Este sexto tomo de la Biblioteca Marvel de Nick Furia, Agente de S.H.I.E.L.D. no es un tebeo fácil de querer. Tampoco parece tener muchas ganas de gustar. Es áspero, irregular, a veces torpe y otras sorprendentemente lúcido. Sin embargo, cuanto más se lee, más claro queda que estamos ante algo que va más allá de una simple recopilación de historietas. Es el acta de defunción de una era, el registro casi notarial de cómo una serie pionera se queda sin oxígeno mientras el mundo, y Marvel con él, empezó a mirar en otra dirección.

Este volumen es un viaje directo a un momento muy concreto de la historia del cómic americano: cuando los sesenta se están apagando, los setenta asoman con incertidumbre y los viejos héroes comienzan a preguntarse si todavía tienen un sitio. Nick Furia, con su parche, su gabardina invisible y su autoridad incuestionable, se convierte aquí en el símbolo perfecto de esa duda. La marcha de Jim Steranko lo cambió todo. No porque antes todo fuese perfecto, sino porque Steranko había dotado a la serie de una identidad tan fuerte, personal y adelantada a su tiempo, que cualquier intento de continuidad estaba condenado a parecer una tenue sombra. Frank Springer, un dibujante competente y profesional, hereda el trabajo imposible de “seguir como si nada”. El problema es que nada puede seguir igual después de Steranko. La serie entró en una fase de búsqueda desesperada de rumbo, y este tomo es el reflejo más claro de esa deriva.
Gary Friedrich tomó las riendas del guion con una idea clara. Dotar a la colección de una amenaza recurrente que funcione como eje. Así regresa el Aborrecedor, un villano incómodo incluso para los estándares Marvel de la época. El concepto es potente y perturbador: El odio como arma, el pasado más oscuro de Europa reciclado como enemigo pulp. Pero Friedrich no sabe dosificarlo. Lo que debería ser excepcional se convierte en habitual, y si es habitual, acaba perdiendo fuerza. El Aborrecedor deja de inquietar y pasa a resultar casi grotesco, no por intención satírica, sino por reiteración mal medida. Lo interesante es que, incluso en sus peores momentos, el guion parece obsesionado con una idea: Nick Furia está fuera de sitio. Ya no entiende a los jóvenes, no conecta con la música, no se mueve con soltura en un mundo que empieza a cuestionar la autoridad y las estructuras clásicas de poder. Ese conflicto generacional atraviesa todo el tomo como un hilo invisible. No siempre bien articulado ni bien resuelto, pero constante. Nick Furia ya no es el agente moderno y sofisticado que Steranko había elevado a icono pop; es un veterano que empieza a preguntarse si su tiempo ha pasado. Y Marvel, quizá sin quererlo del todo, dejó que esa duda se filtrara en las páginas.

En medio del caos creativo, destaca un tramo concreto: la aportación de Steve Parkhouse y Barry Windsor-Smith. Aquí la serie parece recuperar brevemente la ambición formal. Windsor-Smith, todavía lejos del autor refinado que sería después, aportó un dibujo distinto, más expresivo, se podría decir que arriesgado en ese momento. Hay ecos de Steranko, sí, pero también una voz propia, un deseo de experimentar con el ritmo y la composición. Parkhouse, por su parte, introdujo ideas que podrían haber dado mucho más de sí si hubieran tenido continuidad. Hydra regresa, el relevo generacional vuelve a estar sobre la mesa y, por un momento, pareció que la serie podría reinventarse.
Pero ya era tarde: El número de episodios restantes es escaso y la sensación de cancelación inminente pesa sobre cada página. Gary Friedrich vuelve para los últimos capítulos y lo hace con munición, pero sin puntería. Las tramas se vuelven confusas, mal explicadas, a veces directamente contradictorias. El episodio del Superpatriota, dibujado por Herb Trimpe, es especialmente revelador. Introduce un subtexto político que, leído hoy, resulta inquietantemente vigente. El populismo, la manipulación del discurso patriótico, el miedo al cambio… Todo está ahí, aunque expresado de forma torpe y poco afinada. Hay ideas interesantes, pero la trama no sabe sostenerlas. Entonces llega el punto de no retorno: la muerte de Nick Furia. Un final seco, abrupto, casi anticlimático. No hay épica, no hay despedida solemne. Simplemente ocurre. Hoy sabemos que esta muerte tenía los días contados, pero leída en su contexto es devastadora. Es la confirmación de que la serie ha llegado a un callejón sin salida.

La inclusión de Avengers #72 funciona como un extraño epílogo. Por un lado, aporta el cierre “oficial” que la colección no pudo darse a sí misma. Se retoma el hilo de Escorpio, se presenta al Zodiaco y se revoca la muerte de Furia con una naturalidad que roza lo insultante. Escorpio resulta ser Furia disfrazado, sin explicación convincente, y se revela una identidad que supuestamente conocía desde tiempos de Steranko. Todo suena improvisado, parcheado, como si el objetivo principal fuera deshacer el nudo lo más rápido posible. Lejos de estropear el tomo, este episodio refuerza su carácter histórico. Muestra cómo Marvel, incluso en uno de sus momentos más creativamente erráticos, seguía funcionando como un universo compartido donde nada podía cerrarse del todo. La muerte era reversible, los finales eran relativos y las decisiones editoriales pesaban tanto como las narrativas. El cierre con las historias de «Not Brand Echh» añade una última capa de ironía. Humor satírico que hoy ha envejecido mal, chistes que probablemente ya eran discutibles en su momento, pero que funcionan como recordatorio de la época. Son el broche extraño de un tomo que nunca busca la coherencia total, sino el retrato fiel de un tiempo concreto.
Lo más valioso de esta Biblioteca Marvel, editada por Panini Comics, no está en la calidad individual de sus historias, sino en lo que cuentan en conjunto. Los números Nick Fury, Agent of SHIELD 10-15, The Avengers 72, Not Brand Echh 2, 8 y 11 componen un relato de una serie que no supo reinventarse tras perder a su autor estrella. Es el testimonio de un personaje enfrentado a su propia obsolescencia. Y es, sobre todo, una lectura que invita a reflexionar sobre cómo envejecen los mitos. No es un buen cómic en el sentido clásico. No es brillante, ni redondo, pero sí es un documento honesto, casi doloroso, de una transición. El final de Nick Furia como serie propia no llega con fuegos artificiales, sino con dudas, errores y una melancolía persistente. Y quizá ahí radique su mayor interés. Porque no todos los finales son gloriosos. Algunos simplemente ocurren. Y las historias de este tomo, con todas sus imperfecciones, tienen el valor de no disimularlo.
