Marvel Deluxe. Los 4 Fantásticos de Dan Slott 4: La Guerra de Cuentas. Caos controlado

Si algo ha demostrado la etapa de los Cuatro Fantásticos escrita por Dan Slott es que, cuando se propone algo grande, no se queda a medias. Aunque a veces el resultado no sea exactamente lo que uno esperaba. Y este último tomo de Marvel Deluxe es el mejor ejemplo posible. Un final que quiere ser colosal, definitivo, casi bíblico en escala y que acaba siendo, curiosamente, más humano (con sus virtudes y sus torpezas) de lo que probablemente pretendía. Porque aquí no hay medias tintas. Este tomo no entra caminando en la habitación: derriba la puerta, se sube a la mesa y empieza a hablar de guerras primigenias, civilizaciones olvidadas y secretos que llevan enterrados desde antes de que el propio Universo Marvel supiera lo que era un crossover. Es el tipo de historia que parece escrita con una banda sonora de coros épicos de fondo y con el guionista señalando al cielo mientras grita: “¡Ahora sí! ¡Ahora va en serio!” Y, en cierto modo, sí va en serio.

El tomo arranca casi como un aperitivo antes del festín cósmico. La Antorcha Humana sigue lidiando con las consecuencias de su reciente aumento de poder, en una especie de “soy más fuerte que nunca y no tengo muy claro qué hacer con ello”, que mezcla épica y desconcierto a partes iguales. Lo que sería un recuerdo al Rey Midas, pero con fuego. Es un inicio que funciona como transición, como ese momento en el que los personajes se recolocan antes de que el guionista pulse el botón rojo gigante que pone “evento”. Y entonces lo pulsa.

Comienza entonces “La guerra de cuentas”, la gran obsesión de Slott durante años. Ese concepto que llevaba tiempo intentando encajar en otras series y que aquí, por fin, encuentra su espacio natural. Y claro, cuando tienes vía libre después de tanto tiempo acumulando ideas, pasan dos cosas: o haces algo absolutamente redondo… o intentas meter tantas cosas que el conjunto se resiente un poco. Aquí estamos más cerca de lo segundo, aunque con momentos que rozan lo primero. La premisa es potente. Antes de los grandes imperios cósmicos como Kree, Skrull o Shi’ar, antes incluso de Galactus, hubo un conflicto original, una guerra primigenia que definió el destino del universo. Una de esas ideas que, sobre el papel, suenan tan grandes que casi necesitan mayúsculas constantes.

El foco se pone en los Vigilantes, esa raza de observadores eternos liderados por Uatu, cuyo trabajo consiste básicamente en mirar sin intervenir. Salvo cuando todo se va al infierno, que entonces ya si eso vemos. Aquí descubrimos que, en un momento dado, decidieron acelerar la evolución de una especie alienígena. Esa especie, confinada durante siglos, regresa ahora con ganas de ajustar cuentas (nunca mejor dicho) y demostrar que guardar problemas debajo de la alfombra cósmica no suele ser la mejor estrategia a largo plazo. Y en medio de todo esto aparecen viejos conocidos como Nick Furia, aportando ese aire de conspiración que siempre mejora cualquier historia, y un desfile constante de personajes del Universo Marvel que convierten el evento en una especie de “todos contra el fin del multiverso”. Porque sí, aquí no se salva nadie: hay amenazas universales, multiversales y casi “de todo tipo y forma” si nos ponemos creativos. Slott quiere abarcarlo todo, y durante buena parte del tomo lo consigue, al menos en términos de espectáculo. El problema viene cuando intentas ir más allá del espectáculo.

Este relato tiene todos los ingredientes para ser un evento memorable: escala gigantesca, conceptos interesantes, conexiones con la historia profunda de Marvel, desarrollo de personajes, e incluso un punto de reivindicación de los Cuatro Fantásticos como el verdadero núcleo del universo superheroico. Pero le falta algo. Ese intangible difícil de definir. Ese momento que te haga parar y pensar: “esto es historia del cómic”. En lugar de eso, lo que tenemos es una lectura muy entretenida, muy dinámica, con escenas potentes pero que no termina de calar tanto como debería. Es como ver una superproducción de verano con un presupuesto descomunal: lo pasas bien, disfrutas del espectáculo, pero al salir del cine no tienes claro si recordarás algo concreto dentro de unos meses. Y parte de esa sensación tiene que ver con uno de los grandes problemas de la etapa: la irregularidad.

El aspecto gráfico es un espectáculo en sí mismo. Porque aquí tenemos una alineación de dibujantes que parece sacada de un museo: Nico León, Francesco Manna, Carlos Pacheco, Rafa Fonteriz, Carlos Magno, Rachael Stott, Javier Rodríguez, Andrea Di Vito, Davide Tinto, Farid Karami, Cafu o Marcos Martín. El nivel medio es alto, muy alto de hecho, y hay páginas realmente espectaculares. El problema, como suele ocurrir en estos casos, es la falta de continuidad visual. Demasiados artistas en demasiado poco tiempo. Aunque el nivel sea bueno, esa rotación constante impide que la obra tenga una identidad gráfica clara. No llega a ser caótico, pero sí resta cohesión. En cuanto al color, el equipo cumple con creces. Dono Sánchez-Almara, Jesús Aburtov, Guru-eFX, Erick Arciniega o Muntsa Vicente consiguen momentos de auténtico lujo. Especialmente en las escenas cósmicas, donde el uso del color ayuda a reforzar esa sensación de escala y espectacularidad que el guion busca constantemente.

Conviene destacar que en este volumen se encuentra el último tebeo donde el lápiz del gran Carlos Pacheco realizó paginas interiores : el one-shot con que comienza «La guerra de cuentas«. Un tebeo que supone mucho por el ser último que realizó el artista de San Roque y que da una buena medida del buen estado de forma que tuvo Pacheco hasta el final.

Cuando terminas de leer este ultimo tomo de los Cuatro Fantásticos de Dan Slott te deja con esa sensación de haber estado dentro de algo que no siempre ha sabido controlarse. Pero que tampoco ha querido hacerlo. Y ahí está parte de su encanto. Porque cuando Dan Slott pisa el acelerador en este último tramo, no hay marcha atrás. Todo es más grande, más ruidoso, más lleno de ideas que compiten entre sí por llamar tu atención, como si cada página quisiera ser la más importante del tomo. Cierras el tomo despacio, casi con respeto, y el peso se hace evidente en las manos. Este Marvel Deluxe de Panini Comics es de los que se notan, sino el de todo lo que contiene. Una etapa entera que ha ido dando tumbos entre lo brillante y lo irregular, entre lo inspirado y lo excesivo, pero que nunca ha sido indiferente. Lo dejas sobre la mesa y por un momento parece que sigue vibrando, como si dentro quedara energía acumulada, restos de esa guerra imposible que ha intentado abarcarlo todo. Así que te alejas un poco, miras el lomo alineado con los demás, y lo que queda no es tanto la duda de si podría haber sido mejor, sino la certeza de que ha sido distinto. Imperfecto, sí. Desigual, también. Pero con suficiente personalidad como para no perderse entre tantas historias que vienen y van sin dejar rastro.

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