
“Se le llamó “La guerra silenciosa porque apenas se habló de ella a la población”.
Sin embargo, ocurrió. Entre noviembre de 1957 y abril de 1958, el conflicto entre Marruecos y España estalló en las provincias de Ifni y el Sahara y en el territorio de Cabo Juby. No se declaró oficialmente en ningún momento, pero se sucedieron las batallas. Unas tensiones que continuaron años después, una vez firmado el Acuerdo de Cintra del 58 y de las que, en la península ibérica, se practicaba el consiguiente silencio oficial para ocultar a la opinión pública.
Solo eran sabedores de la situación los militares que estaban en la zona defendiendo las posiciones. Tanto los soldados profesionales como los reemplazos del servicio militar obligatorio, que descubrían “in situ” que existía una guerra silenciada, pero existente. Entre aquellos chavales que llegaban a la zona de guerra se encontraba José Martín, el padre de Jaime Martín.

Partiendo de los recuerdos y memorias de su padre, Jaime Martín compuso “Las guerras silenciosas”, el cómic que consagró definitivamente durante la década pasada la carrera de un autor a tener muy en cuenta, con obras como “Jamás tendré 20 años”, “Sangre de Barrio”, “Los primos del parque”, “Siempre tendremos 20 años” o, entre otras, “Un oscuro manto”. Obras que comparten ese nexo común, con independencia del género que abordan, que es un tono costumbrista que fluye con la misma naturalidad que el trazo con que son dibujadas.
Esa es una constante en la carrera de Jaime Martín que hace que abordar sus cómics sea un acto en el que sus viñetas te meten de lleno en lo que cuentan. Por la proximidad y cercanía natural que exhiben los relatos que compone. “Las guerras silenciosas” no es una excepción. Aquí se aprecian esas virtudes en un tebeo que es mucho más que un relato bélico. Lo que aquí aguarda es un pedazo de memoria de lo vivido para un veinteañero que se vio en medio de una zona con riesgo latente de conflicto armado.

Ambientado en una época ausente de libertad en España, Jaime retrata con precisión la rigidez de las formas que la Dictadura impuso en España: tanto en forma como en fondo. Con censuras y modos de comportarse socialmente aceptados de la época. De frente, un ambiente marcial en el protectorado español. Al fondo y siempre presente, la perspectiva de su madre, Encarna Benítez, que aporta con su voz un acertado retrato del machismo imperante en nuestras calles a mediados del siglo XX.
“Las guerras silenciosas” no nace de la Historia en mayúsculas que puebla su recorrido con datos y fechas. Este cómic nace de la memoria y la vivencia. Por eso es más real, porque está pegada a la tierra que pisan sus personajes. Eso la hace cercana, haciendo partícipe a quien lo lea de lo que cuentan sus páginas. Unas en las que respira la verdad de lo vivido, armada con oficio en unas solventes páginas. Que no tienen nada de “silenciosas”, por lo significativas que son.

Con esos méritos, no es de extrañar que Norma la haya recuperado este verano en una edición revisada y ampliada, incluyendo un dossier inédito hasta la fecha. A lo largo de las 180 páginas que esperan en “Las guerras silenciosas” se puede comprobar su solidez y firmeza. La que hace que por este tebeo no pase el tiempo, que siempre aporta cuando se lee. Que ilustra un periodo y momento silenciado en el tiempo, pero no tan lejano ni ajeno a la sociedad española. Una sociedad a la que conviene que memorias como las que recoge este tebeo no queden el olvido. Porque lo aquí contado, aun partiendo de unas vivencias personales, es un retrato certero de lo que vivieron muchos jóvenes españoles en aquella década de los sesenta en España. Por todo ello, “este cómic se nos antoja como una ventana a una época que conviene no olvidar. La de un país sin libertades, donde el servicio militar era obligatorio y una guerra latente fue convenientemente escondida a la opinión pública. Por todo eso, tras diez años de su creación, «Las guerras silenciosas» siguen siendo certeramente elocuentes.
