es caer en él. Porque empiezas leyendo con curiosidad y terminas completamente atrapado, con la sensación de que has descubierto algo que ya estaba ahí, esperando. Y yo, que solo quería echar un vistazo rápido, he acabado con una lista interminable de películas, una ligera sospecha de que el universo no es de fiar… y muchas ganas de seguir explorando. Así que sí, recomiendo el libro de «Lovecraft en el cine. Monstruos, mitos y dioses arcanos». Pero luego no digas que no te avisé.

Deja un comentario