Tío Gilito: el pato más poderoso de la Tierra. La vida se mide en monedas

Hay que reconocer que el mundo del cómic ha evolucionado mucho. Hemos pasado de historias sencillas sobre héroes que salvan el día a relatos donde un pato multimillonario lucha contra invasores alienígenas dentro de su propia mente mientras su familia organiza una resistencia digna de película bélica. Progreso, lo llaman. Y en ese brillante salto evolutivo de la narrativa contemporánea se encuentra «Tío Gilito: el pato más poderoso de la Tierra», un tebeo que, si lo explicas en voz alta sin contexto, suena a delirio febril pero que, sorprendentemente, funciona como un reloj suizo con ansiedad existencial.

Porque sí, este cómic existe. Y no solo existe, sino que además se toma a sí mismo con una seriedad que roza lo admirable (o lo sospechoso). Aquí no hay guiños de “eh, tranquilo lector, sabemos que esto va de un pato con dinero”. No. Aquí todo el mundo actúa como si lo que estuviera en juego fuera el destino del universo, la identidad humana y el sentido mismo de la memoria. Y lo mejor es que, al cabo de unas páginas, tú también entras en el juego. De repente estás preocupado por la estabilidad mental de un pato con bombín. La magia del noveno arte, supongo.

El arquitecto principal de esta locura es Jason Aaron, un señor que claramente se levantó un día y pensó: “¿Y si hago una historia de Gilito McPato como si fuera una mezcla entre blockbuster veraniego, drama psicológico y terapia intensiva con recuerdos?” Y nadie le dijo que no. Error. Bendito error. La premisa es de esas que parecen inventadas en una sobremesa demasiado larga: la Tierra ha sido invadida por una raza alienígena conocida como los Conocedores. Su objetivo no es conquistar por poder, ni por recursos, ni por ideología. No. Ellos vienen a coleccionar. Son básicamente el peor tipo de turista posible, pero con tecnología capaz de arrasar planetas. Su misión: llevarse todo lo valioso del mundo. Arte, historia, cultura y, por supuesto, el mayor tesoro de todos: la fortuna de Gilito McPato. Hasta aquí, podríamos pensar que estamos ante una aventura clásica con un toque de ciencia ficción. Pero no. Porque cuando los alienígenas llegan, descubren que el dinero ha desaparecido. Y lo que es peor: Gilito también. Es como intentar robar un banco y encontrarte con que el banco ha decidido irse de vacaciones sin avisar. Lo que sigue es un juego del gato y el ratón… salvo que el ratón es un pato multimillonario con décadas de aventuras a sus espaldas, y el gato es un imperio alienígena obsesivo-compulsivo. Y en medio de todo esto, el escenario más importante no es la Tierra, sino la mente del propio Gilito.

Aquí es donde el cómic se pone inesperadamente ambicioso. La mitad de la historia transcurre dentro de la cabeza del protagonista, que se convierte en una especie de museo viviente de sus recuerdos… pero en versión apocalíptica. Los invasores intentan acceder a su mente para descubrir dónde ha escondido su fortuna, pero lo que encuentran es un laberinto de experiencias, versiones pasadas de Gilito y momentos clave de su vida que se resisten a ser borrados. Es, básicamente, un thriller psicológico protagonizado por un pato. Y contra todo pronóstico, es fascinante.

Las escenas en este “paisaje mental” son de lo mejor del tomo. Hay una sensación constante de urgencia, de que cada recuerdo que desaparece es una parte de Gilito que se pierde para siempre. Y en medio de ese caos, vemos a distintas versiones del personaje interactuar entre sí, como si su vida entera se hubiera convertido en una reunión incómoda consigo mismo. Es aquí donde el guion de Aaron brilla con más fuerza. Porque, más allá del espectáculo, hay una idea potente: ¿qué define realmente a alguien? ¿Su riqueza? ¿Sus logros? ¿O los recuerdos que conserva? En el caso de Gilito, la respuesta es un poco de todo… pero sobre todo, su historia. Y verla desmoronarse tiene un peso emocional inesperado.

Mientras tanto, en el mundo real (ese pequeño detalle) la acción no se queda corta. Aquí entran en juego los secundarios, y lo hacen con una energía que roza lo caótico. El Pato Donald, por ejemplo, se convierte en el peor prisionero imaginable. No porque tenga un plan maestro para escapar, sino porque es incapaz de comportarse como un ser racional durante más de cinco segundos seguidos. Los alienígenas, acostumbrados a civilizaciones enteras que se rinden ante su poder, no estaban preparados para enfrentarse a alguien cuyo principal superpoder es la frustración crónica. Los sobrinos, por su parte, lideran una resistencia que mezcla estrategia, valentía y ese entusiasmo juvenil que hace que todo parezca una mezcla entre revolución y excursión escolar. Y funciona. De alguna manera absurda, pero funciona. Esta dualidad entre lo interno y lo externo es uno de los grandes aciertos del cómic. Por un lado, tienes una historia introspectiva sobre identidad y memoria. Por otro, una aventura de ciencia ficción con alienígenas, explosiones y patos gritando consignas. Y en lugar de chocar, ambas partes se complementan.

Gráficamente, el cómic es un festival. La lista de artistas implicados es tan larga que parece el cartel de un festival de música, con nombres como Mahmud Asrar, Ciro Cangialosi, Giuseppe Camuncoli, Daniele Orlandini, Ario Anindito, Esad Ribic, Pete Woods, Nick Bradshaw, Mirka Andolfo, Adam Kubert, Claudio Sciarrone, David Lafuente, Lorenzo Pastrovicchio, Alessandro Pastrovicchio, Andrea Freccero o Dale Eaglesham. Lo normal sería que esto resultara en un caos visual. Pero no. Cada artista aporta su estilo a diferentes secciones, lo que refuerza la sensación de estar en mundos distintos. Los recuerdos tienen un aire más cálido, más nostálgico. El presente, dominado por los alienígenas, es más oscuro y agresivo. Y las transiciones entre ambos están cuidadas con mimo, evitando que el lector se pierda en el cambio constante. El color juega un papel clave en todo esto. Los tonos dorados de los recuerdos contrastan con los grises y azules fríos del mundo conquistado, creando una tensión visual que acompaña perfectamente al conflicto narrativo. Es uno de esos detalles que no siempre se aprecian a primera vista, pero que marcan la diferencia.

Ahora bien, no todo es perfecto en este desfile de ambición. El ritmo, por ejemplo, puede resultar algo irregular. Hay momentos en los que la historia se detiene para explorar una idea o un recuerdo, y otros en los que acelera de golpe con escenas de acción. Este vaivén puede descolocar a algunos lectores, especialmente si esperan una narrativa más lineal. El tono también juega a ser equilibrista. Pasar de una escena emocionalmente intensa a un gag protagonizado por Donald no es fácil. Y, aunque la mayoría de las veces funciona, hay ocasiones en las que el cambio resulta un poco brusco. Pero, siendo justos, esa inestabilidad forma parte del ADN del cómic. Refleja el caos interno de Gilito y la situación desesperada del mundo. Y luego está el detalle más importante: este cómic es divertido. Muy divertido. Pero no de forma superficial. Es un humor que nace del contraste, de lo ridículamente serio que se toma una premisa absurda. Es como ver a alguien dar un discurso épico sobre la importancia de no perder un céntimo… mientras el mundo se desmorona a su alrededor.

La edición de Panini Comics presenta el conjunto con solvencia. Incluye los números Earth’s Mightiest Duck 1-4 con traducción de Alfons Moliné, una introducción del editor Marvel Mark Paniccia y las portadas realizadas por Gabriele Dell´Otto que son para no dejar de babear. Es un tomo que entra por los ojos, pero que también se queda dando vueltas en la cabeza más de lo que uno esperaría. En definitiva, «Tío Gilito: el pato más poderoso de la Tierra» es una de esas obras que desafían cualquier expectativa previa. Es absurda, sí. Es exagerada, también. Pero bajo esa capa de locura hay una historia sorprendentemente sólida sobre identidad, memoria y lo que realmente importa cuando todo lo demás desaparece. Y si todo eso te parece demasiado profundo para un cómic de patos, tranquilo: siempre puedes quedarte con la idea de que un millonario con plumas ha decidido que la mejor forma de proteger su fortuna es convertir su mente en una trampa mortal para alienígenas obsesivos. Lo cual, pensándolo bien, tiene bastante sentido.

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