Mutts 2020: un amigo diferente. Año de pandemia

Si el 2020 fuera un animal, probablemente sería un murciélago con resaca, mal humor y muy poca empatía. Pero, por suerte, también fue el año en que Earl y Mooch, esos dos héroes bajitos de cuatro patas creados por Patrick McDonnell, siguieron trotando entre nubes de optimismo, carcajadas suaves y filosofía peluda mientras el resto del mundo intentaba entender qué demonios estaba pasando. Por eso, Mutts: Un amigo diferente no es simplemente una recopilación de tiras cómicas. Es una cura espiritual en viñetas, un spa emocional para los días en los que uno no sabe si ponerse de pie o seguir tumbado en la siesta. Porque sí, aunque el mundo entero se volvió remoto, distante, confuso y (vamos, seamos honestos) un poquito apocalíptico, Mooch y Earl decidieron que no era tiempo de esconderse… sino de ronronear más fuerte, ladrar con más entusiasmo y recordarnos que, a veces, lo más importante en la vida es estar ahí, cerquita del otro, aunque sea en silencio.

Earl, el perrete más optimista desde Snoopy, se levanta cada mañana con energía renovada como si el 2020 fuera solo una mancha en el calendario. Y Mooch, ese gato con más sarcasmo que una red social, continúa siendo el perfecto yin de ese yang canino. Uno siempre mirando con esperanza, el otro contemplando el absurdo existencial que ya es patrimonio de los lectores fieles. Ambos nos regalan momentos entrañables, reflexiones minimalistas sobre la vida y una dosis justa de humor suave, ese que no necesita remates agresivos para arrancarte una sonrisa. Y en un año en el que el humor parecía secuestrado por la realidad, Mutts se mantuvo firme como una linterna en medio del apagón: pequeña, cálida, constante.

Uno de los temas recurrentes en estas tiras es la adopción responsable de animales. Patrick McDonnell no se limita a hacernos reír: también nos mira directo al alma y nos dice, con palabras suaves y dibujos redondos, que hay miles de Mooch y Earl esperando en refugios. Gatos callejeros, perros abandonados, animales que solo quieren un sofá, una caricia y que les hables con voz ridícula. El resultado son viñetas que derriten el corazón incluso del más cínico. Otro de los grandes temas del volumen 2020 es el ecologismo, tratado con la misma ternura incisiva. Mooch y Earl no marchan con pancartas (aunque a veces lo han hecho), pero sí nos recuerdan lo esencial: que compartimos este planeta con millones de seres vivos que no tienen voz… salvo la de McDonnell. Hay tiras que denuncian el cambio climático, la contaminación, la destrucción de hábitats, y lo hacen desde el punto de vista más inesperado: el de los animales que lo sufren. Pero incluso en esos momentos, McDonnell no grita, no sermonea. Simplemente nos muestra el absurdo con ternura y nos deja la reflexión en bandeja. Es como si dijera: “Ey, sé que eres buena persona. Solo se te ha olvidado un poquito cuidar el mundo. Aquí tienes una viñeta para que lo recuerdes”.

Leyendo este tebeo, uno se da cuenta de que Patrick McDonnell no es solo un dibujante de cómics. Es un monje zen con plumilla, un activista de la compasión, un filósofo de lo peludo. Cada tira puede ser una broma ligera, pero también una meditación breve, un haiku gráfico, una fábula comprimida en varias viñetas. Las tiras juegan con la melancolía sin sumergirse en ella, como si estuviéramos viendo el otoño caer desde una ventana, con una taza de té en la mano y un gato dormido sobre el regazo. Hay nostalgia, sí. Hay momentos en los que el chiste es más bien una caricia. Pero todo está tan cuidadosamente medido, tan tiernamente dibujado, que uno acaba cerrando el libro con una sonrisa bobalicona y la necesidad inmediata de abrazar a algo (persona, perro, almohada, da igual).

La edición, como el volumen anterior, viene de la mano de Dolmen. Son 112 páginas en blanco y negro que se leen como un paseo tranquilo con un amigo peludo. Las tiras, con sus líneas simples, tienen ese aire atemporal que hace que puedas abrir el libro por cualquier página y encontrar algo que te reconforte. Puedes leerlo de un tirón o a sorbitos, como un buen chocolate caliente. Funciona igual de bien. Y hay algo mágico en ver el paso del año en las viñetas: desde los deseos ingenuos de enero, pasando por la rareza primaveral del confinamiento, hasta los momentos festivos de fin de año, todo tamizado por la mirada inocente y cómica de los animales. Si alguna vez pensaste que un cómic “bonito” no podía ser también profundo, combativo y transformador, dale una oportunidad a la tiras semanales de Mutts. Ellos no ladran ni maúllan en vano. Y McDonnell no dibuja por costumbre. Dibuja para salvarnos, uno a uno, página a página.

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