Mutts 2021: humor de perros. La ternura puede ser inteligente

Hay cómics que se leen, otros que se disfrutan y luego está «Mutts» , que se acaricia. Porque Patrick McDonnell no dibuja exactamente historias. Dibuja sentimientos con bigotes, ladridos y una ternura que no tiene fecha de caducidad. Este volumen recopila las tiras publicadas en 2021, y leerlo es como volver a encontrar una manta vieja, suave y con olor al hogar. Earl y Mooch están ahí, como siempre, recordándonos que el mundo puede ser un lugar más amable si lo miramos con sus ojos. Los de un perro feliz y un gato que ha elevado el arte de la siesta a nivel espiritual.

Earl es pura bondad, ese amigo que siempre ve el vaso medio lleno, incluso cuando se lo ha bebido el gato. Es el perro que disfruta de la rutina con la devoción de un monje zen: el paseo, el cuenco, el saludo o el atardecer. Mooch, en cambio, es el filósofo del grupo. El gato que entiende que la existencia es absurda, pero que aun así merece ser celebrada con una buena siesta y un “sí” de satisfacción. Entre los dos construyen un equilibrio perfecto. La energía y la calma, la alegría y el sarcasmo, el ladrido y el maullido.

Este tomo de Mutts no trata de grandes aventuras ni de dramas existenciales. Su revolución es pequeña, casi invisible. Encontrar belleza en lo cotidiano. En un mundo que corre demasiado, McDonnell se toma su tiempo para detener el reloj y mostrarnos que la vida sucede entre paseo y paseo, entre una siesta y otra. Llueva o nieve, Earl y Mooch están ahí, enfrentando el universo con el entusiasmo del primero y la ironía del segundo. En el fondo, lo que hacen no es solo entretenernos, sino enseñarnos algo vital. El secreto de la felicidad se parece mucho a tener un amigo con quien compartir el silencio.

Las tiras de McDonnell funcionan como haikus divertidos. En apenas unos trazos, logra capturar todo un estado de ánimo, un pensamiento o una sonrisa. Hay humor, sí, pero también poesía y una empatía que desarma. Un día Mooch reflexiona sobre el poder de una manta; al siguiente, Earl se pregunta por qué su querido amigo está entrando en modo hibernación. Aunque sean animales, hablan con una sabiduría que deja a más de uno en silencio. McDonnell es un maestro en eso. En decir mucho con muy poco. En recordarte, sin sermones, que el mundo sigue siendo hermoso si sabes mirar.

Pero Mutts no sería Mutts sin su mensaje de amor por la naturaleza. A través de sus personajes, McDonnell lanza una oda silenciosa al planeta y a todas las criaturas que lo habitan. No hay discurso ni culpa, solo conciencia. Mooch y Earl no militan. Simplemente viven con respeto, con curiosidad y con cariño por todo lo que los rodea. Por eso, en un tiempo donde la prisa, el ruido y la desconexión son la norma (o como diría cualquiera “un puñetero estrés”), leer Mutts es casi un acto de resistencia pacífica. Una pausa para reconectar con lo esencial y con la vida en general.

En cuanto al aspecto gráfico, el dibujo de McDonnell sigue siendo tan elegante como siempre. Con esa línea limpia, suave y expresiva que parece moverse sola, como si estuviera viva. Cada viñeta respira, tiene ritmo, tiene aire. No hay saturación, no hay sobrecarga; hay espacio para que el lector respire, para que las emociones se acomoden. Eso lo convierte en algo único. Un cómic que se lee sin ansiedad, que invita a bajar las revoluciones y a dejarse llevar por su calma contagiosa.

Earl y Mooch son una pareja imposible y perfecta, como un tango entre perro y gato. Uno cree que la vida es un paseo interminable; el otro, que es una siesta donde poner el despertador en abril. Juntos, terminan demostrando que ambas visiones son válidas. En sus pequeñas aventuras encontramos lecciones sobre la amistad, la paciencia, la empatía y el disfrute de las pequeñas cosas. Ninguno de los dos cambiará el mundo, pero ambos hacen que el nuestro sea un poquito mejor.

En el fondo, Mutts es una carta de amor a la sencillez. McDonnell no busca reinventarse ni sorprendernos con giros de guion imposibles. Su poder está en la constancia, en esa manera de recordarnos, tira tras tira, que ser amable es una forma de sabiduría. Que reír no es una evasión, sino una forma de resistencia. Que todos tenemos algo de Earl y algo de Mooch, dependiendo del día, del ánimo o del clima. Treinta años después de su creación, Mutts sigue siendo un milagro diario. Un refugio donde el humor convive con la ternura sin empalagar, donde los animales piensan mejor que los humanos y donde cada lector encuentra una versión más tranquila de sí mismo. Es un cómic que no grita, pero puede darte un lametón. Que no promete grandes cosas, pero cumple una importantísima: te hace sentir bien. Así que, si necesitas un descanso del ruido, de los dramas o las prisas, abre este tomo editado por Dolmen llamado «Mutts». No hace falta más que unas páginas para que Earl y Mooch te convenzan de que la felicidad no está tan lejos. A veces basta con un paseo, una siesta y un amigo que te entienda sin palabras. Porque como diría Mooch, con esa media sonrisa felina que desarma al mundo: “Esta es mi superadorable cara de “Por favor, dale de comer al gatito”.

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