Perro de Estroncio 5: Mutantes contra mutantes

Si alguna vez te has preguntado cómo suena el fin del mundo cuando lleva botas con punta de acero y una placa que pone “SD”(Seguir y Destruir), la respuesta está en el quinto volumen de «Perro de Estroncio». Esto no es ciencia ficción educada. No es una historia con modales. Es pólvora mutante, sudor radioactivo y carcajadas con los dientes manchados de sangre. Es Johnny Alpha con el gatillo caliente y el alma aún más caliente. Porque aquí no hay descanso para los feos, los marginados ni los mutantes. En el universo creado por John Wagner y Alan Grant, el futuro huele a Estroncio-90 y a desprecio social. Los “norms” miran por encima del hombro, los gobiernos señalan con el dedo, y los mutantes (marcados desde la cuna por la radiación) sólo tienen una salida: convertirse en cazarrecompensas para la Agencia de cazarrecompensas. El trabajo más sucio del universo para los que la sociedad considera basura. Y en este quinto volumen, esa basura arde.

La historia central, “Forajido”(“Crossing the Stix”), es una cacería al revés. En el mundo acuático de Och-11, los habitantes han sido masacrados. El olor a muerte flota en el aire. ¿Los culpables? Según todo el mundo, Johnny Alpha y su inseparable vikingo fuera de su tiempo, Wulf Sternhammer. Pero nosotros sabemos la verdad: los verdaderos responsables son los Hermanos Stix, dos psicópatas inexpresivos con menos empatía que una pared de hormigón. Dos sombras con forma humana que matan por puro placer y que han decidido cargarle el muerto (literalmente) a Johnny. Así que lo inevitable sucede. El cazador se convierte en presa. Y cuando Johnny Alpha es la presa, el universo entero se convierte en un campo de batalla.

Wagner y Grant escriben esta persecución como si estuvieran afinando una guitarra con cuchillas. No hay concesiones. No hay sentimentalismo barato. Cada página es un disparo narrativo. Cada diálogo tiene ese humor negro marca de la casa, ese sarcasmo británico que te hace reír justo antes de que alguien pierda una extremidad. Porque si algo ha definido siempre a Perro de Estroncio es esa capacidad para mezclar tragedia y comedia con una naturalidad obscena. Y en medio del caos, Johnny y Wulf huyen de una legión de Perros de Estroncio enviados a darles caza. Mutantes contra mutantes. Hermanos contra hermanos. La revolución convertida en guerra civil. Es sucio. Es cruel. Y es absolutamente brillante. El guion no sólo construye acción; construye rabia. La serie siempre ha sido una patada en la boca contra el prejuicio, una metáfora nada sutil sobre la persecución del diferente. Aquí esa lectura social no es un subtexto tímido: es una explosión. Los mutantes son carne de cañón para el sistema, pero cuando deciden plantar cara, lo hacen con puños, pistolas y una sonrisa torcida. No hay lamentos interminables. Hay resistencia. Hay orgullo. Hay violencia justificada.

Luego está el arte. Hablar del añorado Carlos Ezquerra es hablar de ADN puro del cómic británico. Su trazo es sucio cuando tiene que serlo, elegante cuando conviene y brutal cuando la historia lo exige. Cada rostro está tallado con carácter. Cada arruga cuenta una historia. Sus composiciones son dinámicas sin caer en el caos, y cuando llega la violencia (que llega) la dibuja con una contundencia casi física. No es violencia estilizada para quedar bonita. Es violencia que pesa. Ezquerra no dibuja héroes perfectos. Dibuja supervivientes.

Johnny Alpha, con su mirada capaz de atravesar paredes y leer mentes, nunca ha sido un santo. Es un tipo duro, cínico, con cicatrices que no se borran. Aquí lo vemos acorralado, enfurecido, obligado a confiar sólo en su ingenio. Al lado, Wulf Sternhammer, ese vikingo desplazado en el tiempo que reparte martillazos como si el universo fuera una taberna que necesita disciplina. Su camaradería es el corazón salvaje de la serie. Cuando todo arde, ellos siguen en pie. Juntos. Pero el volumen no vive sólo de “Forajido””. También incluye “La Cacería del 49”(“Big Bust of 49”), “Los Esclavistas de Drule”(“Slavers of Drule”) y “La Bestia de Milton Keynes”(“The Beast of Milton Keynes”). Cada una aporta una pieza distinta al mosaico mutante. Hay aventuras más autocontenidas, sí, pero todas comparten esa mezcla de sátira, acción desatada y comentario social que convierte a Perro de Estroncio en algo más que un cómic de tiros espaciales.

Este quinto volumen editado por Dolmen supera el ecuador de la serie original, y se nota. Hay una madurez que no sacrifica la locura inicial, pero que afila los conflictos. Johnny ya no es sólo el tipo molón con un arma gigante. Es un personaje cargado de pasado, de pérdidas, de decisiones que pesan como plomo fundido. Y leerlo hoy tiene algo casi revolucionario. En un panorama saturado de mutantes domesticados y metáforas políticamente correctas, Perro de Estroncio sigue siendo incómodo. Sigue siendo punk. Nació en 1978 en las páginas de la mítica revista británica 2000 AD y desde entonces ha mantenido intacta esa energía de cómic que no pide permiso. Que no suaviza sus aristas para gustar más. Que no explica sus chistes. O entras en su juego o te quedas fuera.

Este tomo, con sus 240 páginas en blanco y negro y color, y tapa dura, introducción de Barsen Sánchez y traducción de Alberto Díaz es un ladrillo precioso. Un artefacto contundente. Se siente sólido en las manos, como si estuviera diseñado para sobrevivir a una guerra nuclear. Y en cierto modo lo está: estas historias han resistido décadas, cambios de mercado, modas y tendencias. Lo mejor de todo es que, pese a su carga política y su trasfondo trágico, Perro de Estroncio nunca pierde el sentido del espectáculo. Aquí hay persecuciones espaciales, tiroteos imposibles, criaturas grotescas y villanos que parecen salidos de una pesadilla radioactiva. Pero todo está contado con una claridad impecable. No hay postureo. Hay oficio. Hay pasión.

Wagner y Grant entienden el ritmo como pocos. Saben cuándo acelerar y cuándo dejar que un silencio pese más que mil explosiones. Y Ezquerra remata cada escena con una expresividad que convierte cada viñeta en una declaración de intenciones. Si no sabes qué es un Perro de Estroncio, este volumen no sólo te lo explica: te lo graba a fuego en la memoria. Un mutante. Un proscrito. Un profesional de la caza con más honor que muchos gobiernos. Y, sobre todo, un símbolo de resistencia. Johnny Alpha no pide compasión. Pide munición. Y en este quinto volumen, la munición sobra.

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